De la soledad en cualquier esquina*

Por Pilar González
* Texto original de la autora.

El segundo análisis duró alrededor de diez años, después de una interrupción del primero y de unos años dedicados al estudio de la teoría; se inició después de asistir a una conferencia en la Biblioteca Nacional sobre la “Ética del Psicoanálisis”. El psicoanalista habló de Aristóteles y de la medida, una palabra brillante, y de la ética del psicoanálisis: le pedí análisis.

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En el momento en el que me dirijo al analista estoy en un proceso complicado de separación de mi ex marido, y la soledad de la que se trataba no era estar sola en el mundo, seguía teniendo familia y amigos queridos. Se trataba de otra soledad la que me afectaba, la ausencia de partenaire amoroso.
Entonces mantenía intacta la esperanza depositada en el amor, como lo que podía desterrar el aguijón del que brotaba el vacío de mi existencia, dándole sentido: en el lenguaje, como medio de comunicación en relación con la verdad por la que profesaba una autentica pasión; en el juego de espejos, en relación con los ideales que siempre me remitían a la nostalgia de una imposible relación.
La causa del “no hay relación sexual” la proyectaba sobre los hombres y sus respuestas inadecuadas a tan altos fines, que llenaba de imaginario y de poesía. Así me repetía con un deje trágico un fragmento de unos versos de la película Gertrud, del realizador Dreyer: “creo en la voluptuosidad de la carne y en la soledad irremediable del alma”. Se trataba de eso, de la soledad del alma.
La demanda de análisis pasa primero por cuatro entrevistas en las que lo que se planteaba, más allá de la causa de mi demanda, era si el analista aceptaba o no tomarme en análisis: en ellas, como en el ajedrez los primeros movimientos de las piezas, visto après-coup, se correlacionan y abren a lo que aparece en el decurso del análisis, y al final, como mi modo de gozar, desplegándose en los diferentes registros hasta llegar al sinthome.
En la primera entrevista le hablo, entre otras cosas, de las narraciones literarias y de los poemas que entonces escribía, cuya temática eran el amor y el desamor, los encuentros y los desencuentros. El título del último, que englobaba un conjunto de cuentos, tenía el título de este texto, “De la soledad en cualquier esquina”.
El analista me dice: “usted se siente sola”. Me afecta.
En la tercera entrevista el analista me pregunta: “usted quiere ser acompañada, ¿hacia dónde?”.
Respondo: “hacia mi deseo”.
Él dice: “demasiado genérico, ¿y si su deseo es estar sola?”.
Me sorprende su pregunta y contesto rápidamente algo fastidiada: “me tendré que aguantar”.
Él insiste: “no parece que usted quiera vivir con un hombre”.
Contesto que no es eso, que lo que pasa es que no sé cómo hacerlo.
En la cuarta entrevista, comienzo diciendo que “vivo la palabra diferencia como problemática”. Soy consciente de que hay algo que me diferencia y me excluye del lado de la vida, algo que me reduce a la soledad, siempre ocupada en construir algo muy perfecto, algo ideal. Él responde diciendo que me toma en análisis y me cobra por primera vez.
La interpretación del analista golpea la deriva de la soledad causada por lo que entonces creía como la mala o la ausencia de respuesta del otro, y por la imposibilidad por lo tanto para el diálogo. Puedo situar algo en mí que me diferencia y me excluye, ese algo que más adelante, bastante más lejos en el tiempo, se conectará con el objeto del fantasma y ya no con el partenaire masculino.
Como dice J. A. Miller en Cosas de finura, en el lugar del “¿qué quieres tú?, como respuesta obtenemos una localización de goce articulado en un dispositivo significante”.
Enseguida apareció la dimensión del goce oral, como el recuerdo de una pesadilla infantil en la que un gigante nos devora a mi hermana mayor y a mí. Cuando despierto sudorosa y angustiada elaboro una fantasía diurna, en la tripa del gigante hay una casita en la que sobrevivimos mi querida hermana y yo. A veces aparecen (bajo la forma de una fobia al perro) pesadillas en las que me persigue un perro y me quiere morder. La fobia se curó en análisis.
Otras veces surge, en una dimensión aparentemente más amable, un goce en torno al alimento como obra de arte, como creación, como belleza. Cuando aparecían los alimentos en los sueños adquirían formas y colores espectaculares, tanto que alguna vez en la realidad intenté reproducirlos.
Finalmente sale, primero a trozos, después de seguido: “yo soy un alimento-palabra–joya, para el Otro”. Alimentar al otro, ser su alimento, también con palabras preciosas y a la inversa.
En el transcurso del análisis y de los años, se produce la caída de S1, declive del sentido, construcción del objeto plus de goce y, en un tiempo ya próximo al final, una cascada de sueños que son los que básicamente me interpretan.
Sueño que tomo un alimento maravilloso, pero enseguida me siento mal, la causa es que ese alimento me hace daño y no sé porqué; me pregunto si será un veneno, pero finalmente respondo que es la Tenia, la solitaria que tengo que expulsar. El objeto alimento aparece entonces como lo que me reduce a la soledad y me produce malestar y daño. La palabra-alimento-joya, es lo que realmente se interpone y tiene un poder de destrucción.
Finalizado el análisis, queda un resto que me impide presentarme al pase, al sentir una cierta decepción hacia la Escuela y también hacia mi analista, después de la crisis del noventa y ocho, por mi implicación en la línea del amor sacrificial al padre.
Después vino el silencio y la decepción. Permanezco en la Escuela pero sin libido; esto dura unos años. Un acontecimiento imprevisto me lleva a intercambiar unos email con mi ex analista, a volver unas pocas sesiones. Percibí entonces que lo que había hecho esos años, después del análisis, había sido lo mismo, “tragar y callar”, es decir, el fantasma se había transformado en la pulsión. La soledad tenía que ver con esto, la decepción me llevaba ahí y a la exclusión, a sobrevivir en un subespacio —como en la fantasía diurna de la pesadilla—, en la tripa del gigante.
Entonces supe lo que había buscado, lo que estaba oculto tras el amor al analista: había querido que aquello que me negó el padre, la palabra-alimento-joya, me lo diera mi analista; en realidad había deseado satisfacer la pulsión. Esperaba el objeto del padre. El enganche al objeto del fantasma era lo que me reducía a la soledad hecha de exclusión, a habitar un subespacio hecho de belleza y de decepción, es decir, de malestar.
Finalmente a través de un sueño, en el tiempo en que estoy decidida a hacer el pase, se produce un cambio en relación al saber y al objeto. No puedo por más que estudie adecuar a lo simbólico este real último; la boca me divide aunque ahora se ha separado del fantasma que me produce un profundo rechazo.
Ahora se trata de una separación del Otro, agujereado el objeto y el Otro, su vacío me depara otra esquina de la soledad —esta vez aceptada—,  la soledad del Uno sin el Otro… la letra del sinthome que no tiene significado.
Me siento sola y con los otros, no una isla. La Escuela y la causa analítica es también mi causa. Pero ni ésta, ni ningún otro partenaire, taponan ya S(A) tachado.
Queda el a-pettite, del que puedo hacer otro uso, y orientar hacia algunos lugares otro régimen de satisfacción.

 


Pilar González.
AE. Psicoanalista en Madrid.
Miembro de la ELP y la AMP. 
Email: pilar-sella@telefonica.net

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