Miradas*

Miradas*
Textos: Guy Briole
*Texto orginal del autor.

pase3_1.jpg“… Las pulsiones, es el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir” 1. El cuerpo es sensible a ellas y, tanto la voz como la mirada, se hacen competencia para resonar en él. Al hilo del decir y por ese rodeo del cuerpo, de la mirada y de la voz, abordaré la cuestión de la pulsión después del pase.


Partiré del objeto, puesto que la pulsión gira a su alrededor. Es, escribe Lacan, la única definición de este objeto, “La pulsión lo contornea” 2. Al comienzo de mi transmisión ubiqué un enunciado de mi analista, pronunciado tras una sesión centrada en esa escena traumática en Chad donde, joven médico, estoy en el centro de un montón de cadáveres: “Allí encontró su objeto analítico” 3.
Esta formulación me intrigó y sigue siendo objeto de investigación para mí. Pude pensar que era ahí donde había encontrado “el objeto de mi análisis”, igual que se dice el objeto de su trabajo. No es tan sencillo. Lo que es seguro es que, en ese instante, se anudó para mí un vínculo con el psicoanálisis nunca desmentido; un vínculo con la vida, contra la pulsión de muerte.


En esta escena, se mezclan real e imaginario y yo estoy ahí, “erguido” en medio de esa carnicería donde las tumbas cerradas a toda prisa mezclan lo humano y lo animal en el mismo estado de cadáver, reducidos a lo real inhumano, al Uno cadavérico que acentúan aún más los carroñeros que no hacen ninguna diferencia. Eso me mira. Algo me mira, a partir de un irrepresentable que excede ese lugar y que atraviesa el cuerpo en el fulgor del desencadenamiento de una hepatitis aguda. Es el “campo” lo que me mira. Eso que –ahí- me mira, me fija, me petrifica; una petrificación de mi historia en el cuerpo. La escena misma toma el valor de un objeto petrificado: precioso y portador de una hystorización.


Es este objeto a petrificado el que me proponía presentarle a Lacan en mi decisión, tomada en ese mismo instante, de encontrarme con él a mi regreso a Francia. Es la efracción del cuerpo a la que estaba ligado, por la que pensaba tener la urgencia de verle. Sin embargo, y para mi sorpresa, es de mi circuncisión, otra marca en el cuerpo, presente desde la infancia, de la que le hablé. A este acontecimiento, ligué lo que de la guerra siempre hacía marca para la familia: el arresto y encarcelamiento de mi padre por la Gestapo; la profunda depresión de mi madre. No sabría hasta mucho más tarde, en 2002, la implicación de mi abuela paterna como pasadora de familias judías. 


Esta primera sesión, que fue de hecho un primer aflojamiento de esa compacidad mineral que encerraba el cuerpo, marcó mi entrada en el análisis. Era 1975, ¡el pase en 2010! Fue en mi tercer análisis –de 2002 a 2010- cuando pude retomar precisamente las miradas que venían a converger en esta escena: la de mi madre sobre la circuncisión –ligada al nombre Élie y marcando el lugar de objeto ofrecido al sacrificio que ocupaba en el fantasma materno; la de mi padre –casi tuerto a consecuencia de un accidente sobrevenido tras la muerte de su hermano menor, Élie; Élie estaba en la tumba y miraba a Joseph –mi padre. Mirada de soslayo, dije a propósito de la mirada de mi padre, en la que yo era a la vez Élie y el que era mirado, poniéndome, en un lapsus en sesión, en la serie de los hermanos Joseph, Élie… Así, “aquello” a lo que apuntaba la mirada de mi padre, se teñía de “eso” que le había apuntado en las simulaciones de ejecución de las que, imaginariamente, yo me hacía el destinatario cuando me presentaba ante un público. 


Cómo hacer con esta disimetría en la mirada. Yo mismo tengo “cuerpos flotantes” –como una rejilla- en el humor vítreo de un ojo; en el eje de aquel que, en mi padre, no veía. Me miraba. Lo sorprendente es que el nombre exacto de esa parte del ojo que yo escribía siempre en femenino, “la vitrée” 4, es “cuerpo vítreo”. Detrás del “cuerpo vítreo” que la rejilla enmascaraba, mi cuestión era no poder mirar/mostrar mi sexo. No era presentable 5.


El cuerpo está siempre en juego en mi vida como en los diversos momentos de mis tres análisis. Cuando la cuestión fálica viene a ocupar el primer plano, el retorno se hace en lo real del cuerpo. El cuerpo siempre ha sido para mi el lugar de una “guerra”; una “guerra de las pulsiones” de vida y de muerte. La repetición retoma, bajo un modo identificatorio, la versión de la historia de mi padre tal como me la forjé en mi imaginario de niño: arrestado y condenado a muerte –tras la puesta en acto de su deseo con una mujer casada con la que habría tenido un hijo- escapará, cayendo la suerte sobre otros y dejándole a salvo.


- En Chad el cuerpo “erguido” se ve golpeado por lo real; el deseo rueda por tierra. Rechazo la hospitalización aunque me tambaleo, demacrado, ahí entre los míos, como un muerto viviente, escapado de la carnicería. 
- En el principio de mi análisis con Lacan, una ciática paralizante me alejó de las sesiones. Me hizo falta tiempo para comprender que esta parálisis era, ante todo, un impedimento para hablar: un retorno del “cállate”. Acababa de pasar de un “algo que decir” a un “debo decir”. Así, estaba decidido a hablar, a forzar ese cierre superyoico, pero algunos meses después de mi retorno con Lacan, y en un momento de gran desorden en mis relaciones con las mujeres, el cuerpo detuvo en seco el uno –el análisis- y la otra –la deriva de los encuentros- por una septicemia debida a mi negligencia. Volví a representar el papel de muerto viviente, deambulando como un espectro en los jardines del hospital en el que trabajaba hasta que un amigo médico me encontró y me condujo a urgencias. ¡De nuevo, me había salvado in extremis!
- Después fue, durante mi segundo análisis, la conducción temeraria en coche. Un árbol me detuvo en seco. ¡Me libré, una vez más!
En 2002 el encuentro con una mujer me confrontó con un deseo al que tenía que hacer frente. Ese despertar al deseo no fue sin angustia, ni sin reactualizar los pensamientos sobre la muerte. Mi primera tentación, si puedo decirlo, fue recular y volver a mi posición anterior, a la “pequeña comodidad de mi goce triste”. En el mismo momento otra idea atravesó mi espíritu: si retrocedo frente a esta situación, caeré enfermo. Fue en ese momento cuando demando retomar mi análisis, el tercero, y me oigo decir: “tengo que enganchar mi cuerpo a la vida”.¿Después del pase? El goce de esconder no se ha convertido en un goce de mostrar. El cuerpo ya no es ofrecido a las miradas que podían adivinarlo, traspasarlo. Hablar en público, mostrarme a lo otros, ser mirado, estar en primera fila, ¡era “poner el cuerpo en primera línea”! Ahí, temía desvanecerme, caer bajo las balas cargadas de las miradas de los otros que sentía converger, o que hacía converger sobre mí. ¡Una paradoja para alguien que había elegido ser enseñante!
Ese “mostrarse” venía como subterfugio para esconder la marca, llevada entonces por todo el cuerpo, expuesta para desviar la atención: el desvanecimiento antes que la castración. 
“Siempre pretende la exclusividad”6. El equívoco de esta interpretación del analista concernía tanto a la demanda de ser el único para una mujer como a mi posición de ser el centro de las miradas. Eso abrió al desmontaje en análisis de todas las construcciones alrededor del ver al otro para no ser mirado y permitió que la “parte herida” salga de la “clandestinidad” separándome de mi “pellejo” -el prepucio con el que imaginariamente me había recubierto 7.
La serie de tres sueños del final de mi análisis y particularmente “El sueño de los cuervos”, marca el pasaje de la mirada a una palabra nueva. Ya no es la mirada lo que está en juego sino una palabra que me permite dirigirme a los otros, de otra manera. 
La presencia de otros, en cuerpo, en la transmisión en voz alta, verifica la diferencia. El pasaje de la marca escondida a todo el cuerpo ofrecido a la mirada ya no pone en juego el fantasma que sostenía el goce de mostrarse. El “corps beau” es el que queda después de la separación del pellejo y al mismo tiempo, ya no se trata del mismo cuerpo. El corps-beau no es el de una estética, sino el que puede ser mostrado; ya no es el cuerpo apuntado.
Es aquel en el que la mirada posada sobre él no bloquea la voz; aquel donde se ha producido esta apertura que le deja paso. Una voz reencontrada, transportada en el cuerpo, en el testimonio.
“Tengo que enganchar mi cuerpo a la vida”. Reencuentro esta frase del principio de mi análisis en el tiempo del pase. De otra manera. Que el pase produzca, o sea el efecto de una separación radical, no puede dejar al sujeto enfrentado con un vacío; un goce que podría invadir el cuerpo. La que no cede jamás, es la pulsión de muerte. En ese sentido so se trata de gozar beatamente de lo adquirido.
Es en este punto donde sitúo el imperativo de reenganchar el cuerpo a la vida, sobre el cuerpo del Otro. Ese cuerpo del Otro, lo entiendo tanto como lo que tiene de circuito pulsional, como de la relación a un Otro de la Escuela considerado como un “cuerpo” al que nos dirigimos, en un nuevo anudamiento.

Traducción: Julia Gutiérrez y Araceli Fuentes.

 


EL AUTOR 

Guy Briole.
A.E. Psicoanalista en Barcelona. Miembro de la ELP, ECF y AMP.
Email: guybriole@orange.fr

Referencias:
1 J. Lacan, El Seminario, Libro XXIII, El sinthome. Buenos Aires-Barcelona-México, Paidós, 2006, p. 18.
2 J. Lacan, El Seminario, Libro XXIII, Los cuatros conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires-Barcelona-México, Paidós, 1991, p. 176.
3 G, Briole, «Esa herida, esa» en: Los hombres y sus semblantes, El Psicoanálisis, mayo 2011, n° 19, p. 71.
4 El humor vítreo se dice en francés “le corps vitré”.5 Idem, p. 74.6 “Vous visez toujours l’exclusivité”.7 Ibidem.


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