Hacerse con la Escuela*

Por Esperanza Molleda
* Texto original de la autora

Agujero en el pequeño puente“(I)NSTITUIR UNA ESCUELA, constituir las soledades en comunidad de Escuela, no es otra cosa que subjetivarla”1. Miller en Teoría de Torino acerca del sujeto de la Escuela señala dos elementos en relación con la Escuela: la soledad de cada sujeto que forma parte de ella y la comunidad que llega a tener lugar. Entre ambos, nombra un proceso, la subjetivación. En paralelo con la autorización de uno mismo como analista va surgiendo el deseo de ser-con otros analistas, de pertenecer a la comunidad de analistas. De esta manera, las cosas no se quedan en el paso solitario de analizante a analista, sino que hay que hacer también un tránsito obligado desde la soledad de una elección a la comunidad de un espacio y un tiempo compartidos en nombre de un ideal común.
Desde la experiencia concreta se trata de un recorrido lleno de avatares: autorizarse como practicante, solicitar y ser admitido como parte de la comunidad, pasar de alumno a colega, ir conociendo la Escuela, hacerse un lugar en ella y mantener la transferencia de trabajo dentro de la comunidad, son caminos arduos, largos en el tiempo y sostenidos únicamente gracias al deseo. ¿Por qué no analizar estas dificultades? Al fin y al cabo son las dificultades del sujeto en relación con los otros y con su deseo, la matriz del ser. Es a través de este camino como el sujeto podrá hacerse con la Escuela en un doble sentido: hacerse con la Escuela como modo de poder habitarla, pero, también, hacer-se uno mismo con la Escuela en la medida en que la experiencia de irse adentrando en la comunidad supone una revisión sobre aspectos claves de la propia subjetividad en tanto que “las funciones y fenómenos puestos en evidencia a nivel del colectivo son las mismas funciones que se manifiestan y los mismos fenómenos que se despliegan en la cura”2. Estos dos movimientos se implican dialécticamente: sólo en el atrevimiento de habitar la Escuela uno se enfrenta a sus dificultades singulares en la vida colectiva que le llevan a ir re-haciéndose, y sólo en tanto que uno se recoloca ante estas dificultades puede seguir habitando la Escuela.
Para ello, se tendrá que afrontar una de las tres tareas que implican subjetivar la Escuela, según Miller, aquella que se refiere a “ser miembro de la Escuela en la soledad de la propia relación con la Escuela”3, es decir, en la soledad de la relación con el propio inconsciente.
Y ya que del sujeto y de su deseo se trata, recurriremos para ordenar las vicisitudes de este aspecto de la subjetivación de la Escuela al grafo del deseo del que Lacan dijo: “(n)os serviría para presentar dónde se sitúa el deseo en relación con un sujeto definido a través de su articulación con el significante”4.

1. El ideal del yo y su deriva superyoica.
En la versión elemental del grafo, se representa la relación del sujeto con la cadena significante a través de la cual el sujeto queda constituido como sujeto dividido por el lenguaje. En la precariedad de la relación del sujeto con la palabra, existe un significante del otro, “insignia de su omnipotencia”5, dice Lacan, al que el sujeto se aliena dando lugar al Ideal del yo. Freud nos enseña en Psicología de las masas cómo el Ideal del yo toma cuerpo para el sujeto en una persona ajena facilitando el lazo social y la creación de grupos cuando varios individuos colocan en la misma persona este ideal. En la Escuela no es el Ideal del yo común el que nos une, pero el hecho de que el vínculo entre sus miembros se establezca prioritariamente a través de la transferencia, a través de la suposición de saber de determinados sujetos, hace que uno se vea abocado a enfrentarse con la propia relación con el Ideal del yo. En la Escuela, es fácil dejarse llevar por el espejismo de que éste o aquél sí que sabe, no falla o que su respuesta o su reconocimiento nos permitirían por fin encontrar nuestro lugar como analistas. El Ideal del yo tiene funciones de sostén para el sujeto al menos en tres aspectos en tanto que facilita la ilusión de que la falta en ser puede ser colmada:

1. Al reducir al otro a las “insignias de su omnipotencia” se alimenta la ilusión de una completud posible en el horizonte, aunque sea el otro el que la detente como Ideal del yo.
2. Al suponer el saber del lado del Ideal del yo, existe la esperanza de poder encontrar la respuesta correcta.
3. Al constituirse el Ideal del yo como una mirada sobre el sujeto, le permite orientar sus acciones, saber lo que está bien y lo que está mal en la medida en que se acerca o se aleja de ese ideal.

Sin embargo, esta función sostenedora del Ideal del yo pronto se complica, puesto que conlleva el imperativo superyoico de acercarse a ese Ideal. En Psicología de las masas, Freud analiza los efectos de este imperativo en sus formas más extremas6. Por un lado, la melancolía cuando el sujeto ve que se aleja del Ideal del yo: tendencia a desarrollar una particular severidad con uno mismo, empequeñecimiento, sometimiento a la palabra que viene del otro, el sujeto bajo el fantasma de omnipotencia del otro que produce inhibición, parálisis, desvanecimiento del deseo. Por otro lado, la manía cuando el sujeto cree confundirse con el Ideal del yo y, como consecuencia, disminuye la capacidad crítica, aparece la desinhibición y se cae en la ceguera narcisista, en cierta adicción a ser objeto de la transferencia y en la resistencia a ser desalojado del lugar de supuesto saber. Ante esta encrucijada, el camino del propio análisis permite asumir la inconsistencia del otro, renunciar a los tramposos beneficios de la creencia en su consistencia e inventar otra relación con los significantes del otro, en tanto que otro barrado.

2. El yo y la relación con el semejante.
En el grafo del deseo encontramos también el vector que relaciona el yo con el yo ideal, con la imagen ideal del yo, y que nos remite a la problemática relación con el semejante. En la teorización que Lacan hace de esta relación7 aparecen tres elementos (el cuerpo, el yo y los semejantes) y dos momentos (la constitución del yo y la relación con los semejantes). A partir de la vivencia siempre fragmentaria del cuerpo, por medio de la imagen especular propia o del prójimo, el sujeto puede crearse una consistencia imaginaria de sí mismo que llamamos yo. La fragilidad de este yo se tambalea tanto en la relación con las pulsiones que habitan el cuerpo como en la relación con los otros. El sujeto también se ve en este punto conmovido en su relación con la comunidad de analistas.
En primer lugar, en la Escuela hay que poner el cuerpo y el sujeto se ve oscilar entre la fascinación ilusoria de una imagen que le permite unificar la percepción de sí mismo y la incomodidad del real del cuerpo que desborda ese espejismo de unidad. En segundo lugar, a pesar de saber acerca de nuestra condición de sujetos divididos, gran parte del trabajo en la Escuela pasa por intercambios desde el yo. Para poder mantener cierta consistencia, el sujeto se enajena en su imagen totalizante y como efecto de esta enajenación, esa cierta consistencia siempre va acompañada de una perturbadora extrañeza que deja al yo en cierta precariedad ante la comunidad. Por otro lado, la Escuela conlleva el encuentro con los otros. Tan similares, pero también tan radicalmente diferentes que, de una manera o de otra, representan una amenaza para el inestable yo que en ocasiones entiende que su existencia queda en entredicho: o el otro o yo y como consecuencia de ello la necesidad de librar con envidias, antagonismos, inseguridades. Y, por último, el peligro de recurrir a la identificación con los demás para poder salvaguardar a la vez la coherencia del yo y sortear los peligros de la rivalidad entre iguales, que acaba llevando a la desvitalización de la comunidad por sus efectos masificantes.
Ante las dificultades que el sujeto encuentra en este aspecto tendrá que indagar, en el análisis, otros acomodos posibles: el semblante como alternativa a la imagen ideal del cuerpo, el síntoma como alternativa a la función del yo y la búsqueda de un buen lugar junto a los otros dentro de una serie (a, a’, a’’, …, an) frente a la oposición especular y mortífera entre a y a’.

3. Del silencio y del ruido.
La palabra tanto escrita como hablada está íntimamente unida a la experiencia de la comunidad. A través de ella la comunidad inscribe su realidad, transmite los avatares comunes, sus producciones, sus reflexiones, sus avances y sus retrocesos. Esta palabra compartida tiene un carácter performativo dentro de la comunidad, la palabra construye la comunidad, produce efectos. De aquí el compromiso de los integrantes de la comunidad con exponer y exponerse a la palabra en la Escuela. Pero la relación con la palabra no es fácil, tan pronto hay un exceso como un defecto. Por momentos todo es ruido, enmarañamiento y repetición, y luego silencio, secreto, ocultación. El exceso aburre, irrita, inhibe, degrada la palabra. El silencio inquieta, produce desconfianza, incertidumbre. Pero ambos también tienen una función. El exceso y la repetición son necesarios para reafirmar el discurso común y su transmisión; el silencio es necesario para poder leer, escuchar, producir.
La palabra requiere de la escucha, de la lectura, de la interpretación para que pueda producir un efecto. En el grafo del deseo, se establece un circuito de doble sentido entre los dos puntos de cruzamiento entre la cadena significante y la enunciación del sujeto: s(A) y A. Nuestro discurso con sus significaciones, s(A), se dirige al Otro del lenguaje, A, en busca de un sentido que sólo se encontrará en la medida en que el receptor cierre el significado del mensaje con su interpretación. Dice Lacan que A es un lugar, “el lugar del tesoro del significante” 8. Cada cual en la Escuela, verá qué palabra quiere lanzar a ese lugar común a todos. De s(A) dirá Lacan que es un momento, “la puntuación donde la significación se constituye como producto terminado”9. Cada miembro de la comunidad de analistas tendrá que tomarse el trabajo de encontrar ese momento en el que, entre el silencio y el ruido, se capta la palabra plena, esa palabra que sorprende, que apunta a la verdad y que funda una nueva manera de entender algo: esa palabra tras la cual uno “ya no es lo que era antes”10.

4. Deseo y fantasma.
En un nuevo nivel del grafo aparece la relación del fantasma con el deseo. La inclusión en la Escuela es producto del deseo de colectivizar el deseo singular de ser analista. En su Teoría de Torino Miller habla de tres deseos. En primer lugar, está el deseo de Freud del cual se derivó la Sociedad analítica fundada en la lógica edípica, en la creencia en el padre en lugar de excepción. En segundo lugar, está el deseo de Lacan interpretando a Freud del cual se deriva la Escuela. En ella se sigue la lógica del más allá del Edipo, se apuesta por una comunidad hecha de “una serie de excepciones, de soledades no parangonables las unas a las otras (…) estructuradas como sujetos barrados”11 y que constituye un conjunto inconsistente asociado a la lógica del no- todo. Por último, está el deseo de cada uno de los miembros de la comunidad, respecto a él, Miller hace la invitación de realizar la interpretación de Lacan sobre el psicoanálisis sin imitarla, para así medir “la diferencia entre la causa particular del propio deseo y la causa freudiana como ideal”12. A través del propio análisis se indaga la causa del propio deseo y a través de la involucración en la comunidad se ciñe cuál es la causa ideal común.
El deseo de pertenecer a la Escuela, como cualquier deseo, se sostiene en el fantasma, en ese marco imaginario con el que el sujeto dividido puebla de respuestas el vacío de la castración propia y del Otro. El fantasma en bruto del neurótico está en sintonía con la lógica edípica; conocer las peculiaridades del propio fantasma, traspasarlo y llevarlo a la lógica del no- todo es parte del trabajo que le espera al analizante.
En la interacción entre deseo y fantasma surge la transferencia. La Escuela esta hecha de transferencia, pero en la Proposición del 9 de octubre, Lacan plantea la caída del sujeto supuesto saber en el paso de psicoanalizante a psicoanalista y dice: “el sujeto ve zozobrar la seguridad que le daba ese fantasma (…) se percibe que el asidero del deseo no es más que el de un deser13. ¿En qué se sostiene entonces el deseo cuando el propio fantasma es visto con distancia, cuando el sujeto supuesto saber deja de estar encarnado en un otro? Los testimonios del pase nos dan pistas de una respuesta que tendrá que ser urdida en la soledad del propio análisis.

5. Sostener un semblante propio
En el último nivel del grafo del deseo aparecen algunos ejes en torno a los cuales Lacan concentrará su enseñanza más tardía: el goce, el S de A tachado, el cuerpo y la pulsión. Lacan recurre en este momento de su enseñanza a la castración y al falo para articularlos. Malengreau14 localiza aquí un primer abordaje del semblante a partir de la falta. En él, el semblante vendría a sustituir a –Φ, vendría a ser velo que cubre la falta. Posteriormente identifica dos concepciones más del semblante en Lacan: el semblante vinculado a la positividad de lo real como Nombre-del- Padre, falo(Φ) y objeto a; donde el semblante vendría en el lugar de un goce imposible de decir. Por último, a partir del abordaje de lo real desde la no relación, donde el semblante estaría en la disyunción entre el goce y la verdad.
La Escuela pide a sus miembros compromiso desde lo más singular de cada uno. Este compromiso desde la singularidad implica sostener un semblante en la comunidad. ¿Puede hablarse de un semblante propio del sujeto? Malengreau a partir de esta última concepción realiza cinco observaciones que permiten orientarnos en qué sentido un semblante puede llegar a ser llamado propio15:

1. Estaría ligado no a la falta inherente al lenguaje, sino a la marca singular de la palabra en el sujeto.
2. Estaría ligado a los puntos de cristalización que valen para cada uno como anclaje de lo real.
3. Estaría ligado a “la verdad verdadera” del sujeto, la que se capta a través de sus fracasos, que tiene también una cara mentirosa en tanto que es una verdad separada del goce.
4. Sería el modo en el que la dimensión de lo verídico se liga al punto de goce singular sobre el que cada uno no cede y que deja abierta la hiancia de la no relación.
5. Sería un semblante no dado sino que necesita del análisis para situar sus coordenadas.

Este semblante propio es el que le permitiría a uno “volverse responsable del progreso de la Escuela”16.


LA AUTORA

Esperanza Molleda. A.P. Psicoanalista en Madrid,
Socia de la Sede de Madrid-ELP.

Referencias
1 J. A. Miller, “Teoría de Torino acerca del sujeto de la Escuela”, El psicoanálisis nº 1, ELP, Madrid, 2000, pg. 71.
2 Ibíd., pg. 66.
3 Ibíd., pg. 71.
4 J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en Escritos II, Siglo XXI editores, México, 2003, pg. 784.
5 Ibíd., pg. 787. 6 S. Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo”, Obras Completas, volumen IX, Santiago Rueda editor, Buenos Aires, 1953, pg. 78- 9.
7 J. Lacan, “El estadio del espejo como formador de la función del yo”, Escritos I, Siglo XXI editores, México, 1984, pg. 86- 93.
8 J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, op. cit., pg. 785.
9 Ibíd., pg. 785. 10 J. Lacan, “Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud”, Ediciones Paidós, Buenos Aires, 1995, pg. 168.
11 J. A. Miller, “Teoría de Torino acerca del sujeto de la Escuela”, op. cit., pg. 70. 12 Ibíd., pg. 71. 13 J. Lacan - “Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela”, Momentos cruciales de la experiencia analítica; Manantial, Buenos Aires, 1987, pg. 18.
14 P. Malengreau, “Borde de semblante”, Cuadernos de Psicoanálisis, nº 32, Ediciones Eolia, Madrid, 2009, pg. 12.
15 Ibíd., pg. 15-18.
16 J. Lacan - “Proposición del 9 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela”, op. cit., pg. 8.

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