¿Resultan saludables, para los menores protegidos, los distintos recursos que los atienden?*

Textos: Ana Jiménez

dossier6“¿Dónde están los chicos esquizofrénicos?”, se preguntó durante años un psiquiatra que fue responsable de Servicio en un gran hospital. Cuando se responsabilizó de un Centro Específico para menores protegidos halló la respuesta. Ahí estaban. Me lo confesó en una charla informal. ¿Cómo llegan allí? Son chicos que han entrado en la red de protección de menores por estar en situación de riesgo o desamparo. Una vez decidida la medida de guarda o tutela se les destinará a un acogimiento, que puede ser familiar o residencial.En el último caso, el menor será internado en uno de los recursos de acogimiento residencial (que pretenden hacer la vida cotidiana similar a la de cualquier otro niño que continúa conviviendo con su familia) y que gestiona el IMMF directamente, o mediante el concierto con alguna entidad privada. Desde ahí será derivado a una Residencia específica, en el caso de que existan graves dificultades para atenderlo por manifestar trastornos de salud mental, de conducta y/o problemas de consumo de tóxicos.1A lo largo de cinco años he recorrido casi todos los distintos tipos de recursos de que dispone la red de menores: hogares de larga estancia, residencias infantiles, residencias para adolescentes e incluso un centro específico.En cada uno de los lugares por los que he pasado me he encontrado con chicos que presentan el singular modo de habitar la existencia que es la psicosis.Muy pocos han sido diagnosticados, para ello deben haber experimentado un desencadenamiento en toda regla. La mayoría son calificados de “difíciles”, con los que es muy poco lo que se puede hacer: no se ajustan a normas, no aceptan (al menos fácilmente) ningún límite, se resisten a cumplir los horarios de las dinámicas de la vida cotidiana, no admiten un “no”, reaccionan con violencia y/o agresividad. Los mayores suelen fugarse.En relación con esto siempre me viene a la cabeza lo que Lacan señaló: “Nuestra intención es mostrar en qué la impotencia para sostener auténticamente una praxis se desvía, como es común en la historia de los hombres, hacia el ejercicio de un poder”.2Ilustraré con un ejemplo las imposibilidades a que nos enfrentamos profesionales y menores.

Un niño “imposible”
Luis no conoció a su padre, y su madre hacía años que era alcohólica, por lo que no recibía los cuidados que su temprana edad requería. La situación de desamparo y riesgo fue detectada en el colegio y desde allí se puso en marcha la intervención de los S.S.Cuando lo conocí tenía 7 años y estaba en el grupo de pequeños de una RI, gestionada directamente por el IMMF en la que trabajé durante mes y medio, en torno a una Navidad. Ese es un tiempo poco estructurado, el orden conseguido desde el inicio del curso se ve alterado: cambian los educadores, los horarios, las actividades…Luis, inquieto la mayor parte del tiempo, no tenía límites, ni miedo, ni noción de peligro, exponiendo constantemente su cuerpo a situaciones de riesgo.Sólo hallaba cierta tranquilidad cuando estaba solo, sin otros niños alrededor o enfrascado en cosas de su interés. Le gustaba “liarla” (hacer algo que se le iba a recriminar, molestar), después se reía a carcajadas ante el enfado de los demás –chicos o educadores-. Para él era un “juego” (que jugaba solo, con los otros).En cuanto se le contrariaba en algo, pegaba, escupía y tiraba cosas para romperlas o para hacerse daño a sí mismo o a otro.Cuando una educadora le preguntó por qué no paraba, él le contestó “no soy yo quien no puede parar, es mi cuerpo”. El registro imaginario, desenganchado de los registros real y simbólico es un elemento diagnóstico.Ante los límites que se le imponían, o los intentos de sujetarle para que no se hiciera daño él gritaba “¡Déjame libre!”. Sin embargo, una vez que traté de ponerle un límite ya que podía hacerse daño, se frenó, me abrazó, me dio un beso y me dijo muy serio “deseo que estés bien aquí”. Hay modos en que los límites pueden ser aceptados.La hora de la comida era otro tormento: se inquietaba especialmente, se levantaba, cogía cosas de otros platos, tiraba el agua o la comida a los chicos, se metía con unos y con otros… Un día, apelando a la necesidad de tranquilidad para comer, lo separamos del resto y pudieron comer todos, él también. La Dirección nos lo censuró, prohibiéndonos que lo repitiéramos: “Debíamos tenerlo siempre pegado a nosotras para controlarlo”.El momento de la acostada era otro suplicio, Luis se resistía a meterse en la cama, le costaba coger el sueño, a veces lo conseguía mientras una educadora le leía un cuento. Luis estaba en tratamiento psicológico y tomaba Tranxilium pediátrico.No todo era destrucción, Luis “estaba ya al trabajo”. Hacía agujeros en la pared, en telas, en puertas de armarios. Jugaba mucho con el agua y la espuma: abría el grifo y se quedaba largos ratos mirando cómo el agua era tragada por el desagüe. Echaba jabón y miraba la espuma que tapaba el agujero. Prefería darse un baño a ducharse, le relajaba y le permitía continuar con su investigación. Le apasionaba “ayudar” al responsable de mantenimiento, atornillar y desatornillar cualquier cosa, incluso los enchufes de la pared. ¡Había que estar con él! Eran momentos en que Luis ni se hacía daño a sí mismo, ni se lo hacía a los demás.Pero allí, todo esto se interpretaba en la misma línea destructiva que el resto de sus actos y se le impedía realizarlo: porque era un gasto innecesario, o porque no se lo merecía dado lo mal que se había portado, o porque eso son cosas que no tiene que hacer un niño…

Se convoca la impotencia del educador
A la vuelta de una salida al parque, Luis decidió escaparse, y animó a los otros tres, de 5 años, a que le siguieran al grito de “¡A liarla! ¡Vamos a escapar!”. Menos mal que escaparon acera adelante, lo que les condujo directamente a la puerta de la Residencia. Hablé con ellos intentando transmitirles lo peligroso que había sido, les dije que eso que habían hecho era muy serio y por ello la Dirección hablaría con ellos. La autoridad que convoqué no respondió porque “no intervenía con los pequeños”, le parecía que eso era “desautorizarme”. No se contemplaba ni admitía la posibilidad de que yo no tuviera autoridad sobre ellos. Debía “poder” con ellos, si no “podía” con ellos significaba que yo “no valía para ese trabajo”. Por supuesto “debía continuar sacándolos de paseo”. ¡Sin salida!Cumplió 8 años, no pasó al grupo de medianos porque él era quien “marcaba la diferencia”, según los educadores.No he hablado del colegio, mientras estuve en este Centro, primero, Luis fue expulsado del comedor, y con ello de las actividades de la tarde. Más adelante se redujo su horario de la mañana también, porque no se “podía” con él, ya que alteraba todo y a todos.Varios de nosotros pensamos, que sin otros recursos a su disposición, Luis no podría evitar acabar mal, muy mal. Llevaba en esta residencia 5 meses cuando lo conocí. Por su edad y características personales no podía entrar en un programa de acogimiento familiar o en otro de adopción (lo devolverían rápidamente). La madre, aunque estaba a tratamiento no podía hacerse con él. ¿Qué alternativas quedaban? ¿Un centro específico que funciona, en el mejor de los casos, bajo una orientación cognitivo-conductual y, en el peor bajo una orientación puramente conductual, que se dedica a premiar o castigar al niños en función de si las conductas que realiza son consideradas adecuadas o no. Pero, ¿para quién son correctas o incorrectas, para Luis o para los demás? Hemos visto como se le daba el mismo valor a sus conductas verdaderamente destructivas y a los actos que eran intentos de construcción. Tampoco los castigos valían de nada, al contrario lo disparaban en una espiral de violencia difícil de parar. El funcionamiento bajo los parámetros del discurso del amo no permite ayudar a este niño de ninguna manera, Luis está fuera de la ley y si se le convoca al cumplimiento de la misma sólo se le empuja al pasaje al acto.Sin embargo, Luis necesitaba los límites más que comer. Todos habitamos un mundo regulado, lleno de normas, entonces ¿cómo hacer?, ¿se trataría de no ponerle límites?, ¿de no convocar las normas, que son para todos? ¡De ninguna manera! De lo que se trata es de que límites y normas le lleguen, que las pueda aceptar. Se trata de que consienta a ellas. Lo primero a tener en cuenta es que Luis es un ser humano, por lo tanto un ser hablante.La Convención de los Derechos del niño de 1989 hace hincapié en que un niño es un “sujeto de pleno derecho”, por pequeño que sea. Como tal, cada niño tendrá sus gustos, sus intereses, cosas que le disgusten, cosas que no le interesen…“La cuestión central para el ser hablante es su posición de sujeto. Esta posición es correlativa a la emergencia de un simbólico que se despliega como un lenguaje y que se inscribe para todo ser humano con unas reglas, que son los mandamientos de la palabra y que están condensados en lo que se llama el complejo de Edipo”.3“La condición del sujeto… depende de lo que tiene lugar en el Otro”.4 En el caso que nos ocupa, ¿qué condiciones reunía el Otro que recibió a Luis al nacer y durante sus primeros años de vida? Luis se encontró con un agujero. No había padre y la madre, muchas veces, estaba ensimismada en su modo de goce. Ese Otro no estaba articulado a la ley del deseo, era un Otro del goce. ¿Qué posición ocupaba Luis para este Otro del goce? La posición de objeto, pero ni tan siquiera pudo ser un objeto preciado, al que se le dispensan todos los cuidados. Cuando lo conocí, Luis ya estaba “al trabajo” para tratar de encontrar un velo que lo protegiera del agujero por el que se podía colar. Luchaba con uñas y dientes por dejar de ocupar el estatuto de objeto. ¿Cómo? Agrediendo, esta era su manera de decir “no” al Otro, que para Luis casi siempre era un Otro caprichoso, que quería molestarle, que no quería dejarle jugar, que no le daba libertad, que no le dejaba ser… El “no” al Otro funda el “sí” al sujeto.El acto agresivo adviene, precisamente, cuando el sujeto se siente en posición de objeto y por tanto a expensas del Otro, invadido por él.Los profesionales que trabajamos con él tenemos la posibilidad de ocupar el lugar de un Otro que le permita consentir a decir sus cosas en lugar de actuarlas, acompañándole en su recorrido (que es diferente a tenerlo pegado o controlarlo). También podemos ocupar el lugar del otro imaginario, con el que Luis se dedicará a batallar en una lucha de poder donde lo que está en juego es “o él, o yo”.En función de cómo le hablemos y de cómo le escuchemos le daremos la posibilidad de emerger como sujeto o no.A Luis, que carece de recursos simbólicos para situarse en el mundo, para poder relacionarse con los otros sin sentirse amenazado, para ir diciendo sus cosas, no le queda más remedio que actuarlas. 

Cuando la palabra no sirve
Pilar, que podía decir algunas de sus cosas y trató de hacerlo, como no fue escuchada, como no se le tuvo en cuenta, optó por “hacer”.Pilar es una adolescente de 16 años, que entró en menores porque estaba en guerra con sus padres, la madre había llegado a decirle “que se arrepentía de haberla traído al mundo”. En septiembre pide que se le cambie de Instituto, tiene sus motivos (entre otros, “sus compañeros la insultan porque fuma y lleva escotes”). Pilar, que busca quien la escuche, también me lo cuenta a mí. Hay desesperación en su petición. Lo transmito, pero la decisión está tomada: opinan que debe seguir en el Instituto anterior, así el padre podrá asistir a las tutorías y creen favorecer de este modo la relación de Pilar con su familia. A todo mi cuestionamiento, responden con pura terquedad. ¿Cómo responde Pilar a esa imposición? Con el tiempo dejará de ir al Instituto, y lo que es peor, poco a poco dejará de usar la Residencia. Durante un tiempo sólo vendrá a ducharse y cambiarse de ropa, después ni eso.Es la Orientación Lacaniana de Psicoanálisis la que me ha permitido aprehender esto. Más allá de las consultas de los psicoanalistas formados en esta orientación, que son las recomendables y deseables para el tratamiento de chicos con la misma posición en la estructura que tiene Luis, más allá, para menores que no pueden vivir con sus familias, existen experiencias institucionales nacidas en el marco de la misma orientación, que aplican el saber extraído de los desarrollos lacanianos, aunque no necesariamente se practique un psicoanálisis. Respetar la lógica de la posición en la estructura permite el trabajo con lo posible, evita violentar al sujeto y a la vez lo estimula en su singular búsqueda de una solución.L’Antenna 112 de Venecia es una de ellas. Algunos de los menores que acoge presentan, de partida, una seria auto o hetero-agresividad. Inicialmente, se trata de conseguir una pacificación. En un segundo tiempo lógico, se trata de hacer posible que el niño pueda elaborar una construcción que le permita mantener un lazo social. Para ello se crea una atmósfera en la cual el niño no se ve abocado constantemente a separarse del otro a través del acto agresivo.Estuve en L’Antenna 112 de Venecia durante un mes. ¿Qué viví allí? Cuando estuve, todos los chicos eran adolescentes, se hacían cargo de sus responsabilidades en la medida en que eran posibles para cada uno de ellos. Cumplían las rutinas, acudían y participaban en sus talleres con una seriedad, concentración y rigor admirables. Los vi sonreír con frecuencia, estaban tranquilos y diría que hasta contentos. Me llamó poderosamente la atención ver que, aunque tomaban medicación, la de todos (en ese momento eran 8) cabía en una caja de zapatos. Diría que allí habían encontrado un lugar en el que existir con cierto gusto y con absoluta dignidad. Diría que allí encontraron partenaires por los que dejarse acompañar en la búsqueda –propia de cada uno- de una solución –siempre singular- que les permitiera habitar su existencia de un modo mejor al que les deparaba el destino, por ser autistas o psicóticos desde su más tierna infancia.¿Qué hacían los operadores? Los acompañaban con una orientación tal que evitaba demandas imposibles para estos chicos (en general ya sólo la demanda les hace daño). Constantemente trataban de producir un sujeto, en cada uno de los chicos, en cada situación. Nunca encarnaban la ley: no se erigían en autoridad de nada, ni decidían las normas, ni se colocaban en una posición de saber sobre los propios chicos. Sin embargo, constantemente había que buscar algo que hiciera límite al exceso de goce que invade a estos chicos, y lo encontraban.En L’Antenna hay prohibiciones, reglas, tiempos que respetar, pero antes que para los chicos, para los propios operadores. Están atentos al recorrido de cada caso y dispuestos a encontrar el modo de facilitarlo. He vuelto a encontrarme con Luis, tres años después de la experiencia relatada. Durante este tiempo ha acudido diariamente, de lunes a viernes, a un Hospital de día de la CM. Recientemente han dejado de atenderlo porque “lleva mucho tiempo, no hay avances, no crea vínculo, tiene un problema de vínculo”.Doy fe de que no ha habido avances. Luis continúa, esencialmente, con las mismas dificultades que tenía cuando lo conocí. Sólo consigue hacer alianzas con algún otro chico para “liarla”. Su inquietud es similar a la de entonces, aunque toma más medicación. Le pone nervioso asistir a un colegio normal, al igual que cualquier situación de la vida cotidiana si no está muy estructurada o se desarrolla con prisas, con gritos, etc. o sea, si no hay tranquilidad e invariabilidad a su alrededor.Entonces, después de tres años de tratamiento en un Hospital de día ¿continúa igual? Evidentemente no. Se ha perdido un tiempo precioso para acompañarlo en el trabajo que ya había iniciado, por su cuenta, a la búsqueda de una solución que le hiciera vivible su existencia. Aún se está a tiempo, porque Luis no ha “tirado la toalla”. ¿Puede encontrar la atención que necesita, los cuidados que le servirían? Tal y como funciona el Sistema de salud mental, no lo creo. No es un caso excepcional, conozco más casos así, alguno con un final dramático.El hecho de querer ayudar a estos chicos, el hecho de querer “su bien”, de poner a su disposición recursos materialmente muy bien dotados, que pretenden “normalizar” vidas que nunca han sido normales, no implica que se consiga. El hecho de querer algo por ellos y para ellos, el hecho de pensar en ellos (lo que muchas veces es lo mismo que pensar por ellos), de decidir lo que es bueno para ellos (lo que equivale a darles estatuto de objeto) nunca les ayuda. Porque no se les puede ayudar en contra de sí mismos. Sólo será posible si se consigue su implicación, que resulte de su propia decisión.El procurarles intervenciones de todo tipo de profesionales -que tratan de cubrir todas las áreas que se valore necesitan atención en cada caso, no sólo no les alcanza -pues con frecuencia estos chicos las rechazan-sino que, además, hay casos en que resulta contraproducente. Tenemos experiencias que muestran cómo la coordinación entre los profesionales resulta problemática aún cuando puedan tener una misma orientación y ni qué decir tiene, lo enloquecedoras que resultan las intervenciones de profesionales con orientaciones contradictorias, tanto para los menores como para los educadores.

Para terminar
En lo que se refiere a las residencias de menores, el IMMF lleva tiempo recortando los recursos económicos y de personal. En los últimos dos años se han cerrado varias residencias y programas, como PVI (programa de vida independiente) que acogía a adolescentes que no podían estar en las residencias (porque las reventaban) y, trabajando caso por caso, dio a muchos la oportunidad de encontrar una solución a su vida. A la vez se van incrementando las plazas en los centros que quedan, sin aumentar la plantilla que los va a atender. ¡Es una vuelta atrás!Después está la distribución del personal, siempre escaso, que compete a la dirección de cada residencia. No es raro encontrar que hay un solo educador, en un turno, para todo el grupo (que ahora puede llegar a tener 12 chicos, a veces incluso más).Si hablamos de lo que orienta el trabajo de los distintos profesionales, en la práctica, cada uno interviene según su modo de entender la función que desempaña, según sus ideas, en función de sus expectativas.En relación a la práctica en los centros específicos, remito al lector a los informes que en su día elaboraron tanto el Defensor del pueblo, como Amnistía Internacional. Puede que algunas cosas hayan cambiado, pero mientras no cambie la orientación que guía los modos de intervenir de los distintos profesionales, lo esencial no se modificará.¿Dónde está la salud de los distintos Sistemas, que gestionan los recursos de atención a menores y que repiten sin cesar actuaciones que fracasan? ¿A quién o a qué se responsabiliza de los fracasos?

 


LA AUTORA
Ana Jiménez.
Psicóloga clínica. Tétrada NUCEP. Educadora en un centro de menores protegidos de la Comunidad de Madrid.
Email: anajmedrano@yahoo.es

Referencias:
1 www.madrid.org: Instituto Madrileño del Menor y la Familia. Acogimiento residencial de menores. “Residencias específicas”.
2 Lacan, Jacques: “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 2. Siglo veintiuno.
3 Di Ciaccia, Antonio: “El sujeto y su Otro”. Cuadernos de Psicoanálisis nº 28, La práctica entre varios. Ediciones Eolia.
4 Ibíd.

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