El sujeto clasificado: una salud mental ready made*

Textos: Luis Teszkiewicz

dossier10Desde un punto de vista epistemológico la medicina no es una ciencia, es una aplicación de las ciencias. Una práctica tecnológica encomendada, reglamentada y legitimada por la sociedad; práctica que se ubica en una encrucijada de las ciencias, tanto las exactas como las llamadas naturales y sociales.Podríamos añadir que la medicina no encarna cualquier discurso, es un discurso sobre el cuerpo. Su eficacia sobre el cuerpo tiende a hacernos olvidar que la medicina es un semblante, es decir, un modo de tratar lo real. En la época de la ciencia, la medicina es solidaria con el desarrollo de las ciencias. Esto ha producido un imaginario cientificista: la representación del médico como aquel que actúa con recursos físicos y químicos sobre un cuerpo biológico. Se promociona así  la relación entre medicina y ciencia a un nivel pretendidamente óntico, como si este semblante científico de la medicina fuera propio de su ser y su producción, relativamente reciente, un fin al que estaba predestinada. Se reniega así del hecho insoslayable de que la práctica médica está históricamente determinada. Una de las enseñanzas de la historia es que el semblante científico de la medicina y, más aún, de la psiquiatría, es sólo uno de los semblantes que su discurso puede arrogarse. En la Edad Media la locura fue una enfermedad demoníaca y durante el absolutismo una enfermedad moral. El capitalismo naciente incorporó una nueva categoría moral: la utilidad, entendida como productividad. La lógica de un discurso capitalista balbuceante hizo que los enfermos mentales pasaran a ser aquello que tan bien expresaría el decreto de su exterminio promulgado por los nazis en 1939: “vidas improductivas” y, por lo tanto, “vidas desprovistas de valor e indignas de ser vividas”.1 La enunciación nazi toca directamente la verdad del discurso capitalista, que hasta entonces había estado velada, y desde entonces requeriría de su renegación. 

Los semblantes de la psiquiatría en las encrucijadas de la historia
En los albores del discurso capitalista se considera conveniente encerrar a estas “vidas indignas” para preservar a la sociedad productiva en construcción. Bajo la Comuna de París se libera a los asilados de sus cadenas y se remplaza el tratamiento religioso de la locura por un tratamiento moral, consistente en encendidas arengas revolucionarias, seguramente tan apasionadas como ineficaces, llamando a los internos a integrarse en la nueva sociedad. Así, el primer discurso de la medicina moderna sobre la enfermedad mental, enunciado por Pinel, no es un discurso médico sino un discurso social; y la terapéutica que introduce consiste en un tratamiento por la palabra. Cuando el discurso revolucionario pierde su impulso emancipatorio, los médicos, ya instalados en los asilos, conquistan para la medicina el territorio de la “locura”, pese a carecer de herramientas para tratarla. Para ello deben atribuirle un origen orgánico y producir un nuevo significante: “enfermedad mental”. El organicismo es así previo a toda comprobación empírica y a todo tratamiento biológico, es decir, es un hecho de discurso.A comienzos del siglo XX la psiquiatría da a luz  otro significante: “higiene mental”, que desborda el campo de la medicina incluyendo a otras instituciones como la familia, el sistema educativo, la religión, la sociedad. Las variedades de la “vida mental” de los sujetos han pasado a ser un asunto de Estado.

Psicoanálisis y salud mental
Durante la efímera revolución húngara se produce un hecho inédito: el revolucionario Ferenczi hace del psicoanálisis el discurso oficial de la salud mental. En ese contexto Freud enuncia una expresión de su deseo: “se edi­fi­ca­rán establecimientos, clínicas que tengan a su frente médicos psi­co­a­na­lis­tas calificados, donde se esforzará, con la ayuda del análisis, a que con­ser­ven su resistencia y su actividad a hombres que, sin eso, se aban­do­na­rían a la bebida, a mujeres que sucumben bajo el peso de frustraciones, a ni­ños que no tienen otra elección que entre la depravación y la neurosis (...) un día u otro la necesidad de esto habrá de ser reconocida”.2Durante la II Guerra Mundial los psicoanalistas británicos movilizados, forzados a abandonar la paz de sus divanes, desarrollan un análisis aplicado a la terapéutica que da lugar a una creación original. Tal es su éxito que en pocos años se convierte en el discurso oficial de la salud mental. En 1953 la recién creada Organización Mundial de la Salud insta a los hospitales y servicios de psiquiatría a reconvertirse en comunidades terapéuticas.Los analistas atraviesan las puertas de los asilos sin derribar sus muros. Conviven allí con psiquiatras y locos, sin cuestionar algo que es esencial al concepto mismo de enfermedad mental: la segregación. Lacan dirá: “...jamás surgió por parte de los psicoanalistas la menor discordancia con respecto a esa posición del psiquiatra. Y, sin embargo, en mis Escritos se ve retomado algo que expuse desde antes de 1950 bajo el título Acerca de la causalidad psíquica. Me levantaba ahí contra toda definición de la enfermedad mental que” (dejara) “de lado aquello de lo que se trata en la segregación de la enfermedad mental, a saber: algo (....) que está ligado a un cierto discurso, el que designo como discurso del Amo”.3

Comarcas catalanas
François Tosquelles, psiquiatra, estudioso del psicoanálisis y él mismo analizante, cree descubrir que muchos psicóticos se curan espontáneamente gracias a los nuevos lazos sociales que produce el movimiento revolucionario. Este descubrimiento lo lleva a impulsar las Comarcas Catalanas, primera experiencia de salud mental comunitaria.Se reproducen tres condiciones necesarias para todo discurso psiquiátrico emancipatorio ya presentes en el discurso de Pinel: una situación histórica convulsa, médicos comprometidos con un discurso revolucionario y una concepción social de la salud y enfermedad mental.Este discurso social en psiquiatría se hará hegemónico a partir de los años 60 al realizarse en las Reformas Psiquiátricas.  Pese a su semblante revolucionario  coincide con el discurso del amo en considerar la salud mental como estado natural del ser humano y, por lo tanto, alcanzable por la sociedad. 

Un modelo veterinario
Henri Laborit, descubridor de la clorpromazina, el primer neuroléptico, declararía: “... ¿por qué nos alegra contar con los psicotrópicos? Porque la sociedad en la que vivimos es insoportable. La gente no puede dormir, está angustiada, tiene necesidad de ser tranquilizada”.4El descubrimiento de los neurolépticos viene a dar sentido, retroactivamente, a la apropiación por parte de la medicina del campo de la salud mental. El biologicismo creyó encontrar en el control químico de los excesos de goce la prueba de una causa orgánica supuesta. Pero la eficacia de los neurolépticos no prueba la organogénesis, como la eficacia psicoterapéutica no prueba la psicogénesis. Se confunden en ambas efectos y causas, simultaneidad y causalidad.Además, con el descubrimiento de los psicofármacos los enfermos mentales encontraron una nueva utilidad social: la del consumo. La lógica capitalista redujo la psiquiatría a la psicofarmacología e hizo de los psiquiatras, reconvertidos en expendedores de medicamentos, agentes del mercado.Los llamados trastornos mentales quedaron así incluidos definitivamente en el discurso médico. Pero justamente la medicina es incapaz de dar cuenta de ellos. Ni la física, ni la química, ni la biología, pueden dar cuenta de lo que lleva a un individuo a sentirse desdichado o fracasado. Y la estructura social insiste en derivar al psiquiatra esos problemas.5 El modelo médico que otorgaba al psiquiatra la posición “de aquél que tiene que responder a una demanda de saber, aunque no pue­­da hacerlo más que llevando al sujeto a que se vuelva del la­do opue­sto a las ideas que emite para presentar esa demanda”6; es remplazado por un modelo veterinario fundado en la concepción del hombre como entidad reductible a la biología, renunciando así a la nosología coherente y la fina descripción de cuadros clínicos alcanzada por la psiquiatría desde el siglo XIX. Faltaba sólo un paso para conformar la psiquiatría actual.

CIE 10, Capítulo V: Trastornos mentales y del comportamiento
Prudente título. Es el único capítulo de la clasificación internacional de la OMS donde no se clasifican enfermedades; son trastornos. Pero aquellos a quienes se clasifica no son, sin embargo, trastornados; son pacientes, o enfermos.La pretendida asepsia expone una ideología psiquiátrica que se actualiza y profundiza en cada nueva edición. “La distinción tradicional entre neurosis y psicosis, que se mantenía en la CIE-9 (aunque deliberadamente sin intentar definir ambos conceptos)”7, desaparece en el CIE-10.  Y toda la nosología psiquiátrica producida a lo largo de su historia se fragmenta hasta el absurdo y el sinsentido clasificatorio. En el mismo prólogo de la clasificación se puede leer: “Las variaciones imputadas al observador son tan patentes que resultan desconcertantes…”.8El sujeto dirige una demanda al aparato de salud mental y es referido a un dígito clasificatorio. Dado que el supuesto problema está incluido en la clasificación, implica que el sujeto padece un trastorno mental y justifica la aplicación de un tratamiento correctivo de la enfermedad. Cabría suponer que existe una escapatoria, que es posible que algunas de las demandas no puedan superponerse a ninguno de los códigos listados, pero no es así. Cada una de las revisiones tiene entre sus objetivos el de incluirlas, creando nuevos apartados o modificando los ya existentes.  La demanda dirigida al campo de la salud mental participa así en la definición de aquello que ha de incluirse como “trastorno mental” en la clasificación.Y la clasificación acoge la demanda, toda demanda,  y la sanciona con algún dígito comprendido entre F-00 y F-99, verdadero sumidero de toda subjetividad. Así, el mismo hecho de dirigir la demanda a este aparato sirve a su corrección. Y de este modo la clasificación se extiende hasta abarcar toda conducta humana, como denuncian algunos de los propios autores del DSM-IV, equivalente norteamericano del CIE 10: “El DSM-V aparece promoviendo lo que más hemos temido: la inclusión de muchas variantes normales bajo la rúbrica de enfermedad mental”.9Así se avecinan el “síndrome de riesgo de psicosis”, que autorizaría un uso preventivo de antipsicóticos; el trastorno “coercitivo parafílico”, que confunde delito y enfermedad; “de hipersexualidad”; “de adicciones conductuales -a comprar, al sexo, a la tarjeta de crédito, a los videojuegos...-.10 El duelo normal a las dos semanas queda estigmatizado y requiere medicación... Ampliación ad infinitum que acaba por encubrir toda responsabilidad personal.

El campo de concentración generalizado
Es todo el aparato del Estado, con sus ministerios y consejerías, el que legitima una determinada concepción de la psiquiatría y la salud mental. Y la intervención directa del Estado es a la vez legitimada por la OMS, en virtud de “ese nuevo derecho del hombre a la salud, que existe y se motiva en una organización mundial”.11Si el sufrimiento subjetivo insiste, y siempre insiste, si el sujeto no se conforma con la medicación, único recurso de una psiquiatría que se reclama científica, se abandona la causalidad orgánica y se deriva al paciente que lo padece a la terapia cognitivo – conductual, opuesta y complementaria de la psiquiatría biológica; a “los psicólogos, testistas, asistentes sociales si se quiere: el personal inmenso, que, al haberlo devaluado por esta relegación misma, se sospecha que está subdesarrollado respecto del científico”.12 La causa de la enfermedad está ahora en los errores producidos en el proceso de aprendizaje. Errores que deben ser corregidos mediante el remplazo de las cogniciones erróneas por las supuestamente correctas, de las que el psicólogo sería depositario. No parece abusivo definir a las TCC como una “acción psicológica sistemática que se ejerce sobre una persona para imponerle unas ideas y transformar su mente de una manera determinada”, es decir, “lavados de cerebro” según el diccionario. Se remplaza así el prejuicio cientificista por el prejuicio, también de pretensión científica, de que el paciente es paciente porque está equivocado, y de que la función del psicólogo es la de “hacerle ver” su error, conocer lo que es “adecuado” y “maduro” en su situación vivencial,  y reubicarlo en la buena senda. “Toda la psicología moderna está hecha para explicar como un ser humano puede conducirse en la estructura capitalista”...13; es decir, para hacer de él un consumidor de objetos prefabricados.La oferta de salud mental crea una necesidad o un anhelo de salud, bienestar y felicidad que retorna como demanda sobre el propio aparato de salud mental. Todo sufrimiento, toda infelicidad, es anormalidad y todo lo anormal debe ser normativizado. No sólo la salud, sino también la felicidad, son deberes del individuo, y toda falla, toda infelicidad, es designada como enfermedad. Pero el sujeto sufre y hace de su sufrimiento una demanda que el discurso social  dirige hacia un Otro institucional encarnado en uno de sus semblantes: el de  salud mental. Éste atribuye una causa supuesta a su padecimiento. Al referirla a una causa neural o genética se inviste con los fastuosos ropajes de la ciencia.

El asilo de la ignorancia
Spinoza, “el pensador más puro de occidente” según Heidegger, esperaba de “la matemática que hubiese mostrado alos hombres otra norma de verdad”.  Pero el discurso de la ciencia ha derrocado al prejuicio de Dios para suplantarlo. La genética y las neurociencias ocupan ese lugar de causa última que hace límite al pensamiento, sin explicar nada. Se trata de una “reducción, no a lo imposible, sino a la ignorancia (...) al parecer la naturaleza y la ciencia deliran, lo mismo que los hombres”.14Una vez establecida la causa más allá de toda duda, el psiquiatra ya no debe preocuparse por ella. Su primera preocupación consciente es la de encajar al sujeto-paciente en una clasificación previamente establecida. Este acto inaugural marca al sujeto con una identificación a cualquier otro sujeto que comparta el mismo dígito clasificatorio. Además, y más allá de toda identificación, se le adjudica una identidad que el sujeto, perdido en su indeterminación, asume gustoso: “soy un TOC, un TDA-H, un TLP”; significantes amos que clausuran, respondiéndola, toda pregunta por la causa.Se ordenan los dichos del paciente para hacerlos encuadrar en una clasificación pre-fabricada, y se pretende dispensar medicaciones y/o terapias ad hoc, construidas específicamente para cada diagnóstico. A la demanda original de este sujeto, ya irresponzabilizado de sí mismo, se  le ofrece un objeto real ready made: una medicación que, idealmente, se correspondería con la clasificación.Como el discurso capitalista en que se inscribe, este semblante de salud mental está “destinado a reventar. Porque es insostenible (...) es suficiente para que eso marche sobre ruedas, eso no podría correr mejor, pero justamente eso marcha así velozmente a su consumación, eso se consume, eso se consume, hasta su consunción”.15 Quizás en esas fallas que anuncian su estallido pueda llegar a reinscribirse en el discurso social el psicoanálisis. 


EL AUTOR
Luis Teszkiewicz.
Psicoanalista en Madrid. Socio de la Sede de Madrid-ELP.
Email: luismutto@hotmail.com

Referencias
1 M. Averbach, “Psiquiatría, psicofármacos y derechos humanos”, Historia de la Psiquiatría en Europa, Sociedad Europea de Historia y Filosofía de la Psiquiatría, Ed. Frenia, Madrid, 2002.
2 S. Freud, “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” (1919 [1918]), Obras Completas, Volumen 17, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1979, pgs. 162-163.
3 J. Lacan, O... peor: Seminario 19; 1971-1972, clase 5, Copia mecanografiada de la Escuela Freudiana de Buenos Aires para circulación interna.
4 E. Roudinesco, Psicoanálisis vs. Prozac: La sociedad depresiva y los ataques al psicoanálisis, Scribd, pg. 7
5 N. A. Braunstein, Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis: hacia Lacan, Siglo XXI, 1980, México, pg.31
6 J. Lacan, “Psicoanálisis y medicina “(versión completa), trad. Ricardo R. Ponte, http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/2008/05/jacques-lacan-psicoanlisis-y-medicina.html
7 Varios autores, “Presentación”, CIE 10 – Décima Revisión de la Clasificación Internacional de las Enfermedades, Capítulo V: Trastornos Mentales y del Comportamiento
8 Sir Autrey Lewis, citado por Néstor A. Braunstein, op. cit., pg.13 
9 CIE 10 – Décima Revisión de la Clasificación Internacional de las Enfermedades, Capítulo V: Trastornos Mentales y del Comportamiento pgs. 45 y 4610 A. Frances (Jefe de Grupo de Tareas del DSM-IV), “Preparémonos, lo peor está por venir: El DSM V, una pandemia de trastornos mentales”, psiquiatrianet.wordpress.com/2010/04/19/criticas-al-dsm-v/
11 J. Lacan, “Psicoanálisis y medicina “(versión completa), trad. Ricardo R. Ponte,
12 J. Lacan, “De una reforma en su agujero “(1968), http://www.elp-debates.com/e-textos/Deunareformaensuagujero_Lacan.prn.pdf
13 J. Lacan, Problemas cruciales para el psicoanálisis: Seminario. 12; 1964-1965, clase 17, Copia mecanografiada de la Escuela Freudiana de Buenos Aires para circulación interna.
14 B. de Spinoza, “La voluntad de Dios, ese asilo de la ignorancia”, Ética, Universidad Nacional Autónoma de México, México D. F., 1983, apéndice a la parte 1, pg. 52
15 J. Lacan, “El discurso capitalista”, Fragmento transcripto de la conferencia que pronuncia J. Lacan en Milán el 12 de mayo de 1972 sobre el tema: “Del discurso psicoanalítico”. Aparecido en la revista “Psyché”.

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