El hecho de lenguaje*

Por Sergio Larriera Sánchez

El neologismo “lalangue” -“lalengua”-es término principal, junto con el de “parlêtre” -“parlanteser”-, de la “lingüistería” lacaniana. Marca la diferencia radical con la lengua, noción propia de la lingüística saussureana, correspondiente a la concepción del lenguaje. Refiriéndose a éste como el hecho social por excelencia, Ferdinand de Saussure lo consideraba como el factor más importante de todos los que pudieran intervenir en la vida de los individuos y las sociedades.La lingüística separa lengua y habla, aislando en la lengua a los signos como sus unidades. Saussure separó al signo lingüístico de su referente, ciñéndolo a la relación del significante y el significado.Jacques Lacan, apoyándose en la lingüística, tomó esa relación aunque estableciendo la supremacía e independencia del significante respecto del significado. Pero un signo así reducido al significante no da cuenta integral del síntoma, ni del goce en él implicado. Por lo cual Lacan se vio abocado a recuperar el término signo para darle un nuevo alcance, reuniendo en esta acepción al significante y al goce. De modo que la “lingüistería” no separa sino que reúne en síncopa a la lengua y el habla. Por eso el signo se tensa entre la “lalengua” y la lengua.La lengua del filólogo y del lingüista sólo es tal en tanto escrita: texto literario, crónica social, diccionario léxico y etimológico, manual de gramática y sintaxis, tratado de fonología, etc. Más cuando se habla, esa lengua manifiesta constituir un continuo con “lalengua”. La experiencia psicoanalítica es para el “parlanteser” un ponerse en camino a la “lalengua”. Al hablar una lengua el “parlanteser” expone la “lalengua” primordial, la del origen de la lengua.  

1. El ámbito saussureano
Examinando los fenómenos lingüísticos, Saussure1 se encuentra en un terreno constituido por un conjunto de dualidades en las que se imbrican, en lo más elemental, la impresión acústica percibida por el oído con la articulación bucal del sonido. Esa unidad compleja acústico-vocal que es el sonido, forma con la idea una unidad de una complejidad mayor de índole fisiológica y mental. A esto hay que agregar el hecho de que el lenguaje tiene un lado individual y un lado social. Además, en cada instante, es a la vez un sistema establecido y una evolución. En cada momento es al mismo tiempo una institución actual y un producto del pasado. En síntesis, el lenguaje (“le langage”) es lengua (“la langue”) y habla (“la parole”).Ante las dificultades que presenta el entramado de dualidades que caracterizan al lenguaje, Saussure encuentra que sólo la lengua es susceptible de una definición autónoma, por lo cual decide situarse en el territorio de la misma y tomarla por norma.La lengua no se confunde con el lenguaje. La lengua no es más que una parte determinada aunque esencial del lenguaje.

_grafos1
La lengua es a la vez: 
a) un producto social de la facultad del lenguaje.
b)un conjunto de convenciones necesarias adoptadas por el cuerpo social para permitir a los individuos el ejercicio de dicha facultad.
Por lo tanto, el lenguaje es multiforme y heteróclito. Implica varios dominios a la vez: físico, fisiológico y psíquico. Pertenece, como ya se dijo, al ámbito individual y al social al mismo tiempo. Al carecer de unidad el lenguaje no se deja clasificar entre los diversos hechos humanos.La lengua, en cambio, es para Saussure un todo en sí y un principio de clasificación. Por ello le da a la lengua el “primer puesto” entre los hechos del lenguaje, introduciendo así un orden en un conjunto que no se presta a ninguna clasificación.Poniendo en duda la supuesta facultad natural en la que descansaría el lenguaje, pues Saussure no considera probado que el aparato vocal esté hecho para hablar, de cualquier manera concluye que la facultad -natural o no- de articular palabras sólo se ejerce merced al instrumento creado y suministrado por el colectivo social: “es la lengua la que hace la unidad del lenguaje”. De modo que el estudio del lenguaje entraña, para Saussure, dos partes: una, esencial, tiene por objeto la lengua que es social en su esencia e independiente del individuo; este estudio es únicamente psíquico; la otra, secundaria, tiene por objeto la parte individual del lenguaje, es decir, el habla con la fonación incluida; esta parte es psico-física.

2. Lo individual y lo social en un hablante
Al producirse un hecho de lenguaje, hay ámbitos en los que domina lo social, sometiéndose allí el sujeto a las normas de la lengua que hacen posible la comunicación, y hay otros ámbitos en los que la creatividad del hablante es máxima, imponiéndose lo individual, pudiéndose llegar a la imposibilidad de comunicarse con los otros por un exceso de singularidad.A los fines de poder ir situando esta cuestión se ha elegido la que pareciera ser una buena manera de presentación: es la acostumbrada relación entre dos campos mediante las consabidas operaciones de conjunción y disyunción.La zona central del esquema en la cual ambos campos se recubren o se excluyen, resulta propicia para colocar allí aquel ámbito del hecho de lenguaje en un hablante en la que “es con otros”, o sea lo que se conoce como “lo social”. En consecuencia, los semi-campos que se sitúan a ambos lados de esta “cuña” central corresponderán a ese otro ámbito caracterizado como “lo individual” (ver Grafo 1).Esta manera de presentar los hechos pone en relación lo que corresponde a dos “individualidades”, siendo que, en uno y otro hablante, lo particular de cada cual se somete a la norma general compartida para que pueda realizarse la comunicación propia del hecho de lenguaje. Planteadas así las cosas, o lo particular se somete a la norma para dar lugar a lo general propio de lo social, o, en cambio, el dominio de lo particular llega a excluir la posibilidad de lo general.Lengua y habla suelen ser presentadas en oposición. La primera como el sistema, por lo tanto algo abstracto, pura forma, mientras que la segunda es la sustancia, la materia fónica -sonido- mediante la que el sistema se actualiza. Se van encadenando de este modo diversas oposiciones: lo particular y concreto del habla se opone a lo general y abstracto de la lengua. Si bien el acto de habla da ocasión a que se manifieste la libertad fonética de cada hablante, empero para que se produzca la comunicación con los otros, dicho acto deberá respetar, ajustándose a ella, la integración fonológica a la que obliga la lengua. Las diversas oposiciones que se logran establecer, tienden a mezclarse o a presentarse en nuevos niveles de complejidad.Interesa ahora explorar las posibilidades que ofrece el diagrama para pensar lo que sucede en un hablante solo. Para ello se dispone sobre el diagrama propuesto la articulación de lengua y habla. Si se tiene en cuenta que el hecho particular del habla, lo estrictamente individual, se distribuye en dos semi-campos, uno el del “querer-decir”, y el otro el de la “emisión sonora” efectiva, no quedará otra opción que hacerlo de la siguiente manera (ver Grafo 2):El hecho de presentar así la cuestión coloca a la lengua en función de intermediación entre los semicampos del habla. _grafo2Estos últimos, el del querer decir como intencionalidad del discurso y el de la emisión sonora efectiva como cadena significante franqueando el lugar del Otro, los encontrará el lector en el grafo de la subversión del sujeto2, al segundo como vector horizontal y al primero como vector vertical que lo recorta retroactivamente en dos puntos.Sobre el grafo lacaniano, las distintas cuestiones podrán ser dispuestas así (ver Grafo 3):¿El diagrama construido se corresponde con la conceptualización de Saussure? Los párrafos siguientes muestran tal correspondencia:“Para darse cuenta de que la lengua no puede ser más que un sistema de valores puros, basta considerar los dos elementos que entran en juego en su funcionamiento: las ideas y los sonidos. Psicológicamente, y haciendo abstracción de su expresión por las palabras, nuestro pensamiento no es más que una masa amorfa e indistinta (…) Considerado en sí mismo, el pensamiento es como una nebulosa donde nada está delimitado necesariamente. No hay ideas preestablecidas, y nada es distinto antes de la aparición de la lengua.“Frente a este reino flotante, ¿ofrecerían por sí mismos los sonidos entidades circunscritas de antemano? Tampoco. La substancia fónica ya no es fija ni rígida; no es un molde a cuyas formas el pensamiento deba adaptarse necesariamente, sino una materia plástica que se divide a su vez en partes distintas para suministrar los significantes que el pensamiento necesita. _grafo3.jpgPodemos, pues, representar al hecho lingüístico en su conjunto, es decir, la lengua, como una serie de subdivisiones contiguas proyectadas a un tiempo en el plano indefinido de las ideas confusas (A) y en el no menos indeterminado de los sonidos (B); esto es lo que podríamos representar de modo aproximado en este esquema” (ver Grafo 4): “El papel característico de la lengua respecto al pensamiento no es crear un medio fónico material para la expresión de las ideas, sino servir de intermediario entre el pensamiento y el sonido, en condiciones tales que su unión conduzca necesariamente a delimitaciones recíprocas de unidades. El pensamiento, caótico por naturaleza, es forzado a precisarse al descomponerse. No hay, por tanto, ni materialización de los pensamientos, ni espiritualización de los sonidos, sino que se trata del siguiente hecho, en cierto modo misterioso: que el “pensamiento-sonido” implica divisiones y que la lengua elabora sus unidades constituyéndose entre dos masas amorfas”.3Tanto el esquema que hemos propuesto como aquel de Saussure de los planos indeterminados de ideas y sonidos se muestran en resonancia. Al son de estas imágenes se puede decir que el lenguaje pone la cuña de la lengua entre las orejas del habla (ver Grafo 5).La cuña de la lengua Las orejas del habla

3. Hablar una lengua es sostenerse en el límite
Para Saussure, como hemos visto, la lengua elabora sus unidades constituyéndose entre dos masas amorfas. En consecuencia, la lingüística que él va definiendo trabaja sobre un terreno limítrofe en el que los elementos de los dos planos, el del pensamiento y el del sonido, se combinan. Como resultado de tal combinación se produce una forma y no una sustancia: la lengua.El querer decir y la emisión sonora son, de este modo, las dos dimensiones del habla que concurren en el hecho de lenguaje. Pero deben someterse a la regulación que la lengua impone mediante reglas abstractas, reglas que aseguren que tanto la intención individual del hablante como la producción de sonidos a la que aquella convoca queden reguladas por la finalidad transindividual de la comunicación, alcanzando de ese modo la dimensión social del hecho lingüístico.Resulta así que la lengua debe localizarse en la zona de unión-intersección lógica. _grafo4.jpgA esta zona se la considera “límite”, según los alcances de esta noción central de la filosofía de Eugenio Trías, y de acuerdo a la interpretación que de dicha noción y de la topología que le conviene se hizo oportunamente.4La distribución de ámbitos del lenguaje en un hablante no suele ser presentada por los lingüistas de ese modo. En realidad, esta es una nueva presentación del problema que permite destacar la doble frontera que, en cada uno, en cada hablante, reúne y separa lo particular y lo general, lo individual y lo social del hecho lingüístico.En un ser hablante, lo general es aquello de la lengua que el habla pone en juego en su relación con los otros seres hablantes y que debe ajustarse a las normas lingüísticas, con el fin de producir efectos de significación, que proviniendo del correlato significante/significado, aseguren la comunicación reduciendo al mínimo la confusión y la equivocidad.Una doble frontera configura los bordes del límite, un espacio común del hecho lingüístico al que tiene que ajustarse cada hablante para animar la lengua y regular el habla, condiciones mínimas del estar en comunidad.Es indudable que, en las relaciones que en una lengua cualquiera se establecen entre el querer decir y la emisión sonora de sus hablantes, hay ciertas limitaciones que impiden los deslizamientos que precipitarían cualquier acto de comunicación en el sin-sentido. Así como la fonación puede producir infinidad de sonidos no aptos para la comunicación, el pensamiento puede caer, por su parte, en insanos excesos. Hay algo en una lengua que vela por la inteligibilidad, protegiendo a los hablantes del sin-sentido. Esas fronteras protectoras no son otra cosa que la dupla significante/significado dispuesta de peculiar manera. En primer lugar, una de esas dos fronteras es silenciosa, la frontera silente, mientras que la otra es, por el contrario, sonora. Si ahora se toma en consideración la relación significante/significado como las dos caras del signo lingüístico, habrá que disponerlas sobre la doble frontera del límite. Tanto el querer decir como la emisión sonora son conjuntos abiertos que hunden al lenguaje en lo desconocido (ver Grafo 6). La emisión sonora encuentra un obstáculo en la frontera del significado. Esa función silente es un filtro para el sonido. El sonido, para entrar en el espacio de la significación, debe someterse a esta función del significado que evita la producción disparatada de sonidos, que encauza su producción evitando el disparate.Por su parte, la intención de decir encuentra un obstáculo en la frontera del significante. Esta frontera sonora obliga a los pensamientos a que se sonoricen organizadamente para ajustarse a la comunicación. _grafo5.jpgUna vez sometidos sus pensamientos al orden significante sonoro, el hablante comprueba que a las supuestas claridad y riqueza de los mismos, en realidad corresponden inadecuadas palabras, cuando no torpes balbuceos. El querer decir tiene que atravesar la frontera sonora a la vez que se instala como frontera silente para la emisión sonora. Y a la inversa, la emisión sonora debe atravesar la frontera silente mientras se instala como frontera sonora para el querer decir. El querer decir en su encuentro con la emisión sonora, pretende imponerle a ésta un ajuste riguroso de lo que se quiere expresar, o sea la sumisión del sonido al sentido. Dado que se quiere decir algo preciso, los sonidos emitidos deberán subordinarse a los significados, configurando para ello los significantes adecuados: no deberán producirse fonemas errados ni sonidos parásitos a-significantes.La proliferación de la intención de decir, encuentra un impedimento en la frontera constituida por el significante, que impone una barrera sonora al querer decir, impidiendo el desbordamiento del pensamiento, el cual debe pasar por el filtro del sonido. Al mismo tiempo, el sonido encuentra un obstáculo en la función silente del significado. Pues esta función, puesta al servicio de la significación, evita la producción disparatada de sonidos que pudieran constituir desde una jergafasia enmarañada hasta llegar a la elementalidad del laleo.Ambas fronteras encierran a una cuña biconvexa central. Esta cuña es el límite en el que deben sostenerse los seres hablantes para asegurarse lo que tienen en común cuando quieren producir un hecho de lenguaje. Sostenerse en el límite garantiza el funcionamiento coordinado de lengua y habla, con la producción de signos –significante/significado- que estén al servicio del acto social de la comunicación. En este caso el hablante permanece dentro del límite, en el que lo general –normas y reglas léxicas, gramaticales y sintácticas, que establecen la coordinación de significante y significado- es lo que comparte con sus semejantes.5 


4. La locura como doble abismo personal
Más allá de las dos fronteras que configuran el límite se encuentran, uno a cada lado, los semicampos particulares de la emisión sonora y del querer decir, los cuales pueden llegar a constituirse en verdaderos abismos. Son los dos abismos en los que amenaza precipitarse el hecho lingüístico: la expansión delirante del querer decir, de lo pre-sentido, y la proliferación insensata del no-sentido inherente a las emisiones de sonidos. En el primer caso se pone el habla al servicio del delirio. Aunque tanto el léxico como la gramática y la sintaxis pueden permanecer correctamente estructuradas, sin embargo la expansión de lo pre-sentido rompe la frontera sonora poniendo al significante al servicio de significados particulares, tornando imposible la función social del lenguaje. Cuando, en cambio, se presenta la otra situación en la que proliferan los sonidos, resulta destruida la función diferenciadora del significante. La frontera silente deja de funcionar, pues se habla por un puro goce fonador resultando violentada la norma que ordena la materia sonora.En el primero de estos casos es el querer decir el que enloquece, llegándose al extremo de que no se entienda lo que quiere decir el que habla, pues lo que dice ha perdido sentido al no ajustarse a las condiciones de enunciación que impone la comunicación. En la segunda circunstancia es el sonido el que, loco, suena “sin ton ni son”. Esa es la locura que, como doble abismo personal, acecha al hecho social por excelencia, el hecho lingüístico (aunque siempre expuesto al hundimiento en el sin-sentido). Son excesos del sentido que esclavizan al sonido, y multiplicaciones del sonido que desbaratan al sentido.Otro exceso, el exceso de silencio, el no querer decir y el no querer fonar propios del goce autista, constituye un fracaso total de la lengua.Estas alteraciones expresan la irresoluble tensión de lengua y habla. Tal tensión, que en ocasiones llega a ser discordia, es intrínseca al significante y al significado. Cada una de estas dos dimensiones, significante y significado, está íntimamente dividida por esa tensión, intrínsecamente atravesada por la discordia potencial entre lengua y habla. Es decir, en cada una de las fronteras que dibujan la cuña biconvexa del límite, hay una tensión de resolución imposible entre la libertad atribuida al habla individual y la constricción producida por la norma impuesta por la lengua a los hablantes. Esa tensión que, como se ha dicho, en ocasiones llega a ser verdadera discordia, la padece el hablante tanto respecto del significante como en el interior del significado.El funcionamiento del lenguaje, en síntesis, se caracteriza tanto por la significación lograda como por su naufragio. El hecho de hablar cuestiona la idea misma de lengua, cuya pureza instrumental no es más que un ideal.

5. El otro Saussure
Actualmente se están realizando otras lecturas de Saussure de las que resulta una reconsideración de lo que es el signo. Hay, en el mismo Saussure, en las notas y trabajos que se han ido recuperando, muchos años después de la publicación, en 1916, del Curso de Lingüística General, otros enfoques que ponen en entredicho la versión estrictamente formalista del signo para pasar a considerarlo como una entidad concreta. Fallecido Saussure en 1913, recién a mediados del siglo pasado se publicaron los manuscritos del curso aparecido en 1916, y años más tarde -1964, 1971- vieron la luz los anagramas presentados y analizados por J. Starobinski. También proliferaron los trabajos críticos sobre la construcción realizada por los discípulos de Saussure que llevaron adelante la edición del Curso en 1916, Charles Bally y Albert Sechehaye. En resumen, estos últimos aparecen como responsables de una “depuración” del discurso, suprimiendo todo aquello que pusiese en duda la versión científica y formalista del signo. El programa científico de Saussure se está revelando como menos categórico que el que se desprende de la versión tradicional del Curso.Ochenta años después de la edición del Curso de 1916 apareció un importante conjunto de manuscritos descubiertos en el invernadero de la residencia familiar en Ginebra. Vienen a confirmar el sentido de la revisión que se ha estado llevando a cabo, pudiendo decirse que se trata de “otro” Saussure, más próximo al Lacan de la época que se conoce como “la última enseñanza”.Justamente, Jacques Alain Miller en su curso de La fuga del sentido, se ha detenido en el comentario de este “otro” Saussure. Dicho sea de paso, ese curso de 1995 a 1996, constituye un hito en el proceso de posesión en el que se adentra, alcanzando su formulación manifiesta con sus Piezas sueltas: ser poseído por el texto de Lacan, dejarse poseer para terminar con cualquier resto de aspiración a la univocidad. Para mí, entre estos dos puntos se tiende el arco maestro de la enseñanza de Miller.Volviendo al sentido fugado, no solamente los anagramas saussureanos lo ocuparon en aquel curso, sino que realizó profundas incursiones, dando lugar a extensos desarrollos en textos de Michel Leiris, Robert Desnos, Raymond Roussel, René Char, Raymond Queneau, Jacques Prevert, Marcel Duchamp, André Bretón, llegando incluso a comentar alguna cuestión de Jean Pierre Brisset, el más destacado de aquellos célebres locos del siglo XIX y principios del XX, a mi juicio el más lúcido y entrañable de los miembros de esa “familia de sombras”, según la feliz denominación de Michel Foucault. Tras un sostenido comentario de los anagramas y de esa escucha extraordinaria de la poesía clásica de la que hizo gala Saussure, Miller concluye señalando que el Curso de lingüística puede analizarse como un cierre, pues la reunión de significante y significado viene a ser como una represión de la polifonía y de la polisemia de los anagramas. Sobre la base de los anagramas de Saussure, Lacan pudo aseverar que el inconsciente es condición de la lingüística. En el fondo, concluye Miller, lo que le falta a Saussure es la hipótesis del inconsciente en tanto que se formularía así: las palabras juegan solas.La “Lalengua” trastorna la concepción general del lenguaje, pues no puede ser considerada como algo aparte, como la irrupción de algo inconveniente en el discurso. De ninguna manera, pues la lengua y la “lalengua” son un continuo, son lo mismo en diferencia. Si se acepta la existencia del inconsciente, la lengua ya no puede ser considerada como un sistema de signos, como algo meramente formal. Introducir en la liza las redes de significantes reprimidos y los trazos y huellas que, en el cuerpo, demarcan los circuitos de las pulsiones, significa colocar a la estructura toda del hecho de lenguaje bajo las múltiples incidencias del goce. Los significantes del Otro -dueño y señor de la lengua- constituyen al sujeto. Pero no es una operación formal, puesto que se constituyen en la causa del goce, al encarnarse en un cuerpo mediante el contrabando de la sustancia gozante del Otro.Por ello, podemos precisar nuestra fórmula alojando la cuña de la “lalengua” entre las orejas del habla.?


EL AUTOR
Sergio Larriera.
Psicoanalista en Madrid. Miembro de la ELP y la AMP. Docente del Instituto del Campo Freudiano-NUCEP.  
Email: sergiolarriera@yahoo.es

Referencias
1 En el presente artículo rindo homenaje a Ferdinand de Saussure, recogiendo distintas cuestiones que hacen posible plantear de manera novedosa la relación lengua/habla. Todas las citas han sido tomadas del Curso de lingüística general (Planeta-Agostini, 1985. Barcelona). La minuciosa lectura del Curso y las detalladas referencias sobre otros autores, como Roman Jakobson y Claude Levi-Strauss, a través de una enseñanza que hizo época en Buenos Aires hace cuarenta años, magistralmente impartida por Juan Carlos Indart, inauguró, para los practicantes de un psicoanálisis ya exhausto, una revitalizante inmersión en los primeros textos de Lacan que empezaban a circular.
2 Lacan, Jacques. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”. Escritos 2. Decimoquinta edición. 1989. Siglo Veintiuno editores. México.
3 Cada uno de los pasos que conducen hasta la fórmula “El lenguaje pone la cuña de la lengua entre las orejas del habla”, y la fórmula misma, encuentran sus referencias en el capítulo del Curso dedicado al valor lingüístico. Lo novedoso de nuestro planteamiento es una distinta manera de presentar la relación lengua: habla. J.A.Miller, en De la naturaleza de los semblantes, evoca este gráfico de Saussure como “esquema nebuloso”, y lo conecta a otras acepciones de la nube de Lacan. En Radiofonía, Lacan ilustra con el término “nube” la separación de las nubes de goce que se desprenden del cadáver que es el cuerpo significantizado, deslibidinizado. En Lituraterre, al revés, hace del significante una nube, de la que se desprende un goteo, como si llovieran tachaduras. Llueve significado, y llueve goce dice Miller. Y se hacen surcos en la tierra, “pliegues prontos para acoger al goce”.
4 Sobre la noción de “Límite”:- Alemán, Jorge y Larriera, Sergio. Filosofía del límite e inconsciente. Conversación con Eugenio Trías. Síntesis. Madrid. 2004. - Alemán, Jorge y Larriera, Sergio. Existencia y Sujeto. Ediciones Miguel Gómez. Málaga. 2006
5 En la zona más alta y arbolada de la Dehesa de la Villa, en la ciudad de Madrid, está emplazado el monumento de Andrés Bello (Caracas 1781-Santiago de Chile 1865). Al pie de la estatua hay una leyenda: “Fue el salvador de la integridad del idioma castellano en América”. Interesante contraste entre la función que le otorga el agradecido homenaje, función de salvador, a quien preservó la unidad de la lengua, Andrés Bello, y la función propia del ego redentor de James Joyce, cuyo ideal era dar origen “al espíritu increado de la raza” mediante su arte de escritura en la que proliferan, incrementándose con el tiempo, epifanías, deconstrucciones de palabras, alteraciones sintácticas, homofonías translingüísticas. ¡Que decir, entonces, del gran delirio de Jean Pierre Brisset y de su descomunal esfuerzo para alcanzar la lengua primordial, el origen de la lengua! Por un lado, el significante que se hace letra, lengua establecida. Por el otro, la letra respondiendo a los dictados de “lalengüa”, hace picadillo al significante.

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