La ideología de la evaluación*

Textos: Beatriz García
* Texto original de la autora

PARA HABLAR DE LA EVALUACIÓN, en primer lugar es pertinente situar la cuestión, como hace Milner 1, en el contexto del paradigma problema-solución. Es decir, se entiende que se evalúa algo porque alguien considera, primero, que hay un problema, y entonces hay que preguntarse ¿quién define cuál es el problema? y ¿por qué eso es un problema? y, segundo, que ese problema tiene solución.
En la época actual, donde la ciencia ocupa el lugar del gran Otro garante, frecuentemente se evalúa desde la perspectiva de que todo tiene solución, lo cual, tratándose de la subjetividad humana, es demasiado suponer. La pretensión de la mejora permanente, con toda probabilidad, es ir hacia lo peor como el psicoanálisis puede constatar. El goce no es erradicable ni educable, y por tanto la idea de que si algo no funciona se cambia, se puede aplicar a algunos procesos humanos, pero no a todos.
El segundo punto fundamental es el cuestionamiento de la cientificidad de la evaluación por el hecho de que se haga en cifras y haya cálculo. Hay una parte del sujeto que no es cifrable, y todo intento de hacer mediciones en esa dirección cae en la falacia.
Evaluar es inevitable. Siempre que se toma una decisión viene precedida por una evaluación del que la toma, se trate del campo de que se trate. Pero no necesariamente tenemos que aceptar que evaluar sea igual a medir, ni que se trate de un proceso objetivo, porque no hay objetividad en los procesos en los que interviene la subjetividad humana.
Lo que queda en evidencia es que detrás del cálculo hay una ideología, la de quién decide qué evaluar y qué indicadores usar para ello. Lejos de la pretensión de objetividad, de lo que se trata es del ejercicio de un poder disfrazado de cientificismo. Y puesto que lo que encontramos detrás de la mayoría de las evaluaciones es la idea de eficacia, constatamos que el poder del que se trata es el de la ley del mercado.
Tras estas consideraciones generales podemos tomar y enfocar el tema de la evaluación en algunos campos concretos.
En la empresa privada podemos pensar que, hasta cierto punto, es lícito que el empresario pretenda que los trabajadores hagan suyos los objetivos de la empresa para la que trabajan. En la actualidad, en el mejor de los casos, en las empresas se implementa un modelo de management por valores, donde más allá de indicar al empleado las tareas u objetivos comerciales que ha de alcanzar en su trabajo, se trata de enfatizar ciertos valores que supuestamente benefician al trabajador y dan sostenibilidad a las empresas (perspectiva win-win). Por ejemplo, aunque a corto plazo podría ser rentable explotar a los trabajadores o engañar a los consumidores, a largo plazo tendría más costes que beneficios para la empresa. Desafortunadamente el modelo se cortocircuita con frecuencia, y el cortoplacismo sigue imperando por doquier debido al mecanismo de la cotización en bolsa de las empresas, que hoy por hoy sostiene la estructura del mercado, y que no atiende al largo sino al cortísimo plazo (si los resultados no son los que los inversores esperan y estos retiran el dinero de una empresa, se acabó el management por valores).
Por otra parte, no hay que olvidar que todo proceso de evaluación se basa en una intimidación: hay uno que manda y evalúa la adecuación de otro a unos objetivos que el primero ha marcado. Visto así tiene su lógica, en este caso, la lógica del mercado. Lo que parece un tanto perverso es tratar de convencer al trabajador de que todo se hace por su bien y que debe estar feliz de ser evaluado. Este lavado de cerebro del que participa el management actual es cuestionable, porque trata de hacer pasar lo que no son más que intereses económicos por un lavado emocional donde el trabajador se sienta íntimamente implicado. La relación empresa-trabajador, antes en manos de los sindicatos, pasa a estar en manos de los managers
. C. Salmon en su libro Storytelling2, muestra la introducción de técnicas narrativas en el management para incluir al asalariado en una leyenda de la empresa en la que pueda incluirse con orgullo o bien para inducir cambios empresariales, a partir de la identificación con una historia edificante que moviliza emociones. Finalmente, el silencio del trabajador dedicado a su tarea, que se había considerado una prueba de obediencia y disciplina, se convierte en un peligro: se busca desatar las lenguas de los empleados, la empresa necesita conocer lo que se dice por los pasillos, los rumores, los chismes, la construcción de relatos compartidos, cómo funcionan los flujos de información, etc. Todo eso puede ser objeto de evaluación y por tanto de control. Se sale de la perspectiva cuantitativa para entrar en la cualitativa de la peor manera. La evaluación cualitativa, que escucha lo que los implicados en sacar adelante una tarea tienen que decir sobre el tema para tomar en cuenta su saber, es una cosa muy diferente de esta pretensión de evaluar hasta los últimos dichos y comportamientos irracionales en la empresa, con el fin de formatearlos a conveniencia de ésta, tomando a los trabajadores como seres unidimensionales que no desearían nada más allá del bien de la organización.
En el campo de la sanidad y la educación, evaluar la tarea de los profesionales como si su objetivo fuera el de vender bienes de consumo, tiene como trasunto la ideología de lo útil por encima de todo. Una ideología que ignora la existencia de lo inútil en la experiencia humana, del hecho de que los seres hablantes se aferran a sus síntomas, inhibiciones y angustias porque en ellos se cifra algo fundamental que no se puede hacer desaparecer sin causar daños irreparables.
En la educación, esta ideología pretende ignorar que “la excelencia” no puede ser el único criterio en la escuela. Así, desde los años 90 se habla de una crisis en el sistema educativo en términos de eficacia y productividad, se dice en los más altos foros que es una crisis de calidad debida a la falta de regulación por los principios de competencia y meritocracia. Educar para el mercado es el objetivo final desde las perspectivas neoliberales que hacen hincapié en los valores tradicionales de esfuerzo y sumisión. Pero el mismo objetivo, aunque camuflado, se encuentra detrás de las políticas educativas teñidas de humanismo y constructivismo, que se inician en la llamada “pedagogía por objetivos” y en las llamadas “competencias básicas”, donde se trata de medir los resultados para que el sistema sea competente. Aquí está la evaluación desde la perspectiva cientificista, donde las posiciones subjetivas de los alumnos no se toman como tales, sino que son objeto de estudio científico y de técnicas reeducativas o incluso de medicación (véase el síndrome de hiperactividad con déficit de atención, por ejemplo).
El objetivo legítimo de la evaluación en la escuela, que debiera ser un análisis reflexivo de los procesos de crecimiento de los niños y adolescentes, se desplaza hacia la docilidad, tanto de los alumnos como de los profesores, al curriculum dominante (véase la prueba de 6º de Educación Primaria que hace la Comunidad Autónoma de Madrid, que más que para evaluar, se usa para reconducir todo el sistema escolar: los centros educativos terminan orientando su práctica para salir favorecidos en la evaluación).
En la práctica médica, la evaluación en el marco del paradigma de la llamada medicina basada en la evidencia, apunta a encontrar certezas donde no hay más que probabilidades estadísticas. La evidencia, como explica el profesor Germán E. Berrios3, solo se podría obtener con un ensayo clínico que comparase dos tratamientos diferentes en ausencia de la influencia de la subjetividad del médico y del paciente. Lo que podría tener una utilidad en el tratamiento del cáncer, llega al absurdo en el campo de la salud mental, donde este paradigma conduce a la anulación del conocimiento y la experiencia personal del clínico en relación con su paciente, sustituyéndola por protocolos estandarizados de medicación. Dado que la ciencia no ha podido probar prácticamente nada referente a las causas de la enfermedad mental utilizando el método estadístico, la idea de que se puede usar un sistema de evaluación y tratamiento basado en éste, no es más que una especulación falta de ética y altamente desaconsejable.
Considerar la salud mental como un artículo de consumo, donde se puede exigir que los productos vengan avalados por estrictas regulaciones, que garanticen su idoneidad y eficacia, es una idea fácil de vender a la opinión pública. Denunciar esta falacia, se hace tanto más necesario en tanto que destruye los fundamentos de la relación clínico-paciente, la única en la que algo de lo que le ocurre al sujeto en su singularidad podrá ser acogido.
Finalmente, volvemos al cuestionamiento de la creencia de que lo que se mide es verdadero: no es lo mismo cientificismo que racionalismo. La estadística no viene en primer lugar de las matemáticas. La palabra estadista viene de estado, de hombre de estado: el que se interesa, no por la razón sino por cómo gobernar. En el centro de la estadística está el ideal del hombre medio, aquel que sería absolutamente predecible, una vez eliminados la contingencia y el riesgo propios de la experiencia humana.
La evaluación en esta dimensión donde se evalúa, no desde una ley simbólica, sino desde una ley superyoica, es la consecuencia lógica de la muerte de la política. Son los agentes evaluadores (generalmente en manos privadas) quienes dictaminan qué políticas hay que implementar. Es la alianza del discurso capitalista y la tecnociencia, donde sólo lo que se mide, vale y lo inconmensurable de la subjetividad es desechado. La forma personal de estar en el mundo no se puede medir. El sínthoma no entra en ese discurso.
Ante la pregunta de por qué los sujetos no sólo aceptan sino que incluso piden ser evaluados por una instancia externa, tenemos que referirnos a la carencia simbólica propia de nuestro mundo contemporáneo, donde el sujeto, ante la falta de un saber hacer con los semblantes para enfrentarse a la existencia, le pide a un gran Otro sin rostro que le acredite y le diga si vale o no vale. Es la orfandad subjetiva de la falta de ideales lo que conduce a la religión de la acreditación, donde finalmente lo que sucede es que los agentes evaluadores no evalúan la realidad, sino que la generan.


LA AUTORA

Beatriz García. A.P., Psicoanalista en Madrid,
Socia de la Sede de Madrid-ELP.

Referencias
1 Miller, Jacques-Alain y Milner, Jean-Claude, ¿Desea usted ser evaluado?, Miguel Gómez Ediciones, Málaga, 2004.
2 Christian Salmon, Storytelling, Península, Barcelona, 2008.
3 Germán E. Berrios, editorial sobre la medicina basada en la evidencia en www.psicoevidencias.es

(*) El 9 de junio de 2010 tuvo lugar en la Biblioteca de la orientación Lacaniana de Madrid(BOLM) un encuentro con el título “La evaluación: ¿una ideología? que tuvo la forma de foro. Participaron Julio Rogero, maestro y miembro del Movimiento de Renovación Pedagógica Escuela Abierta; Ariane Husson, psicoanalista y lingüista, miembro del equipo de la BOLM y Joaquín Caretti, psicoanalista, y miembro del equipo de la BOLM. Fueron coordinados por Luis Seguí, abogado y director de la BOLM. En este artículo se recogen algunas de las ideas que allí expresaron, tanto los participantes antes citados como el público asistente.

 

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