Vous êtes un homme!*

 

letras2En lo relativo a la sexualidad, nos encontramos sumergidos en el estado que Lacan, citando a Saint Just, hubo previsto como el resultado de que la felicidad se convirtiera en un factor de la política. Las políticas de salud mental implementan políticas de género derivadas de ideologías tan falsas como peligrosas. Con el nombre de “disfunciones sexuales” se describen anomalías y se aplican soluciones pueriles y engañosas, que cargan sobre las espaldas de los ciudadanos el peso de los prejuicios y de una teoría de la sexualidad reducida a una mera función de los genitales, sin consideración alguna por la subjetividad.El psicoanálisis ha revelado que el malestar de la sexualidad es inherente al ser hablante y adquiere, en cada persona, una forma particular, efecto de la discordancia entre su cuerpo, el goce y los semblantes. Sólo admitiendo la complejidad del asunto es posible ofrecer a los desorientados del mundo actual una alternativa de resolución particular a este hecho de estructura. 

1) Los interrogantes que suscita
Una vez admitido que el acto sexual no suministra ninguna seguridad respecto a la identidad sexual, ¿cómo se reconoce a un hombre? ¿Por su cuerpo, por sus actos, por su discurso, o por su porte? ¿Cómo accede un hombre a un juicio íntimo acerca de su virilidad? ¿Y cómo reconoce que otros lo son?  Estas preguntas acerca de los semblantes viriles han obtenido distintas respuestas en el transcurso de los tiempos. Su conformación se teje en estrecha dependencia del estado de los discursos cuyas mutaciones han promovido variaciones sustanciales en las representaciones o ficciones de los papeles sexuales hasta modificar las “profundidades del gusto”, según la expresión de Lacan. En su texto Kant con Sade, leemos que gracias al “tocador sadiano” se inició una gran transformación en las modalidades del goce que contribuiría a que, cien años más tarde se volviera “transitable la vía de Freud”. La literatura libertina vio la luz en el mismo momento en que se promulgaban los Derechos del Hombre. Si el derecho al goce no podía incluirse en dicha Declaración, se debe, explica Lacan, a razones de estructura. Y es que, en lo relativo al goce, y por ser, en definitiva, éste, particular a cada uno, una enunciación general del tipo universal, para todos, lo desvirtúa a tal punto de convertirlo en obligatorio. Es el paradójico envés que entraña el derecho al goce. Para ilustrarlo, Lacan propuso la confluencia lógica del filósofo de la razón: Kant, con el escriba de las perversiones: Sade, hasta demostrar que el reverso inevitable del derecho al goce es el imperativo del superyó.Esta máxima lacaniana explica una parte sustancial del malestar subjetivo que aqueja a los desorientados de hoy en día, víctimas del desvarío del goce. En la sociedad del “hipersexo”, el malestar que produce la sexualidad no ha disminuido un ápice respecto de las épocas en que pesaban sobre él las prohibiciones.

2) Los términos freudianos de la sexualidad
El psicoanálisis contribuyó a conmover la aparente e hipócrita seguridad de los roles sexuales desde que Freud tomara buena nota de la experiencia subjetiva de las neurosis y las psicosis. La dualidad hombre/mujer no tiene representación en el inconsciente, y este hecho incontestable constituye el verdadero problema de la sexualidad. El inconsciente sólo conoce la polaridad actividad/pasividad o la diferencia castrado/no castrado. Con esta “roca viva” tropezamos todos. Los post-freudianos se dieron de bruces y desembocaron en una desviación notable, esto es, en la promoción de la relación del objeto como ideal resolutivo al malestar que produce el sexo. Con la enseñanza de Lacan se dio un paso de gigante que nos ha pertrechado de advertencias y de recursos para no errar demasiado en lo relativo al goce. La lógica de la sexuación fálica y de la carencia de inscripción de la relación sexual permite ordenar las posiciones femenina y masculina. Es cierto, como también lo es que ello exige un ejercicio cotidiano para mantenernos firmes en la lógica del discurso analítico. Nuestro trabajo refleja que la cuestión no está zanjada, que ser lacanianos no nos exime de revisarla cada vez, es decir, que ser lacanianos no significa disponer de la última palabra respecto a la sexualidad sino aceptar el rigor de que tal palabra no existe (A tachado). 

3) El tropiezo de los Men’s studies
A partir de los años 70 se vienen realizando estudios sobre las identidades sexuales, nutriéndose, en gran medida, del saber psicoanalítico. De reciente aparición, el libro Entre hombres, Masculinidades del siglo XIX en América Latina, constituye un aporte interesante al tema que nos ocupa. La justificación del uso del plural del adjetivo sustantivado del título, pretende demostrar la ausencia de un concepto formativo de “la identidad masculina como el espacio de la autoridad simbólica en la cultura occidental”1. A partir de tal premisa, los autores pretenden “historizar la construcción de las masculinidades del siglo XIX para demostrar que las identidades sexogenéricas son artefactos culturales que actúan como respuestas a condicionantes sociales muy precisos”2. ¿Cómo conciben estos autores el género?: “…como un proceso de negociación constante con los discursos dominantes: un incesante devenir más que un inmanente ser, a través de los cuales los sujetos se posicionan y son posicionados dentro de los proyectos de emancipación, consolidación y modernización de las naciones”3.Este libro se inscribe en la filiación del marco conceptual de los llamados Men’s studies.  En ellos se reconoce la existencia de una “pluralidad de masculinidades dentro de la que se diferencia entre identidades dominantes o hegemónicas, alternativas o subalternas”4, lo cual supone que, en un momento dado, se exalta un clase en detrimento de otra. Los compiladores citan a Kimmel para quien “la masculinidad dominante es un tipo de identidad que se fabrica relacionalmente y que busca la aprobación homosocial de los otros hombres: cuando un sujeto masculino pone en escena su hombría, lo hace para impresionar a los pares y para distanciarse de los grupos que carecen de ella (las mujeres, los homosexuales, los niños)”5. Según este autor, la masculinidad hegemónica es poder, y lo que define la masculinidad viril es la ausencia de una serie de cualidades “femeninas”, una forma de oposición, en cierto modo, defensiva.También Judith Buttler, teórica de las identidades Queer, constituye una referencia de estos estudios.  Según esta autora, si explorando el desarrollo de la identidad masculina se realizara un corte sincrónico, se comprobaría una circulación de discursos yuxtapuestos que no responden a una linealidad cronológica. Por el contrario, se verificaría la acción de un caos de modelos disponibles en la esfera cultural en la cual algunas “poses” disputarían su predominancia: el neoclásico de la masculinidad heroica, el sentimentalismo romántico, el estoicismo del dandi o la hiper-virilidad del hombre primitivo. El sujeto, por su parte, podría apelar a este “vasto archivo de poses” a través de complejos procesos de citacionalidad. El “acto performativo” de la masculinidad se distingue según los espacios: el trabajo, los centros homosociales -clubes, cafés, cenáculos letrados-, la calle y el hogar. Entre los espacios diferenciados los valores pueden establecer una relación conflictiva: por ejemplo, funcionar en el trabajo con una ética competitiva e individualista, y en el hogar, en tanto pater familias, actuar con ternura y benevolencia.Y es que, según los gender studies, el género “es una construcción histórica subjetiva, cuyos límites se van definiendo y reacomodando de acuerdo a una dinámica recíproca de las representaciones de roles asignados a lo “femenino” y “masculino”. (…) No son universales fijos sino “campos de fuerzas sociales que van estableciendo relaciones significativas de poder”6.El problema con el que tropiezan los estudios de género es el desconocimiento de lo que Freud llamó “roca viva”, “lo real de la sexualidad”. De ahí que el problema se dirime entre, por un lado, la impronta de los discursos y, por otro, una subjetividad que opta, en un acto performativo, por una enunciación, una “cita”, que le define como hombre. Resulta de ello una identificación a un rol —por reconocimiento de pares— y de oposición a otros que niegan los valores admitidos como viriles en tal o cual modelo. La clave de la reconstrucción del abanico de “poses masculinas” radica en las “relaciones significativas de poder” que inducen a una lógica binaria, al atolladero sin salida de las significaciones de dominio y servidumbre.Cuando Freud declara que “la libido es masculina” no interpreta la masculinidad en términos de poder sino que la traduce como actividad. La pulsión es un “trozo de actividad”, una “moción libidinal” que no determina esencias sexuadas: la diferencia adviene en el fin de la pulsión, en su objetivo, en la modalidad de satisfacción que se alcanza y que puede suministrar tanto una pulsión de fin activo como una de fin pasivo. Lacan, por su parte, traduce la función simbólica del falo como representante de la vida, como significante del goce.  Una de sus significaciones es, evidentemente, la relativa al poder, pero su “potencialidad creadora” de sentidos no se agota en ella y reducirla puede ser ocasión de lamentables confusiones.Una línea de investigación del citado libro es la que sitúa el diseño de construcción política de naciones nuevas en la tensión entre, por un lado, los ideales de virilidad, vinculados a valores belicistas de valentía y heroicidad y, por otro, los no menos viriles pero pacíficos, suministrados por los letrados e intelectuales. Aunque la descripción de estas masculinidades peca siempre de una confrontación con su negativo, como si su afirmación se asentara sólo en la formación reactiva, como si la masculinidad fuera una mera sobrecompensación defensiva construida a partir de una ideología de dominio.No se discute que los fenómenos existan o hayan existido, lo que se echa en falta en ésta es una deducción convincente de la estructura que los sustenta. A falta del concepto de goce, el estudio de las identidades sexuales queda sujeto a oscuras influencias sociales que empujan en una u otra dirección, y a no menos oscuras razones subjetivas que se manifiestan en el acto performativo, esto es, la declaración de la identidad sexual.La falta de consistencia de los retratos pergeñados hace suponer que los modelos de hombría que impulsaron las políticas en el Nuevo Mundo sufrieron un desgaste con el correr de los años, o que las contradicciones intrínsecas se hicieron más patentes al insertarse en un ámbito nuevo. Habría que añadir que la decadencia del discurso del amo, la potencia creciente del discurso capitalista y la injerencia del discurso analítico a través del histérico, vinieron a colaborar en el cuestionamiento de los semblantes sexuales de tradición decimonónica.

4) Un encuentro mítico
Desde la perspectiva del estudio de los valores de la virilidad clásica que se fueron consolidando en la Vieja Europa, el encuentro entre Napoleón, “genio de la guerra”, y Goethe, “genio de la paz”, ocurrido el 29 de septiembre de 1808 en Erfurt, cobra un renovado interés.Por esas fechas Goethe ya había manifestado su temperamento “olímpico”: un carácter renacentista le volvía curioso de todos los saberes. Escritor venerado, indagaba en las ciencias físicas, en la anatomía, en las artes plásticas. Galante y seductor, las mujeres de toda condición suspiraban por su compañía, en el salón y en el lecho.  Se sabe que ser padre adquirió una gran trascendencia en su vida. No carecía Goethe de aptitudes políticas; a pesar de sus orígenes burgueses, logró ascender hasta ser nombrado Consejero del duque de Weimar. Ejerciendo esas funciones organizaba celebraciones y fiestas, haciendo gala de un carácter alegre y divertido. Enemigo de la revolución, consideraba una locura la decisión del duque de ir a la guerra en defensa de Luis XIV. Sin embargo, se sometió a la misma cumpliendo a la perfección con sus deberes militares, y aún encontraba tiempo para su labor de escritor e investigador. Confiado en su elocuencia e ingenio, se atrevía también a disertar sobre temas bélicos. En una ocasión, un joven oficial interrumpió una conferencia sobre balística. Admitía el muchacho el placer de oír hablar a Goethe sobre poesía, artes y ciencias pero, dijo, no podía contener su disgusto al escucharle hablar de cosas de las que no entendía nada. Todos los presentes esperaban que el escritor, rojo como la grana, estallara en cólera. Pero luego de un momento, tuvo una explosión de risa: “Acabáis de darme una dura lección”, le dijo.Goethe fue invitado al Congreso de Erfurt, decisivo para el destino de Europa. Napoleón y Goethe se admiraban mutuamente. La entrevista entre estas dos grandes figuras del siglo fue calificado por Valery de “instante supremo”, el diálogo entre el imperio de la inteligencia en acción y la inteligencia libre. Según el relato, se encontraba Napoleón, conforme a su costumbre, almorzando mientras concedía audiencia. Cuando Goethe fue anunciado en la sala, el emperador levantó la vista y le indicó que se acercara. El poeta —que era observado atentamente— se detuvo a una distancia prudente y se cuadró. Napoleón pasó revista y exclamó: “Vous êtes un homme!”. Goethe respondió con una inclinación. Luego le preguntó por su edad;  “sesenta”, dijo el escritor. Y Napoleón comentó: “Pues estáis muy bien conservado”. Goethe se inclinó nuevamente.Coinciden los comentaristas en que la frase “Vous êtes un homme” revela el reconocimiento a la verdadera grandeza, la admirada simetría al avistar un igual, un hombre de acción. “Delante de todo el mundo el gran conocedor de los hombres le ha concedido un diploma de hombría”, quizás sorprendido ¿“de encontrarle en postura marcial, buena salud y desparpajo”?7. Así lo estima Cansinos Asséns quien también encuentra en dicha frase la implícita connivencia con la superioridad de la supervivencia de la palabra sobre lo efímero de la gloria. 

5) La nota freudiana
La lectura freudiana de las biografías de ambos personajes añade un aspecto inédito para la comprensión de sus posiciones vitales al tomar en cuenta sus diferentes posturas respecto al deseo y el goce. En su interpretación de Un recuerdo infantil de Goethe…8, Freud extrae la consecuencia de que “cuando alguien ha sido el favorito indiscutible de su madre, conserva a través de toda la vida aquella seguridad conquistadora…”, a tal punto que Goethe hubiera podido encabezar su biografía así: “Toda mi fuerza tiene su raíz en mi relación con mi madre”.Sin embargo, no es suficiente haber tenido un lazo edípico muy fuerte con la madre para sustentar tal seguridad viril sin haberlo resuelto correctamente, esto es, sin un saldo de pasiva inhibición. Goethe enseña que no fue menos importante la manera en que dirimió su rivalidad con el padre y con sus hermanos y el modo singular en que llegó a asumir la castración en su relación con los hombres y con las mujeres.La figura de Napoleón tampoco fue indiferente a Freud quien destacó la marca del destino en el hecho de haber nacido corso y segundo entre muchos hermanos: “centenares de miles de seres anónimos habrían de expiar el hecho de que el pequeño demonio respetara a su primer enemigo”9. Freud vincula la elección de Josefina a la huella indeleble que dejaran en su personalidad la constelación de los primeros objetos: el primogénito José, su madre y su padre muerto. Josefina no lo ama, lo maltrata y lo engaña. Él le perdona todo pero, paradójicamente, cuando la repudia, comienza el eclipse del emperador, en el cual Freud deduce la acción inconsciente de “un castigo por su infidelidad”10 a ese partenaire tiránico, sustituto del odiado y amado José. Una vez separado de ella, Napoleón avanza, sembrando la muerte, hacia su propia destrucción.Podemos concluir que, por razones netamente analíticas, es probable que Freud coincidiera con la valoración de Napoleón, reconociendo como representante de una auténtica posición viril a quien, en aquéllos ámbitos que abarque su existencia, se entrega activamente al arte de hacer germinar la Vida; y que negara, por lo tanto, esa consideración al marido de Josefina.Más allá de las variaciones que experimentan los semblantes sexuales, se desprende de estos hechos una invariante de la estructura: es posible reconocer como hombre a aquél que ha subjetivado la angustia de castración de tal manera que su marca se detecta en el semblante que ostenta al presentarse al mundo, no menos que el goce que allí obtiene y el respeto que con ello gana.

 


LA AUTORA

Vilma Coccoz 
A.M.E. Psicoanalista en Madrid. Miembro de la ELP y la AMP. Docente del Instituto del Campo Freudiano-NUCEP. 
Email: vilmacoccoz@gmail.com 

Referenencias
1 A. Peluffo. I. Sanchez Prado (Eds.), Hombres. Masculinidades del siglo XIX en América Latina. Iberoamericana, Madrid, 2010, Pág. 7.
2 íbid. Pág.7.
3 Íbid, Pág.7.
4 Íbid, Pág.13.
5 Íbid, Pág.13.
6 Íbid, Pág..35.
7 R. Cansinos Asséns, Biografía, En Obras Completas de Goethe, Tomo I , Aguilar, México, 1991, Pág. 181.
8 S.Freud, Un recuerdo infantil de Goethe en Poesía y Verdad, O.C. Tomo III, Pág. 2437.
9 S. Freud, Borrador de una carta a Tomas Mann, O.C., Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, Tomo III, Pág. 3336.
10 Íbid, Pág. 3336.

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