La tarea del pintar*

La tarea del pintar*
Textos: Mónica Unterberger
*Texto original de la autora.


ciudad3_3.jpgPara empezar y a los fines de enmarcar el propósito de esta nota que gira en torno a comentar la muestra de la serie de obras que expuso recientemente nuestra colega Graciela Amorín, me gustaría introducir algunas mínimas consideraciones que, a mi parecer, resultan cruciales en toda referencia al campo llamado de las Bellas Artes.
Ninguna referencia al campo del arte, puede desconocer y de hecho, es una presencia cada vez más frecuente en toda la literatura actual al respecto, las distintas intervenciones, reflexiones, hipótesis y elucubraciones que encontramos a lo largo de la enseñanza de J. Lacan en relación a las producciones del arte. Estas tienen el carácter de un aporte inédito respecto a la interrogación de qué cosa es la obra del arte, cómo de extraordinario es, lo que ofrece en el propio movimiento de su discurso, el que va configurando en una rigurosa articulación la novedad en la que desembocan sus tesis.
En primer lugar, lo que hallamos como objetos, productos, obras, son testimonio todos ellos de un trabajo evidente de lo que podríamos calificar como lo más singular y propio del ser que habla y a la que llamamos normalmente, la función creacionista, la labor creativa, los efectos de creación, la invención, el milagro de la obra. En efecto ¿qué otra nominación puede recibir la presencia de ese atrapa-mirada, esa domeña-mirada que nos captura y opera sin remedio en la contemplación de una obra de arte? El arte, conlleva ese encanto.
En segundo lugar, encontramos que los artistas son aquellos que saben utilizar las coordenadas epistémicas y los acontecimientos propios de su tiempo y haciendo uso de ello, con su invención, anticipan lo que solo después se puede leer como rasgo peculiar de su contemporaneidad. Anticipan, se adelantan con su creación. Con su acto responden ante el amo de su época, interpretando el malestar en la cultura y es con su acto que cambian de alguna manera, cada vez, la cultura.
Y la tercera, algo inseparable de la obra-producto: qué es lo que el pintor da a ver en lo que muestra. Esto es lo que hace Lacan en muchos lugares: interrogar la mirada del pintor y por lo tanto y a partir de este efecto de creación, va a precisar qué comporta esta noción de la mirada y ligado a ella, cómo hay que concebir lo que interviene en lo que hace que el espectador sea atrapado por ese dar a ver.
Para Freud como para Lacan, el arte lo encontramos en sus reflexiones como referencia para explicar otra cosa. No se trata en ningún caso de ninguna indagación sobre las intenciones del autor, tan manidas como recurso de la crítica del arte e incluso de la Historia del Arte, que llega a alcanzar matices de hurgar en la obscenidad, ni de encontrar sentido a la obra a partir de la vida del artista. Es una pregunta que apunta a lo esencial de esa operación, a partir de la cual nos enseña respecto a lo más propio de lo que está en juego en la subjetividad en la que se compone el ser que habla y que le da al artista un lugar aceptado en el discurso de la época, cualquiera sea.
Es lo que tiene de interesante la exposición que Graciela Amorín realizó en julio de 2011.

Acrílicos y acuarelas, es el título bajo el que nos invitó a una muestra de la serie de sus pinturas. Reunión de obras con las que logra provocar un efecto de sorpresa.
Sorpresa e interés, ante una profusa serie de obras. Son muchas. Diversas. Evidencian lo que resulta de la insistencia de un trabajo. Lo que resulta de consagrarse a la evidencia de una tarea. La tarea del pintar.
En unas, brilla la luz. En otras, domina la oscuridad. Algunas, ejercen una atracción sin vacilación donde el mirador, afortunado término que introduce en su momento Duchamp, es atrapado por lo que allí se da a ver. En otras, el mirador es obligado a afinar el ojo para investigar lo que se muestra, entre las líneas, en un marco apretado por los bordes en los que aparecen las formas desdibujadas, casi desfiguradas.
En otras, -hay que decir sin embargo que es algo presente en cada una de ellas, y cada vez a su manera-, parece que Amorín se dedica a encontrar modos de indicar la ausencia, lo que no hay: los agujeros, los blancos, los negros, lo que se fuga sin remedio, lo que es rajadura, tajo, hueco, obstáculos a la reunión, índices de lo imposible.
En algunas, el mirador se abandona a las líneas abiertas en las que puede descansar su mirada y en las que es fácil entregarse a esa oferta, la oferta de jugar entre los vacíos que las pueblan, como también entretenerse en la multiplicidad de los rincones que organiza la composición.
En otras, se reconoce algo que parece insistir en esa trama que organiza las obras: un terreno habitado por seres de lo más diversos, que parecen componer una topografía de la anatomía más microscópica e íntima. Sin duda, es uno de los sellos que identifica esta muestra de obras: la presencia minúscula de seres que la habitan, multiplicados en sus formas, sus apariencias, intrigantes, inquietantes, pacíficas, y en el fondo, especialmente itinerantes y obstinadas en estar ahí.
Quiero subrayar dos cosas en esta primera muestra de nuestra colega y artista Graciela Amorín: una, de lo más decisiva a mi parecer: esa fuerza, que impone a todas las variantes de su obra, el color. Un hallazgo especialmente interesante es ese uso del color y su potencia, una potencia que contamina cada obra y le da su corte particular, distinto, su atrapa-mirada.
La otra, la fuerza del trabajo. Hay sin lugar a dudas, un compromiso, una decisión, una elección, algo necesario en esa tarea del pintar. Y que se hace presente en la repetición minuciosa de cada una de esas líneas, de esos puntos, de esos trazos, de esas figuras microscópicas. Tal vez el singular compromiso del artista es el que produce en ese acto repetido, un dar a ver, un espacio que convoca sin palabras, sin ninguna imagen apolínea, ni unitaria, ni conforme a forma previa de una estética ligada a la imagen de belleza ideal del cuerpo y su perfección. Más bien se trataría en todo caso, de la prueba misma del hallazgo con el que logra configurar cierta escopia corporal, plasmarla en esas superficies en cuya espesura parecen encontrar un lugar.
Decir: sin palabras, no es decir sin lo simbólico, en tanto Lacan mismo nos advierte que el arte es un cierto modo de organización del vacío, y que implica de entrada la presencia misma del significante que agujerea lo real, y es en ello que produce el vacío, condición de esa problemática noción de sublimación, que no indica sino una función: la de sustituir lo que no tiene representación, ni imagen, por Otra cosa que viene a su lugar.
La paradoja de lo que comporta la operación pictórica, es que en su mismo acto instituye lo que es causa y lo que - en una temporalidad lógica-, deviene objeto-producto. Sin confundirlos.
Sobre cada uno de los rasgos más peculiares de la obra, cabe extenderse y avanzar en los detalles de lo que la obra pone ahí, de lo que ofrece como mirada. Para esa labor, será imprescindible el tiempo de una espera, en lo que sin duda vendrá como nueva producción de los objetos-obras en los que –al parecer- su decisión empeña. En esa espera de lo por venir, damos la enhorabuena a esta presencia efectiva de la tarea del pintar.
De momento, esta muestra, como toda obra-de-arte, enseña algo respecto a esa pregunta que ocupa y a la que se dedica Lacan a responder en distintas ocasiones, no sólo en el seminario La Etica: ¿qué cosa es la obra de arte? Una cuestión que toca y concierne a los fundamentos mismos de la constitución de la subjetividad, de la función del objeto en relación a la causa, si seguimos la lógica rigurosa en la que lo articula.
En efecto, digamos para finalizar, e indicarlo en un rápido sobrevuelo: enseña que la invención misma de la obra es el ejemplo de la operación necesaria allí implicada para hacer surgir el objeto. El objeto-producto en su materialidad es lo que resulta de esa operación simbólica que le da acta de nacimiento, momento creacionista en el que algo se deposita , algo cae, se traspasa, se desplaza y se organiza, a partir del cual se inscribe un antes y un después.
Y el arte, en su profundo valor creacionista y de invención entrega en su obrar los objetos que si bien, pueden ser cuestionados, en el fondo son esperados, estimados, gozados en toda su amplia variedad. Forman parte de una época y la perfilan.

 


 

LA AUTORA
Mónica Unterberger. A.M.E. Psicoanalista en Madrid Miembro de la ELP y la AMP. Docente del Instituto del Campo Freudiano-NUCEP. Email: untermon@terra.es

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