El paradigma biopolítico versus el cuerpo lacaniano*

El paradigma biopolítico versus el cuerpo lacaniano*
Textos: Pía López-Herrera
*Texto original de la autora.

El pensamiento actual sobre el cuerpo, la filosofía
ciudad3_2.jpgRoberto Espósito, filósofo italiano, es uno de los más destacados pensadores contemporáneos. Sus libros giran en torno a la discusión sobre lo biopolítico -los mecanismos de control de la vida-, la comunidad y los confines de lo político. La cuestión de la “vida”, el biopoder y la biopolítica han sido las tres grandes columnas sobre las que ha girado la filosofía de Espósito.
Roberto Espósito en su libro “Bios, biopolítica y filosofía” dice que “el cuerpo humano es cada vez más desafiado, incluso literalmente atravesado por la técnica”1. Sostiene que los estados modernos politizan la vida y la muerte de los sujetos.
El imperativo de vida Bio promueve un goce que termina animalizando al sujeto al punto de hacer equivaler el derecho de los animales y el derecho de los hombres. La vida que propone este discurso seria aquella que compartiríamos con el resto de los animales, si los seres hablantes no estuvieran atravesados por el lenguaje.
Si bien el poder siempre se ha apoderado de la vida para desarrollar sus intenciones, en la época contemporánea lo que está en juego en el paradigma biopolítico es la preocupación por maximizar la productividad de la vida intentando gestionar y domesticar los cuerpos y las poblaciones para favorecer la producción capitalista.
La concepción de la sexualidad freudiana, es decir la cuestión de la pulsión, enseña a pensar el cuerpo de una manera ajena a todo biologismo.
En “Las noches de biblioteca” de la Sede de Madrid donde se celebró un ciclo dedicado a “Las pasiones biologizantes del siglo XXI”, Germán Cano señalaba que existe una lógica tecnocrática en nuestra sociedad que plantea un escenario donde la excepción se convierte en regla, “no solamente a través de medidas soberanas, sino a través de una legislación técnica, desde una evaluación continua”2. La consecuencia de esto es que, en el mundo contemporáneo, desaparece la particularidad de los sujetos, que quedan reducidos a categorías dentro de manuales.
Nuestra época rinde culto a la imagen del cuerpo, y hay toda una cultura y una industria que gira a su alrededor. Las nuevas tecnologías se aplican al cuerpo para acomodarlo a las modas: cirugías estéticas, tatuajes, piercing, etc. J. Lacan escribía premonitoriamente en 1967: “Harían falta a ese cuerpo los excesos inminentes de nuestras cirugías, para que estalle en el sentido común de que sólo disponemos de él al volverlo su propio despedazamiento”3.
La pasión biologizante de la época se hace cada vez más presente en nuestra clínica. Es frecuente que los sujetos lleguen a nuestra consulta con diagnósticos que “justifican” su malestar. Resulta impactante observar que las etiquetas tranquilizan y llevan al sujeto a eludir toda responsabilidad en lo que atañe a sus síntomas. El origen genético, neurológico, metabólico, etc. de sus males son las fórmulas que encuentra el discurso científico para borrar todo atisbo de goce.
El psicoanálisis, por el contrario, le da la palabra al sujeto otorgándole otro estatuto a sus síntomas. Para el psicoanálisis el cuerpo se desmarca del organismo biológico, objeto de la medicina. El cuerpo está atravesado por dos ejes que nada tienen que ver con lo natural: el lenguaje y la sexualidad.

El Cuerpo en lo imaginario, lo simbólico y lo real
El cuerpo desde el registro de lo real podría equipararse al organismo biológico de la medicina si no tenemos en cuenta que se construye como cuerpo a partir de la relación con el Otro del significante. Cuando un ser viviente viene al mundo es un organismo, se lo espera con un nombre, un sexo, esperanzas, ideales, es decir, ya circula en un discurso. En consecuencia, pierde esa condición de real y pasa a constituirse como sujeto. Al mismo tiempo la madre que encarna al Otro primordial irá erogeneizando este organismo a partir de determinados significantes que irán marcando el cuerpo del sujeto.
Desde el registro de lo simbólico el cuerpo es como un investimento, lo que lo viste son: deseos, necesidades, exigencias, apetencias, placeres, goces. Es un cuerpo vacío, sin contenidos, hecho sin órganos, un cuerpo que se prestará como superficie de inscripción a recibir las marcas significantes y en el que se irán privilegiando ciertas zonas erógenas y circuitos pulsionales. El cuerpo biológico deviene un cuerpo erógeno, es decir un cuerpo simbólico que se prestará como superficie topológica de inscripción a recibir la marca significante y hará síntoma.
Desde el registro de lo imaginario, el cuerpo es la vivencia de una imagen unitaria que brinda unidad al cuerpo fragmentado con el que el sujeto nace. La imagen cumple un papel estructurante ya que organiza el cuerpo ubicándolo como cuerpo humano: como forma total, superficie, recinto, límite, contorno que será habitado, investido, recubierto por la libido.
Así el cuerpo se construye como recubrimiento libidinal trazando una organización erógena.
Para el psicoanálisis el cuerpo es construido, es un efecto. En este sentido, el síntoma histérico ilustra bien este concepto de cuerpo, porque es el que vehiculiza los efectos del discurso, de ahí que la anatomía de la histeria no tiene relación obligada con el organismo.
El cuerpo en la última enseñanza de Lacan
Lacan en su última enseñanza da un giro a la relación del sujeto con el cuerpo que ya no depende del ser sino del tener. J.-A. Miller en su biología lacaniana aclara que “a partir del momento en que el sujeto es sujeto del significante, no puede identificarse con su cuerpo, y de allí procede su afección por la imagen de éste”4. Ya no es el cuerpo tomado desde lo imaginario, lo simbólico, o lo real “sino vivo: este es el cuerpo afectado por el goce”5. Dada esta condición del cuerpo, existe una condición del significante que es, como señala Lacan, ser causa de goce.
Para el último Lacan, el cuerpo habla en tanto que goza, es decir que disfruta y que sufre, es un cuerpo pulsional donde el síntoma es acontecimiento del cuerpo. Para los seres hablantes no es lo biológico lo que decide su destino, sino el orden simbólico, y el goce es el producto del atrapamiento del cuerpo orgánico por el lenguaje.
La existencia de un real inabordable por el significante distingue el enfoque psicoanalítico de cualquier formalismo que pretenda hacer del sujeto un dato perfectamente calculable y previsible.

Una viñeta clínica
Para concluir tomaré una viñeta clínica que ilustra el abordaje de un síntoma de nuestra época en la clínica con niños.
Se trata de un niño de nueve años, preso de una actividad frenética por la que no puede quedarse sentado en clase, compartir las comidas familiares o sentarse a jugar o estudiar sin interrupciones. El pediatra hace un diagnóstico de hiperactividad y decide medicarlo. En un primer momento esta “solución” tranquiliza a la familia y al colegio que ya no sabían cómo pararlo. Aquí se puede ver bien que la etiqueta de hiperactivo cierra cualquier posibilidad de cuestionar el síntoma, de ponerlo a trabajar. El hecho de darle estatuto de enfermedad al síntoma, de tomarlo como un desarreglo para el que existe una respuesta farmacológica impide que los padres se interroguen a cerca de la causa de los problemas del niño y no permiten al sujeto subjetivar nada de lo que le acontece en el cuerpo.
Después de tres años de tratamiento farmacológico y sin obtener grandes resultados deciden consultar con un analista.
Ya en la primera entrevista el niño plantea una de las causas de su inquietud: se aproxima la fecha de su cumpleaños y relata que tiene una hermana gemela en el cielo que cumplirá los mismos años que él.
Poco tiempo después surge el otro motivo de su inquietud en un dibujo en el que representa a su madre con toda su mirada puesta en él, y a su padre que les da la espalda mientras mira a otra mujer.
La sola pregunta acerca de lo que lo tiene tan inquieto le permite comenzar a desplegar los motivos de su frenética actividad.
El trabajo analítico le permitió de entrada hacer una elaboración sobre la muerte, así como el duelo por la muerte de su hermana gemela, fallecida a los seis meses de nacer. Asimismo le fue posible dejar la medicación y comenzar a tratar la cuestión edípica logrando posicionarse de otra manera en relación a sus padres: dejó de ser el foco de la mirada de su madre y logró atraer la atención de su padre.
Con esta viñeta se muestra bien lo que Miller nos dice en “La Experiencia de lo real en la cura psicoanalítica”: “Para tener síntomas es preciso tener un cuerpo, no ser un cuerpo, y para identificarse con el síntoma se necesita tener un psicoanalista6”. Así, podemos ver que el acontecimiento discursivo de la muerte de su hermana que dejó huella en el cuerpo, lo alteraba y le producía síntomas, que habían quedado fijados en el diagnóstico de hiperactividad con el que llegó a la consulta. Poder descifrar estas marcas le permitió despegarse de la etiqueta y dilucidar de qué estaba hecho su síntoma.

 


 

LA AUTORA
Pía López Herrera.

A.P. Psicoanalista en Madrid. Miembro de la ELP y la AMP. Email: pialopez@terra.es

Referencias
1  R. Espósito, BIOS Biopolítica y filosofía, Amorrortu Editores, Buenos Aires, Madrid, 2006, pág. 25.
2  G. Cano, Intervención en el ciclo: “Las pasiones biologizantes del siglo XXI: Psicoanálisis y Biopolítica” en “Noches de la biblioteca”, BOLM, 13 de Abril del 2011.
3  J. Lacan, citado en J.-A. Miller, “La Experiencia de lo real en la cura psicoanalítica”, Paidós, Buenos Aires, 2003, pág.306.
4 J.-A. Miller. Op. cit., pág.311.
5  J.-A. Miller. Op. cit., pág. 320.
6  J.-A. Miller. Op. cit., pág. 372.

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