La función estructurante de la mirada para el niño

La función estructurante de la mirada para el niño
Textos: Mariam Martín Ramos
*Aportación al documento de trabajo de las X Jornadas de la Diagonal Hispanoparlante de la Nueva Red Cereda

dossier3_3.jpgEl orden simbólico en la actualidad, en donde quedan enmarcados los distintos discursos, parece fracturado,quedando los sujetos sometidos al imperativo del derecho a gozar, formalizado según la expresión de Jacques Lacan como la subida al cenit social del objeto (a) y que Jacques Alain Miller escribe con el matema I>a 1
Esta fisura se hace más patente en el hecho de que este imperativo lleva implícito la pérdida del peso que tenía la palabra y la pérdida de sus efectos en relación con la verdad, el pacto y la transmisión.
Otra de las consecuencias de dicha fractura es la pérdida del poder orientador de los ideales, de importancia capital en la constitución del sujeto y con una incidencia fundamental en el niño y el adolescente. Ante esta falta de orientación, los discursos sociales ofrecen modelos identificatorios mucho más adheridos a alguna consistencia imaginaria o a formas de homogenización universalizantes y con una relevancia de lo visual, de la imagen en toda su extensión, de gran pregnancia para estos sujetos. 
El campo visual que queda enmarcado en lo que podríamos llamar hoy día, con todo rigor, “el espectáculo del mundo”, se ha constituido en una fuente de goce. El mundo es “omnivoyeur”, decía Lacan 2 pero además deberíamos añadir que ha devenido también exhibicionista, es decir, que se da a ver, excita la mirada y se ha instaurado para los sujetos como lugar en donde buscar sus referencias y certezas, para orientarse. Un ejemplo patente de ello lo encontramos en nuevos modos de comunicación vía internet, en ese dar a ver que borra las barreras de lo público y lo privado: los blogs, Youtube, la utilización del móvil para filmación de escenas, etc.
En la escena social en la que se ha insertado de forma tan relevante lo visual, el aspecto “omnivoyeur” y las políticas de la evaluación han hecho una alianza tal que pudiéramos pensar que es una vuelta, si cabe en acto, de las máximas del pensamiento utilitarista que vieron la luz en el siglo XVIII, agiornado con el actual discurso de la tecnociencia y el discurso capitalista.
El pensamiento utilitarista apuntaba a erigir un orden político, social y moral, basado en el resultado de las acciones; toda actividad humana era considerada en función del resultado y del gasto, teniendo como único objetivo el ser productiva y útil para la mayoría, por lo que la razón calculadora reinaría sin límites, en un universo homogenizado para todos. 
Este sistema encontraba su representación en el universo panóptico, un modelo pensado para que el ciudadano pudiera ser guiado incluso adiestrado e instrumentalizado mediante el ojo omnividente al servicio del control y la vigilancia. Su mejor exponente lo encontramos en las obras y en la máquina de Jeremy Bentham 3.
La mirada absoluta es la mirada no enmarcada por el registro de lo simbólico, es la mirada del Otro que se hace presente por todas partes, irrumpe desde lo invisible al orden de lo visible, apareciendo en la dimensión de lo Unheimlich, lo extraño, lo siniestro, invadiendo el marco de la realidad del sujeto y produciendo su desvanecimiento.
Los niños y adolescentes son clasificados, evaluados, ordenados, comparados, separados, colocados y distribuidos por los distintos discursos y saberes que se ocupan de ellos, es una clasificación que tiene un carácter homogenizador y segregativo, siendo la norma el criterio clasificatorio que hace desaparecer al sujeto detrás de ella, en la medida que le desconoce y le amordaza.
En la actualidad, la norma puede tomar la dimensión de ley caprichosa que bajo la preeminencia de la mirada produce efectos de fijación en las distintas nomenclaturas “prêt –a –porter” que la ciencia propone. Tomando el lenguaje de la biología, intenta dirigir, ordenar y operar sobre los cuerpos con sus mensajes sin equívocos, haciendo desaparecer lo más particular de cada sujeto.
Frente a esa mirada absoluta podemos abordar el papel estructurante de la mirada, pues desde el inicio está presente en la escena del infans - un recién nacido aún sin palabra- y su Otro primordial.
En esta escena se podrá instituir la función de la demanda y el deseo, gracias a la introducción de la función de la falta que organiza el universo humano, donde podrá advenir un ser hablante. Este lugar capaz de albergar la subjetividad en un ser hablante, está en radical oposición a aquel en donde de forma masiva se da la promoción de los objetos de satisfacción, que el discurso social promueve como estado del bienestar.
Si desde el inicio está la mirada y la palabra, para que el infans hable tiene que hacerse visible para los otros. Desde su llegada al mundo, e incluso desde su periodo de gestación, el ser hablante deviene un objeto para un otro que le mira. Así pues, ya hay “algo” en el mundo que lo mira, antes de que él pueda ver su imagen en el espejo. “Esta función se encuentra en lo más intimo de la institución del sujeto en lo visible. En lo visible la mirada que está fuera [ le ] determina intrínsecamente”4.
En consecuencia, desde este primer momento, el infans queda entregado al orden de lo visible. Ahora bien, si esa mirada del Otro primordial y de los otros le determina, con el desborde de la tecnociencia esa mirada puede tomar otra vertiente, pues lo escruta por todas partes: miradas para la memoria, fotografías para no perder nada, mirada administrativa que toma acta. Todas esas miradas sobre él le cosifican. Un bebé hoy es un objeto-bajo-mirada. En verdad, no se está a la escucha del bebé, sino que se le observa y se le vigila 5.

La mirada y la imagen del cuerpo como sede del yo
El estadio del espejo es el momento en el que posteriormente, el niño puede reconocer con júbilo su imagen, sostenido por el juego de miradas que mantiene entre su partenaire primordial y el espejo.
Esta imagen externa a la que es invitado a identificarse y que instituye la instancia psíquica del yo, permite comprender la dialéctica del deseo humano: este está siempre sostenido por el deseo del Otro.
Esa imagen deseada, será capturada por el niño para convertirse en “ese otro que es mirado” desde su partenaire fundamental. Éste regulará con su presencia, su mirada y su deseo esta relación especular e imaginaria en la medida en que él mismo esté ordenado y regulado con respecto a la ley simbólica, pues el soporte de la imagen, especialmente del cuerpo propio y de los cuerpos de los otros, necesita de un operador, alguien que encarne la ley simbólica que regula el universo humano.
Ahora bien, la imagen corporal, imagen completa, tiene que velar una doble falta. De un lado, la falta en ser del niño -como sabemos, nuestra realidad psíquica la que puede sostener la realidad, se organiza en torno a la pérdida, a la extracción de un goce que Freud denominó el “objeto perdido”. Este objeto perdido dejará un vacío que posteriormente podrá ser simbolizado como falta: la falta de ser. Del otro lado está la falta inherente en la mirada de todo ser hablante, pues sólo ve desde un punto, aunque en su existencia es mirado desde todas partes. Esta condición para la posibilidad de la mirada Lacan la precisó con la siguiente frase: “nunca te veo desde donde tú me miras” 6.
Esta doble falta que lleva implícita la imagen en el ser hablante, es la condición para la pertenencia al campo visual, por tanto para que el sujeto niño pueda entrar en el orden de lo visible entre los objetos del espectáculo visual del mundo.

La mirada y el surgimiento del deseo en su dimensión simbólica e imaginaria
La experiencia de la mirada se liga también a la pérdida del objeto y al acceso simbólico del objeto del deseo, es decir, a la aprehensión por parte del niño del objeto, pero en tanto que está privado de él. 
Así, la primera situación en el que infans se confronta con las idas y venidas de la madre, se torna en un momento inicial de angustia, ya sea al ver aparecer otro rostro en el lugar del esperado como al quedar confrontado con el vacío producido por la falta de la mirada de su madre, confundiendo la desaparición de la madre de su vista con su pérdida real.
Contamos con la observación que Freud realiza de su nietecito, cuando se ve confrontado a esta experiencia princeps 7. Caído de la mirada de la madre, el niño realiza una invención, “(…) es la respuesta del sujeto a lo que la ausencia de la madre vino a crear en el lindero de su dominio (…), a saber, un foso, a cuyo alrededor sólo tiene que ponerse a jugar el juego del salto” 8. En efecto, con el carrete el niño es capaz de saltar por encima del foso, realizando la ausencia de una presencia y la presencia de una ausencia.
Otro momento, teñido de todo su carácter pasional, es la escena que magistralmente narra San Agustín en sus Confesiones, abordada por Lacan en varios momentos de su enseñanza 9.
La experiencia del infans que mira con palidez mortal a su hermano de leche, cuando es amamantado, viene a aclarar el punto del surgimiento del deseo en el plano imaginario de la rivalidad especular y mortífera.
El ser hablante que desconoce radicalmente lo que desea y además en su desconocimiento se siente privado del objeto de su deseo por el semejante, queda presa en esa pasión imaginaria 10, fascinado, literalmente absorbido y devorado por el espectáculo de esta imagen señuelo en la que no es él sino el otro, quien se satisface, Desvela este punto de alienación primordial donde “se genera la agresividad más radical: el deseo de desaparición del otro” 11.
Esta “concupiscencia de los ojos”, como S. Agustín lo nombra, viene a dar cuenta del apetito de la mirada en un doble movimiento, la envidia por el goce del otro y la envidia del otro como la dimensión pulsional de quien mira, ignorando que goza de mirar que es privado del que cree su objeto. Y es precisamente en este estatuto imaginario del deseo donde parecen quedar apresados los sujetos contemporáneos, en la medida que la privación queda identificada a una frustración del objeto o a una injusticia ante su derecho al objeto de satisfacción.


La mirada y el descubrimiento de la diferencia
Para el psicoanálisis la diferencia constituye otro nombre de la castración y la diferencia más radical es la diferencia sexual. Sabemos además que el fundamento de lo idéntico procede de lo imaginario. La imagen del cuerpo como forma imaginaria, estructurada en el estadio del espejo, funda la categoría de lo semejante.
La categoría de lo diferente tiene sus raíces, en cambio, en la experiencia del lenguaje, en las oposiciones del significante. Freud mostró cómo un niño de 18 meses con el juego del fort-da constituye la primera oposición primordial: presencia – ausencia. Esta oposición precoz basta para introducir la diferencia y la repetición, pero ¿cómo alcanza el sujeto algo de esa diferencia más radical que implica el asumirse como un ser sexuado?
En este marco, la mirada se topa con un nuevo enigma, el momento del descubrimiento de la diferencia de los sexos. Ese momento constituye un nudo de saber, de goce y castración. Así, “la pulsión de saber (…) cuya acción corresponde, por una parte, a una manera sublimada del apoderamiento y, por otra, trabaja con la energía de la pulsión de ver” 12. Esa pulsión epistémica dirige todo el esfuerzo investigador del niño sobre los enigmas que se le plantean en torno al quehacer de la vida sexual.

Las teorías sexuales infantiles: el desmentido de la castración
En ciertos años tempranos, los niños muestran una inequívoca complacencia en desnudar su cuerpo y mostrarlo, dirigiendo su atención tanto a sus propios genitales como a los de sus compañeritos de juegos.
Esta curiosidad abarca también las funciones excrementicias y de micción, por tanto los niños se convierten en fervientes mirones y exhibicionistas. Pero la percepción que conlleva este placer de ver no comporta todavía un juicio sobre la diferencia de los sexos, tan cargado de consecuencias para los seres hablantes. De hecho, Freud nos confirma que “no parece que los niños escojan este hecho fundamental como punto de partida para sus investigaciones sobre los problemas sexuales” 13. Sus primeras y apremiantes preguntas giran en torno al enigma del origen, la existencia y la vida, así pues sobre la pregunta ¿de dónde vienen los niños?
Sin embargo, las sensaciones causadas por la satisfacción pulsional y la excitación sexual no parecen plantearles pregunta alguna, sino más bien contribuyen a la realización de una construcción sobre el orden del mundo, basada en la suposición de que todos los seres humanos poseen el mismo órgano genital y por tanto manteniendo la creencia en la madre fálica.
Esta fundamental teoría sexual infantil sobre la universalidad de falo se constituirá en el mayor escollo de toda la investigación infantil, primer fracaso epistémico paralizante que se perpetuará en el tiempo hasta tal punto que la percepción de la realidad del niño estará radicalmente subordinada a la necesidad de esta creencia. Muchos son los testimonios con los que contamos, pero nos basta con los del primer analizante, Juanito, cuando asiste al baño de su hermanita recién nacida y dice: “su hace-pipí es muy pequeño, crecerá con ella”. Así las ficciones infantiles tienen como necesidad lógica el desmentido de la castración.
Esta creencia por parte del niño compromete la percepción misma de la privación real femenina, ante ella él relatará otra realidad en la que “hay algo, aunque al menos sea como faltante” y cuando una amenaza tome peso para él, entonces esta percepción tomará a posteriori todo su importancia en el conflicto que se iniciará a través de este registro imaginario, para finalmente desembocar en la dimensión simbólica de la asunción de su diferencia sexual.

Entre el capricho y la ley
Alrededor de este nudo y sus efectos sintomáticos -en donde queda comprometido para el sujeto niño una privación de un goce y una privación en el cuerpo- es donde tendrá que encontrar una versión de padre o incluso construir una que le permita franquear su posición identificada al objeto imaginario del deseo de la madre.
Esta posición de engaño, de señuelo en la que intenta colmar y satisfacer el deseo de la madre, le sitúa en una posición de súbdito a merced de su capricho. Por tanto dirigirse al padre o construirse una versión consistirá en pasar del objeto del deseo al del amor.
Pero de ¿de qué ley se trata que concierne de manera tan fundamental al sujeto infantil y adolescente del siglo XXI? ley radicalmente diferente al capricho o a la ley caprichosa de la civilización del empuje a gozar. 
Tomemos para orientarnos unas palabras de Lacan, de su Seminario XXIII, El Sinthome: “(...) para evocar el monte Neubo, donde, como se dice, se otorgó la Ley –que no tiene absolutamente nada que ver con las leyes del mundo real, leyes que siguen siendo un interrogante eternamente planteado. La Ley de la que se trata en este caso es simplemente la ley del amor, es decir, la père-version” 14
Lacan nos lleva más allá del Edipo freudiano a restablecer un registro del amor y del lazo social que reconoce el respeto al padre en la medida que dicho padre sostenga su función afrontado el goce de una mujer y su propio goce de manera que se haga responsable de ello.

 


 

LA AUTORA
Mariam Martín.
A.P. Psicoanalista en Madrid y Toledo. Miembro de la ELP y la AMP.
Email: martinramos@telefonica.net

Referencias
1 J. Lacan, Radiofonia y Televisión, Anagrama, Barcelona, 1977, pág (25). Ambas formalizaciones están comentadas por Eric Laurent en “La sociedad del síntoma” en Cuadernos del psicoanálisis nº 29, Ediciones Eolia, Bilbao, 2004, pág. (46-56)
2 J. Lacan, El Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1991, pág. (83)
3 J.A Miller, “La maquina panóptica de Jeremy Bentham” en Matemas I, Manantial, Buenos Aires. 1987, pág (24-58) 
4 Lacan, Ibid, pág. (113)
5 G. Wacjman: L´oeil absolu, Editions Denöel, 2010, pág.(22-41)
6 J. Lacan, Ibid, pág. (98)
7 S. Freud, Más allá del principio del placer en Obras Completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, Tomo XVIII, pág. (14-17)
8 J. Lacan, Ibid, pág. (70)
9 D. Castrillo y V. Coccoz, “El partenaire fraterno, entre el deseo y el goce” en la revista Freudiana nº 24, pág (27-34)
10 J. Lacan, “La cosa Freudiana” en Escritos, Siglo XXI editores, México, 1990, pág (409-410)
11 J. Lacan, El Seminario I, Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Buenos Aires, 1991, pág. (254)
12 S. Freud, Tres ensayos de teoría sexual en Obras Completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, Tomo VII, pág. (176-177)
13 S. Freud, Teorías sexuales infantiles en Obras Completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, Tomo IX, pág. (189)
14 J. Lacan, El Seminario XXIII, El Sinthome. Paidós, Buenos Aires, 2006, pág. (148)

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