La salvación del alma moderna

Por Beatriz García Martínez 

letras3Eva Illouz ha dedicado varios libros a estudiar, desde el campo de la sociología cultural, el impacto del capitalismo sobre los vínculos sociales. En este nuevo libro, la autora aborda los modos en que el discurso terapéutico de las psicologías del yo supuestamente herederas del psicoanálisis, ha atravesado prácticamente todas las esferas de la civilización occidental. Lo ha hecho, tanto a través de un cuerpo de conocimientos académico, como en el marco de la producción cultural (el cine, los medios de comunicación, la industria editorial, etc.). A la pregunta “¿Cómo fue que la perspectiva freudiana que, al fin y al cabo comenzó como una teoría científica de la mente, se convirtió en un lenguaje popular adoptado y reciclado incesantemente por la esfera mercantilizada de los medios masivos?”2, la autora responde hablando de Freud en términos de un líder carismático que, al inventar el psicoanálisis, conectó con las preocupaciones clave de la identidad moderna: la sexualidad, el pasaje de la infancia a la edad adulta y la naturaleza de la paternidad. Todas ellas eran cuestiones que habían atravesado profundas transformaciones en la segunda mitad del siglo XIX.La nueva familia nuclear con baja tasa de natalidad y una consecuente intensificación de los vínculos emocionales de los padres con los hijos, presenta además una emergencia de “la pareja” como entidad autónoma, un aumento del rol emocional de las mujeres, consecuencia de adelantos técnicos que alivian a la mujer de la carga de sus tareas domésticas y un aumento de la competencia entre padres e hijos derivada de las nuevas posibilidades de promoción social, con la consecuente ambivalencia.El psicoanálisis aparece como un proveedor de metáforas para dar sentido e interpretar todas estas transformaciones. El complejo de Edipo es la más paradigmática. Además, es abrazado por los movimientos feministas debido a su legitimación de la sexualidad femenina, aunque también sea objeto de reproches desde parte de dicho movimiento.Por otra parte, el desdibujamiento del límite entre normalidad y patología introducido por el psicoanálisis consuena con la caída de las categorías morales tradicionales y sus sistemas clasificatorios que diferencian inequívocamente entre lo prohibido y lo encomiable.La cultura popular estadounidense hace una lectura de los textos freudianos en donde la represión de los deseos instintivos podría destruir la capacidad del yo de afirmar su autoridad. El remedio sería buscar las fuentes ocultas del conflicto, pudiendo estar cualquier comportamiento o emoción necesitado de interpretación. Esta “hermenéutica de la sospecha”, como la llama la autora, fue asociada en las Conferencias de la Clark University (1909) con la narrativa meritocrática y voluntarista de la autoayuda: “Hacia el final de la quinta conferencia, ofreció una versión muy estadounidense de lo que significaba buscar y encontrar el yo perdido: El hombre enérgico y exitoso es el que consigue trasponer mediante el trabajo sus fantasías de deseo en realidad. De esta manera, la búsqueda del poder perdido del yo podría aliarse sutilmente con la búsqueda del éxito social… A la inversa, la falta de éxito social podría indicar falta de madurez emocional, conexión que proporcionaría un poderoso marco narrativo intensamente mercantilizado por las industrias culturales”3.El impacto del lenguaje terapéutico en la empresa comienza a ser masivo en Estados Unidos a partir de la década de los 30. Bajo el liderazgo de los psicólogos la racionalidad, el cálculo y la eficiencia propios del mundo empresarial comenzaron a ir de la mano de los modelos de la emocionalidad y la comunicación. La autora denomina “capitalismo emocional” a este proceso cultural donde los discursos emocional y económico se moldean mutuamente, dando lugar al lenguaje de la cooperación y el trabajo en equipo, así como a nuevos modelos de liderazgo basados en la colaboración entre gerentes y trabajadores. La psicología organizacional busca desarticular la expresión autoritaria de poder propia de la empresa premoderna, para sustituirla por un poder sin autoridad, enfocado a armonizar los objetivos de la organización y el trabajador.La razón por la cual las habilidades comunicativas resultan tan centrales en las relaciones laborales es que son simultáneamente estratégicas para el desempeño eficaz del trabajo y para el propio interés del trabajador. El Homo economicus de Adam Smith, quien en “La riqueza de las naciones” concibió un modelo de sociedad cuya armonía emanaría de la búsqueda por parte de cada individuo de su propio interés económico (todos los individuos se necesitarían el uno al otro y por tanto se portarían bien con los otros para recibir igual trato), se convierte desde la perspectiva psicoterapéutica en el Homo comunicans que escucha al otro y controla sus emociones en interés de todos.Por otra parte, al tiempo que el lenguaje de las emociones infiltra el mundo empresarial, el lenguaje económico se cuela en el dominio de las relaciones de pareja. En el libro se relata cómo la caída de los modelos tradicionales de comportamiento dentro de la pareja es acompañada de la entrada masiva de los psicólogos en ese campo. Según la autora, el psicoanálisis contribuyó a la desorientación general al colocar la sexualidad en el centro de una psiquis saludable. “Nada complicó tanto el matrimonio como la idea y el ideal de la compatibilidad emocional y sexual”4. Por otra parte, los psicólogos destilaban sus consejos desde una posición supuestamente científica que ayudó a corroer la estructura tradicional del matrimonio al cuestionar sus normas y hacerlo desde una perspectiva individualista y de derecho.El supuesto de base era que un buen matrimonio tenía que satisfacer las necesidades emocionales y sexuales de ambos individuos que habían de ser considerados en pie de igualdad. Esta difícil tarea precisaba la ayuda de expertos dado que, “Tal como lo sugirieron Masters y Johnson, la sexualidad necesitaba ser liberada, pero sólo podía ser liberada de manera apropiada si se lograba la igualdad que había sido el sello distintivo del movimiento feminista”5.Se trata, pues, de un ideal que borra las diferencias de género y que exige la individuación de cada miembro de la pareja. El problema es cómo coordinar necesidades que entran en conflicto, siendo la metáfora clave la “negociación”, donde el discurso terapéutico sobre la intimidad conyugal se asocia al lenguaje utilitario de los derechos y el regateo. Al igual que en la empresa, los psicólogos podían ofrecer técnicas para superar los problemas derivados de la necesidad de negociar intereses: la comunicación verbal es de nuevo el elemento clave. En los años 70 el fantasma de la falta de comunicación atrapó a las parejas. El ideal de conversación racional y no emocional donde el hombre y la mujer podían verbalizar sus necesidades y desacuerdos respectivos dominaba la escena. Se trataba de mantener a raya la expresión cruda de las emociones, con una confianza casi ilimitada en el manejo lingüístico: “Si se nos ha dicho desde el post-estructuralismo en adelante que los significados son no intencionales, no decidibles y polisémicos, la literatura terapéutica, en cambio, afirma que la ambigüedad es archienemiga de la intimidad, y que debemos purgar las declaraciones oscuras y ambivalentes del lenguaje cotidiano”6.El problema es que, finalmente, la jerga terapéutica, más que ayudar a evitar el conflicto parece aumentarlo por el crecimiento exponencial de necesidades y emociones a ser verbalizadas, escuchadas, analizadas y consensuadas. La estandarización del discurso sobre la vida emocional parece haber producido un empobrecimiento de la vida personal, que cada vez es experimentada de forma más mediada por un corpus narrativo ajeno a la experiencia genuina de cada cual. Amén del hecho de que se trata de una narrativa cada vez más indiferente a la diferencia sexual.El discurso terapéutico ha absorbido una gama de significados culturales muy variada. Además del feminismo, el discurso de los derechos y, posteriormente, el movimiento New Age, en Estados Unidos (desde donde se exporta al resto del mundo occidental) se entrelazó con la búsqueda de la felicidad personal, la confianza en uno mismo y la creencia en la acción voluntaria propia del protestantismo. Si Freud era manifiestamente escéptico sobre la posibilidad de una transformación y una curación producidas a través del poder de la voluntad y el cogito del paciente, lo cierto es que su perspectiva fue modificada lo suficiente por teóricos posteriores para admitir la idea de que el yo podía ser perfeccionado. Hartmann, Kris y Loewenstein jugaron un rol muy importante en la tarea de hacer al psicoanálisis compatible con los valores de la cultura estadounidense. También Karen Horney, Adler, Ellis, Erikson y Fromm optaron por el yo como base del psiquismo y con una función adaptativa. El movimiento que contribuiría definitivamente a sellar la alianza entre el discurso terapéutico y la cultura popular fue el humanismo de Rogers y su discípulo Maslow. La idea sumamente simple de que en el ser humano existía una tendencia hacia la autorrealización, se convirtió en un pilar en el espíritu de la autoayuda. El objetivo ahora era realizar el propio yo auténtico, y lo que apartaba a los seres humanos del objetivo era el miedo a la propia grandeza. Salud y autorrealización eran sinónimos, lo que tuvo como efecto hacer que la mayoría de las vidas se contemplaran como “no realizadas”. La autora muestra cómo “el ideal de la salud o de la autorrealización define a contrario, disfunciones que son producidas por la categoría misma de la “vida completamente autorrealizada”.Cuanto más un sujeto contemporáneo se esfuerce por lograr niveles más altos de salud y autorrealización es probable que termine tomando las vicisitudes de su vida como enfermedades y dolores que puede y debe superar. Esta narrativa del sufrimiento, como la denomina Illouz, ha tenido una amplia resonancia cultural en los sujetos modernos por una serie de razones que la autora enumera: permite constituir “comunidades de destino” (véanse los grupos de apoyo), explota simultáneamente al sujeto como paciente y como consumidor, es decir, como víctima y como actor de su propia vida, si se lo ayuda, dos construcciones contradictorias del yo que funcionan en la cultura contemporánea. Por otra parte, permite establecer una coherencia desde el pasado y hacia el futuro, una continuidad para el yo. Además, elimina la noción de culpabilidad moral, eliminando el peso de la falta, pero moviliza el individualismo y el mejoramiento de sí propios de la cultura capitalista;se trata de una narrativa performativa que crea la experiencia en la medida en que la relata; permite constituir una identidad: la de sujetos enfermos que necesitan ser curados. Finalmente, pero no menos importante, el lenguaje terapéutico se entrelaza íntimamente con la noción de derechos, transformando el sufrimiento en la condición de víctima, lo que otorga una identidad a condición de narrar la vida permanentemente bajo la clave de ese sufrimiento congelado. Se elimina la responsabilidad por el pasado al tiempo que se conmina al sujeto a hacerse dueño de su futuro, una contradictoria forma de pensar la subjetividad muy propia de nuestra época.El lenguaje de la literatura de autoayuda ha codificado la problemática humana, en un movimiento de banalización sin precedentes, con el ideal terapéutico de la comunicación. Se trata de un modelo donde no existe la diferencia sexual ni los problemas que de ella se derivan, por no decir que no existe la subjetividad. Tiene además otra característica: se deshace del problema de las clases sociales: una mala posición en la vida es resultado de una psiquis que no maneja bien sus habilidades de comunicación. En definitiva, en el espíritu terapéutico no existen el sufrimiento y el caos sin sentido, y este es el motivo por el que su impacto en la cultura, nos dice la autora (y con ella coincidimos), debería preocuparnos.

 


LA AUTORA
Beatriz García
Psicoanalista en Madrid. Socia de la Sede de Madrid de la E.L.P. 
Email: beatrizgarcim@hotmail.com 

Referencias
1 Eva Yllouz, La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, Katz editores, Buenos Aires, 20102
2 Ibid.,pg.37.3
3 Ibid.,pg 684
4 Ibid.,pg 1455
5 Ibid.,pg 1696
6 Ibid.,pg 176

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