Narcisismo y desarraigo

Por Ignacio Castro Rey

 


letras1Para acercarnos al estado actual de la subjetividad, partimos del avance entre nosotros de la normalización propia de las sociedades consideradas avanzadas. Esto implica tener en cuenta una definición creciente, una especie de personalización de masa por la cual el orden social de Occidente ha conseguido transferir la sombra de lo existente a la transparencia de una historia fractal, integrada en cada curvatura de vida.

I
Tal incansable labor de identificación y reconocimiento hace salir del armario a individuos, minorías y nuevas naciones. Igual a nivel económico que psíquico, todo lo sumergido o informal –que por otra parte se incentiva- debe salir a la luz y pasar la prueba de la evaluación pública, la homologación y la competencia interactiva. Asistimos, en este sentido, a una transferencia continua de lo existencial hacia lo social, de lo latente hacia lo patente y visible. La economía de esta socialización, su imperativo de transparencia no quiere seres humanos de alta densidad, con estructura profunda, anclados en su carácter atávico y en su patología natal. Se requieren más bien consumidores de visibilidad, sujetos adelgazados para interactuar como puntos móviles de una red sin fin. Paradójicamente, este fenómeno de visualización normativa -las cámaras omnipresentes son sólo un índice externo de ello- lleva aparejado un creciente misterio del prójimo, una especie de nuevo oscurantismo de las mentes hacia cualquier intimidad que no esté en pantalla ni sea estadística, fácilmente portátil en la circulación informativa.En medio de esta definición hiperreal de los rostros y los cuerpos renace un terror de la presencia real y nuevas patologías de reacción, social e individual, a todo lo que sea analógico de la complejidad. Se puede diagnosticar una nueva especie de intolerancia del sujeto con respecto a su fondo sombrío. ¿Se trata, en resumen, de una especie de depresión informativa, consensuada al modo liberal? De ser así, estaríamos ante algo difícilmente tratable con los medios que la propia evaluación social facilita.La fluidez general de la cultura que se llama capitalismo se consigue con una atomización individual, con la acumulación masiva de una identidad primero aislada y después marcada, puesta en el recambio constante de la órbita social. Como si la circulación sin fin que constituye la religión triunfante estribara en la soltura de núcleos desgajados, entidades individuales que pueden constituirse en meros nudos de una malla de conexiones perpetuas. Como se ha dicho en algún sitio, la banalidad de nuestra cultura no es nada banal. Desarrolla más bien una profunda labor de drenaje del malestar, impidiendo la inversión interna del miedo en sentido y desactivando así la primera potencia existencial del sujeto. En tal aspecto este estudio es inevitablemente político, pues no puede dejar de criticar un imperio contextual que ha pulverizado la autonomía individual en aras del consenso. La labor de pacificación del estado de naturaleza subjetivo ha tenido, como veremos, consecuencias psíquicas preocupantes.Recordemos que, por principio, sólo se suma masivamente lo que está solo, suelto, aquello que antes ha sido desgajado de su mundo constituyente. Se agregan entidades desarraigadas de su profundidad cualitativa. Se acumula y cuantifica el perfil aislado de los seres arrancados de cualquier humus natal. Desde hace tres, cuatro décadas, el principio de individuación del ser humano en las sociedades técnicas parece ser la deconstrucción de cualquier principio fijo en el carácter personal, el recorte informativo de cada individuo sobre una superficie neutra. Superficie tan plural como indiferente, tan diversa como uniforme y segura. Una vez más, un fondo de indiferencia parece ser el gran continente de la multiplicidad consumista de un mercado social que ha convertido al ser humano en principal materia prima de la especulación terciaria que nos guía.De ser esto así, el triunfo en Occidente de la información y del canon numérico supondría un fondo de oscurantismo analógico que dificulta la relación del individuo con la muerte. Vivimos en una combinación acelerada de desarraigo e identificación, de silencio privado y espectáculo público, de miedo y seguridad. La “interpasividad”, dice Baudrillard, “sostiene el campo inmanente de la interactividad”. No se trata de un trastorno bipolar cualquiera, una desgracia espontánea de la época, sino de una oscilación esquizoide inducida por el bienestar anímico de un ideal que ha prohibido cualquier suelo en el sujeto, una comunidad íntima de experiencia.El orden de los media, conectado en red invisible, no quiere saber nada del camino del medio, de acercar el pensamiento al lugar donde tenemos el cuerpo y los sentidos, el dolor y la intuición, los impulsos de resolución. La forma de la finitud, una relación directa con la complejidad real, está más o menos prohibida por nuestra ideología de la mediación y su diferido continuo, esta realidad subtitulada en la que vivimos. La visita guiada es el modelo terciario incluso para entrar en las dolencias del propio psiquismo. Sólo después, sobre este suelo de incomunicación que convierte al sujeto informativo en un conocido para sí mismo, en un turista existencial -la imagen más tópica es el joven encapsulado que duerme en casa-, se sirven las múltiples conexiones on line.La inmediatez ética se ha deconstruido en nombre de la inmediatez de la mediación. La única descarga espontánea que nos es permitida es la del consumo, en el ocio y en las mediaciones técnicas. Para todo lo demás, antes de una decisión tenemos que contar tantas veces, tantos dígitos, que cuando llega el momento la decisión está clonada y es intercambiable por alguna réplica en el panel de las ofertas de turno. No parece aventurado decir que mientras consumimos somos consumidos en nuestra diferencia, homologados con las cosas que circulan. El fetichismo de la mercancía se ha hecho deseante, libidinal.

II
Economía informal del sujeto, identidades queer. Lo que importa es esquivar a cualquier precio el peligro de no ser nadie, de estar tocado por la comunidad de cualquiera, fuera del menú de identidades en oferta. El papel de las minorías alternativas ha sido en este punto -es preciso decirlo otra vez- un poco extraño, por no decir perverso. Ellas han minorizado la molicie del control social, incluida la publicidad, y le han permitido aligerarse. Gracias a lo alternativo la policía de lo social se extiende, pues la mayoría deja de ser torpe y paternal para descender a un tuteo maternal con cada privacidad. Con la proliferación de logos alternativos no queda apenas espacio donde pararse ni fórmula para detenerse, donde pueda ocurrir algo. La posibilidad del acontecimiento, que nos rehace como sujetos, es sometida a cerco por la cultura del impacto, que se adelanta a cualquier indecisión. En este aspecto biopolítico, con una inteligencia emocional de la que carecían las ideologías clásicas, la cultura occidental se ha vuelto preventiva.Es indudable que también el psicoanálisis, que necesita un tiempo muerto, se ha visto perjudicado por este nuevo micro-determinismo del lenguaje social. ¿Es debido a esto que la palabra de algunos pacientes se presenta a veces marcada discursivamente, configurada por una teoría en boga? De cualquier manera, vivimos en medio de un conductismo capilar, cognitivo, vivamente reformado. La sociedad del conocimiento ha elevado al nivel de inteligencia policial la voluntad de saber.Consenso, adaptación, flexibilidad son palabras que traslucen una cómica incapacidad para desconectar, para detenerse, para afrontar el trauma de una posible ruptura, sin la que ningún cambio significativo es posible. Es como si la conexión perpetua y la atención flotante y dispersa del sujeto sedase la presión de lo intolerable, que es el origen de la decisión, y condujese paradójicamente a la imposibilidad de ninguna resolución, ninguna ruptura. Todo lo escénico cambia para que nada crucial se mueva. Somos tan libres que no podemos elegir. Una vez más, la complejidad es en este punto una ideología letal, pues paraliza a la gente corriente -a lo que hay de común en cualquiera- en manos del experto. Consume también las fuerzas del sujeto en el menú de alternativas terciarias, más o menos banales. ¿Homosexual o heterosexual, socialdemócrata o conservador, fumador o no fumador, azúcar o sacarina?.El pluralismo es hoy la religión realizada, el opio del pueblo. Al tener tantas opciones virtuales olvidamos el drama patético de lo real, nuestra obediencia en lo primario, esa cotidianidad socio-estatal que nos convierte en sumisos empleados a tiempo completo. De hecho, al tener tantas posibilidades, no podemos elegir sin más. Necesitamos mediadores matrimoniales, folletos explicativos de la exposición, animadores culturales, subtítulos para las continuas visitas guiadas. El sujeto es víctima de la multiplicidad publicitaria, de una amena variación que le mima. Dicho sea de paso, nunca se ha demostrado que los mimos no sean una de las más perniciosas formas de maltrato.La era del acceso es la de la marginalidad de todo lo que sea turbio, complejo, cargado de gravedad y de drama. El acceso se expande hacia el esquema informativo de cosas y personas para nada saber de su sentido. La simplicidad maniqueísta de lo binario -“me gusta”, “ya no me gusta”- alienta incluso cuando las alternativas son cinco o seis. Como en la carta de muchos restaurantes, incluso caros, el tedio de la indiferencia se agazapa tras la pluralidad de la oferta. Todos los platos saben a lo mismo; mejor, no saben. El nihilismo de lo uniforme, que nos protege del demonio de la cualidad, se esconde tras el cromatismo del mercado.Querríamos hacernos indistinguibles en la secuencia de lo numérico, con pequeñas escapadas de fin de semana o en el horario televisivo de las tardes, justo antes de dormir. En el fondo ocurre que hemos formateado el sabor de la soledad, que era un diálogo nuevo con la mudez común, para transformarla en la seguridad del aislamiento y en su fluida interactividad. De igual manera, hemos reciclado la comunidad en sociedad. De ahí la aversión, en el psiquismo y en toda la estupidez binaria de nuestra cultura informativa, a la ambivalencia de lo real, que siempre late más allá del moralismo dominante. El dualismo fuerte –femenino/masculino, devenir/historia, punctum/studium- encierra en uno de los dos polos un punto de fuga, una indeterminación que fuerza y envuelve al otro lado. El simulacro binario, al contrario, nos protege con la dialéctica de la simetría. Con la alternancia 0/1 cristalizamos una constante aversión al claroscuro, al sentido de la ruina, a la ambivalencia. La nueva arquitectura expulsa la noche como la nueva psiquiatría expulsa la escucha del dolor.En suma, el umbral de la verdad, la desconexión, está prohibida por la religión social triunfante. La soledad ha sido colonizada por la dispersión en la visibilidad compartida. Si el paro aterra es debido -aparte del sueldo: la economía es mucho más metafísica de lo que parece- a la crisis de pánico que ataca a una identidad al borde de la desconexión, cuando nos han reeducado para ser meros puntos de la red. De pronto, al verse enfrentado a una vida sin envoltura social, se disparan las alarmas en el sujeto y todas las sintomatologías. En el plano cultural, el paro simboliza el terror al demonio de la época: la marginación social, la vida sin empleo… Como si vivir no fuera el primer oficio. ¿Por qué se le teme tanto al marginamiento, a la desconexión, a la no visibilidad? Porque en ese fondo resuena una primera propiedad del sujeto con la cual ya no queremos -ni podemos- saber nada, el diálogo socrático con el enigma, la conversión de la muerte en un interlocutor y en la más alta tarea. Ese horizonte nos haría absolutamente responsables, libres de la religión social. Y no queremos tal carga; necesitamos creer en Dios, aunque sea en la forma degradada de la Sociedad. ¿Ya no podemos recordar que somos seres humanos, y no cosas, gracias a lo que ha ocurrido fuera de las reglas, por la bendición de la contingencia, en los márgenes de toda planificación? A veces parece que los viejos totalitarismos no han perdido la guerra cultural y se han mutado en el furor de este múltiple determinismo que conforma nuestra cobertura.

III
Pensemos, por ejemplo, en el alarmismo de los medios -”el aislamiento de Rusia”, “el Partido Popular se queda solo”, “la soledad de Zapatero”-, con su pánico a la desconexión, al tiempo muerto, a la soledad. Este pánico pueril se nota ya en la expresión desamparada del locutor cuando la conexión no funciona, o el primer plano no se corta a tiempo, y la breve y calculada aparición del periodista queda en el vacío. ¿Se imaginan que se filme a alguien que carece de guión o de programa? Sería la misma expresión desolada de los humanos en el metro, pero sabiéndose en pantalla. La televisión, máximo adalid de esta socialización forzosa, también predica con el ejemplo y enseguida se siente sola: “No se vayan”, suplican los locutores de todas las cadenas antes de cada pausa publicitaria en la programación.El miedo a la soledad es “mundial”. En la “sociedad internacional” no podemos concebir un mundo desarrollado fuera de ese miedo porque presentimos que el trasfondo de la comunicación y el mito del progreso es el vacío. Tras este estruendo de la pantalla total azota el nihilismo del desierto, la indefensión ante la raíz asocial de la subjetividad, ante su soledad ontológica. Verdaderamente, el diablo de esta época parece ser el silencio, estar a solas con la condición mortal. Como si ahí no hubiera sentido. Lo que es peor, por si ahí hubiera un sentido.Este miedo a la cercanía es producto del peor de los pesimismos porque entiende que, sin conexiones, la vida y la individualidad no son nada. Los contactos y la adaptación al medio -gracias, querido Marx, por cristalizar esta alienación definitivamente triunfante- es nuestro principio de individuación. Sin el entorno, mediado y mediador, no somos nadie. Y menos que nadie sería nuestro narcisismo, imprescindible en un mundo despiadado en su indiferencia hacia lo trágico, la pulpa de vivir. Como hemos perdido el afinamiento con el tono de la finitud, entre impacto e impacto programado la desolación se convierte en la regla del tiempo no organizado. De ahí esas caras demudadas en el transporte público, esas caras abstractas de los alumnos en clase, ese extraño silencio de los apartamentos a la caída de la tarde. Recordemos por un momento –un minuto de silencio- la ansiedad cuando el teléfono al fin suena y promete rescatarnos de un estar a solas con el ser para el cual ya no tenemos hilos. La conexión técnica se alimenta de la desconexión vital. La euforia social parasita el pesimismo viviente. Tal vez por esto Sokurov, ruso nacido en Siberia, comenta un día: “Ustedes los occidentales están muy solos”.Al no tener que luchar contra los límites ni tener que ganarse paso a paso la supervivencia anímica, se pierde también el músculo de la ilusión. A los jóvenes se les tiene mucho más en cuenta que a sus padres, se les pregunta constantemente y se les permite elegir, etc. Por ello se vuelven débiles, caprichosos, despóticos en su sonrisa, con un umbral de sufrimiento y de fidelidad mínimo. Como todo viene dado, hasta en las relaciones se pierde la ilusión, que solamente simula mantenerse con el recambio, con esta ilusión forzada de alteridad que llamamos tecnología.El narcisismo es crucial, ante todo, para defenderse de un íntimo desánimo en espera, de todo lo no sabido de un sí mismo que se siente amenazado por dentro. El divorcio continuo, no sólo de tu pareja sino también de las opciones que ayer has elegido, proviene del hecho de que la gente no aguanta hoy nada que le comprometa, que le recuerde la duración y el envejecimiento. Vivimos cubiertos por un liberalismo existencial que une por debajo a muy diversas ideologías. La avalancha continua de la novedad seda el temor pueril que tenemos a la persistencia del pasado, a cualquier escena originaria, a nuestra propia historia. En el fondo, naturalmente, el temor es a la finitud, a la muerte anterior y continuamente presente.Hasta el recambio forzoso de los útiles -ropa, coche, ordenador- nos libra de una relación estable con las cosas, de un afecto objetal que ya diría demasiado de nosotros, nos recordaría quién somos. Por el contrario, hoy todo ha de renovarse, salir disparado hacia la circulación. El reconocimiento externo exige un continuo remozamiento de la imagen en cosas y personas. La actualización perpetua, esta coacción amable de estar al día y no quedarse atrás, esconde el pánico a lo que no cambia, el integrismo de una limpieza existencial continua que debe dejar continuamente atrás la tentación de ser fiel a tus sombras.

 


EL AUTOR
Ignacio Castro
Doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, filósofo y crítico de arte.
Email: iccrey@terra.es

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