¿Existe la salud mental?*

Textos: Basi Viar

 

dossier11De la crisis de la interdisciplinariedad en los actuales Centros de Salud Mental se habla tanto...que nos vemos tentados a pensar que ha sido expulsada de la experiencia. Sin embargo, creo que el trabajo caso por caso la mantiene en acto, a condición de nombrarla como “coordinación”. La desaparición del “sector” propiciada por la “libre elección” abre una incógnita sobre la posibilidad de sostenerla con interlocutores cambiantes en relaciones líquidas.El rechazo de lo subjetivo se hace patente en procedimientos y protocolos, muchas veces ineludibles para los profesionales de la institución por razones contractuales; se hace hincapié en que el “cliente-paciente” no puede sentirse desatendido según la promesa politizada de la restitución de la salud, de la respuesta literal a sus demandas. Se apuntala el rechazo de la subjetividad mediante  la asistencia medicalizada, reforzada ésta por una concepción jibarizada del tratamiento psiquiátrico, identificado con el tratamiento psicofarmacológico. Las protestas de muchos profesionales comprometidos con las psicoterapias son recibidas, por lo general, con tanta comprensión como indolencia por los gestores, de modo que es la “agenda” (nuevo tótem) la que regula los tiempos de contacto con el paciente. La escasez de este tiempo realza aún más el milagro de la cura farmacológica.Los reductos para el discurso psicoanalítico  se han abierto paso y parecen bien implantados en las agencias de formación institucional. Gracias al esfuerzo -¡cuánto papeleo!- de compañeros muy comprometidos, se han convertido en imprescindibles respiraderos para la alegría de encuentros más regidos por el deseo y, en consecuencia, en espacios de viva transmisión o de menos vivo -pero bienvenido siempre- consuelo.La evaluación en salud mental se ha instalado en la red pública como eslogan. No parece existir en la red de servicios ninguna sistematización en esta acción evaluadora que tenga consecuencias gnoseológicas. Dentro de la organización sanitaria se difunden raramente evaluaciones de programas o servicios según coste-efectividad que justifiquen la distribución de recursos, dinero o privilegios desde la gestión.  Un enfoque tan empresarial como se postula en la Consejería de Sanidad madrileña no precisa de otras acciones.Pareciera que, tras la exhaustiva campaña de las últimas décadas, e instalados ya confortablemente en el universo de manuales y guías clínicas, se ha dado por buena e incontrovertible la archievaluada “eficacia” de las TCC. Se ha producido entonces una generalización de manera que las más recientes,  y a menudo profundas,  modificaciones de estas técnicas, reivindican su incorporación en la práctica asistencial, utilizando dichas siglas “TCC” como una suerte de franquicia, de salvoconducto, sin aplicarse ahora aquel rigor evaluativo con que se trató en su día a todas las psicoterapias que se apellidaran psicoanalíticas. No se puede, sin embargo, objetar nada al desarrollo del modelo cognitivista, en particular en el arduo campo de las psicosis; salvo que nos parece ver repetirse, sin reconocimiento, los hallazgos, pero también los obstáculos y aporías de la psiquiatría que llamamos clásica en los que tan lúcidamente se apoyó Lacan para, con Freud, nombrar imprescindibles cotas del campo de lo posible en el tratamiento no farmacológico del psicótico. Prestar atención privilegiada e interesado respeto al discurso de los pacientes, con las modificaciones, quizás esenciales, que en este discurso imprime el efecto farmacológico, es en cualquier caso una nueva oportunidad para todo el que quiera escuchar lo que no es para comprender. 

Sobre la serie de los DSM 
Respecto al influjo -claramente negativo- de este documento en el desarrollo de la psiquiatría como especialidad médica, pueden haber sido muy importanteslas limitaciones e incluso los errores forzados que haya provocado en la investigación clínica rigurosa el uso obligado de este imperante manual clasificatorio. Durante décadas se han diagnosticado (para ser publicados en revistas de impacto) los casos objeto de estudios clínicosmediante esta colección de categorías idealmente excluyentes pero carentes, todavía hoy, de marcador biológico o síntoma patognomónico cuya evidencia permita confirmar una nosografía sólida. Parece lógico pensar que esto haya podido condicionar los escasos avances de tan profusas investigaciones, pese al caudal de dinero invertido y, es mi convicción, de la buena fe de muchos en la búsqueda de la etiopatogenia de los trastornos. Está siendo la neurociencia la que plantea, libre de estas servidumbres que la psiquiatría rinde en la defensa de una identidad médica siempre cuestionada, los aportes más sugerentes aún en su incipiente desarrollo. Sin embargo, la carencia de un modelo neurofisio-psico-lógico explicativo de los actos humanos de base experimental, no se logra ocultar tras el enorme éxito obtenido con la divulgación (hay bestsellers en este campo) de cada fascinante parcial desvelamiento de una complejidad cerebral que se reconoce aún inabordable.

 


LA AUTORA
Basilisa Viar Lahera.
Psiquiatra Infanto-juvenil del Servicio de Salud Mental de Majadahonda.
Email: basiviar@telefonica.net

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