Inter feces et ...vocem natus (II)*

Inter feces et ...vocem natus (II)*
Textos: Carmelo Licítra Rosa
*Texto original del autor.

 

pase3_3.jpgLa escritura me permite desarrollar aquí ciertos aspectos de mi primer testimonio público como A.E. que ha tenido lugar en Bolonia a finales del mes de mayo de 2007, aspectos que, por razones de síntesis habían sido demasiado rápidamente abordados. Este texto hace serie con un texto precedente publicado en la revista Freudiana 1.

Preámbulo: la debacle
Dispepsia, ideas obsesivas y astenia. Este cuadro sintomático se estable en 1983, justo en el momento que el sujeto trabajaba con todo el entusiasmo y el ardor de sus 16 años, para poner a punto un coro municipal que se inició bajo su dirección. De golpe, esta existencia exuberante que había desarrollado sin obstáculos éxito tras éxito, se vio reducida a caer bajo el peso de una pesada carga, refractaria a todo tratamiento médico.Un buen encuentro puso fin en 1987, a la ardua búsqueda de un analista. Gracias a resultados terapéuticos tangibles, el sujeto pudo reemprender sus estudios y sus actividades, que el sufrimiento había limitado fuertemente. Al cabo de seis años, el analista le indica que no va a poder seguir atendiéndolo, invitándolo a seguir eventualmente su análisis en el Campo Freudiano, que el analizante ya frecuentaba asiduamente. De hecho, aunque los síntomas eran menos agudos, la angustia, por su parte, había aumentado a niveles insoportables. No le quedó más que retornar inmediatamente un análisis.Organista, cantor, orador y actor ultra precoz: una vez que levantó el telón del segundo análisis, las figuras en las cuales se había encarnado su libido vocal desfilaban en secuencias rápidas.Una cabalgata que culminaba con las notas de la Traviata, una ópera demasiado querida para no despertar sospechas... pero, ¡por supuesto! ¿Por qué seduce Alfredo a la Dama de las Camellas por encima de los otros aspirantes? Por la brillante textura vocal de su Brindisi, podríamos responder con Verdi, a falta de Dumas. Y de hecho, bajo su aspecto austero y su aire acompasado, se descubre seductor refinado, impenitente, del Otro. Más, al mismo tiempo, debe admitir, con Dumas, que el ideal de sacrificarse por el Otro, en lugar de hacer existir la relación sexual, lleva in extremis al resultado contrario, a saber, a la imposibilidad del mismo. Entonces:

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donde lo vocal trasviste lo anal.

1. El sacrificio, revés de la seducción
Es en este matema donde se detenía la contribución precedente.El descubrimiento del sacrifico como verdad de la seducción, a la que el sujeto llega con el análisis de la Traviata, es un momento crucial, en la medida en que permite a la novela familiar, en parte desplegada en el primer análisis, ser retomada a la luz de la lógica del sacrificio, permitiendo un anudamiento que es una rectificación, y haciendo precipitar un primer nudo de verdad. Sí, la verdad. Ella “parece sernos extranjera, yo entiendo nuestra propia verdad. Ella está con nosotros, sin duda, pero sin que ella nos concierna que se quiera bien decirla. Todo lo que se puede decir (...) es que no somos sin ella. Litote de eso, en suma, de estar a su altura y bien, pasaríamos de ella” 2.Un pensamiento, inducido por el significante sacrificio, sobre el cual se había producido un corte de sesión, permite hacer la conexión. La vez siguiente el analizante comienza diciendo: “Yo también sacrificaba mis vacaciones de verano, yendo a ayudar a papá en la tienda...”. Fin de la sesión. La sesión siguiente él continúa:.. “Para dar placer a mamá”. En ese momento la implicación subjetiva comienza a superponerse, mientras que la dimensión del Otro, de la cual hasta ese momento no había comprendido nada más que el lado de ficción, se retoma desde el punto de vista estructural.La madre deseante era su tormento; cómo apaciguarla, era su objetivo: ajustarse escrupulosamente a sus consejos, su especialidad, y satisfacer sus exigencias, su talento. Él había tenido que desarrollar esta habilidad de maniobrar con ella porque su padre lo había abandonado a su merced, no habiendo sabido ocuparse él mismo. Le tocaba entonces al hijo hacer lo que el padre no había sabido hacer. Le tocaba remediar las carencias del padre, origen de las inquietudes de la madre. Su extraordinaria capacidad de trabajo, su abnegación, su sacrificio son las marcas de una vida enteramente tomada en un síntoma que se puede articular como: colmar a la madre, remediando las insuficiencias del padre. Insuficiencias que ahora se manifestaban en dos órdenes.De un lado, la insuficiencia del padre le reenvía a su trabajo o más bien a la inercia con la que él asiste impotente al declive de su actividad, que había heredado de su propio padre. De otro lado, la insuficiencia reenviaba al detalle, ahora valorado, de la habitación donde se acostaban sus padres, cuya puerta estaba siempre abierta, inclusive por la noche. ¿Puede ser que no hubiera allí nada que ocultar, porque allí no pasaba realmente nada?Su vida, como un síntoma, está completamente atrapada entre Escila y Caribdis, entre el Deseo Materno de la inquietud y el Nombre del Padre de la insuficiencia.

2. Las sutilezas de una dialéctica con el Otro
Pero la madre no es más que el prototipo del Otro del Deseo que podía cruzársele, bajo diferentes formas, sobre el camino de su vida. De la misma manera, todos sus esfuerzos -ser sabio, culto, perfecto, excelente, etc.- no son más que las maniobras destinadas a hacer colección, en una exhaustividad imposible, de todos los significantes necesarios para obturar la falla angustiante del Otro y protegerse de un Otro supuesto no barrado, obteniendo con ello protección y garantía.
Además, se da cuenta ahora de que el síntoma, y solamente el síntoma, había sido lo que le había permitido obtener los éxitos escolares considerables que había cosechado. Estar por delante de los programas de estudio, leer de todo, asimilar y memorizar cada cosa, eran maneras o más bien la única manera, de tener siempre algo aparte, algo con lo que poder responder al acoso y a la impertinencia del Otro con el fin de satisfacerlo o sorprenderlo. Un otro sorprendido es siempre mejor que un otro insatisfecho.En este sentido, su manera curiosa y decididamente inhabitual de proceder en la preparación de los exámenes universitarios es elocuente. Su ritmo de trabajo era inversamente proporcional a la proximidad del examen. Más próximo estaba el examen, más le paralizaba la inminencia del deseo del Otro, claramente expresado en la cuestión: “¿Qué me preguntarán?”. Estaba, por lo tanto, constreñido a organizarse de la manera siguiente. Estudiaba mucho al principio, cundo el examen estaba aún lejos. De esta manera, terminaba rápidamente el programa, que podía así repetir varias veces, teniendo todo el tiempo para asimilarlo. Cuando se aproximaba el plazo, el ritmo del trabajo se reducía progresivamente, hasta cesar completamente en la semana que precedía al examen. No pudiendo entonces estudiar más a causa de la angustia que lo abrumaba, se dedicaba a visitar exposiciones y museos.Le vienen a la mente, primero, una pequeña crueldad infligida por un primo más mayor que tenía que ver con el acto de orinar; después, un recuerdo de infancia, en el que está sentado en el baño con su madre cerca de él que le pregunta: “¿caca o pipí?”, respondiendo sin elegir: “Los dos”. Este modo de dedicarse a la madre y más generalmente en esta abnegación cara al Otro, se percibe plenamente cómo el símbolo del don, prevalente en la esfera anal, convertido en don de amor por excelencia, es cuidadosamente utilizado en la dialéctica con el Otro de la Demanda, donde el empuje de la respuesta anal suple al -pase3_3_simbolo angustiante del deseo del Otro 3.Un giro importante sobreviene cuando se da cuenta de la sutilidad con la que la lógica obsesiva se declina en la particularidad de su historia. El deber para con su madre, que viene siempre en primer lugar, debe ser cumplido hasta el final con la esperanza de poder liberar un pequeño espacio propio y poder así consagrarse finalmente a eso que le deleita, un espacio para la puesta en juego del objeto voz, es decir, fundamentalmente para la música y el ars oratoria.Allí se concentran sus intereses, allí se sitúa el epicentro de su deseo. Pero ahora siempre es impedido o retrasado, porque primero debe cumplir todos los deberes prescritos por la Demanda del Otro, en particular del Otro materno. Que se trate de deberes escolares o de la obligación materna sin réplica posible de trabajar durante las vacaciones de verano, distrayéndolo de su interés eclesiástico y así ganar lo suficiente para pagar sus propios estudios; o bien mucho mas tarde, sus obligaciones ligadas a su estado militar, a cuya carrera se había entregado; y bien, todas esas obligaciones, y otras más las cuales él debía cumplir, impedían su deseo o le impedían dedicarse completamente y sin interferencias a sus ocupaciones parroquiales favoritas, es decir, en definitiva, a los cuidados y al ejercicio de la voz. Se reconoce en esta dicotomía la transposición, en la Demanda, del deseo irreductible -como en los ejemplos memorables del Seminario V 4, que, de hecho, vuelven a proponer lo que ya había sido articulado en “El mito individual del neurótico” 5. Lacan pone ahí en evidencia la imposibilidad de hacer coincidir la deuda del deseo con la deuda social, es decir, finalmente, la imposibilidad de pagar la primera con la moneda de la segunda.Si es cierto que se puede reconocer en una hoja “los rasgos de estructura de la planta de la que se ha desprendido” 6, he aquí otro ejemplo particularmente evidente: si nuestro sujeto veía en el periódico una noticia que llamaba su atención, no podía leerla sino después de haber pasado por todas las demás noticias, que su exigencia de completud no le permite ignorar, aunque no presenten para él ningún interés. Y cuando él obtiene un éxito al realizar un objetivo (disfrutar de una fiesta religiosa u obtener un resultado escolar) tenía la impresión de que la satisfacción que obtenía era siempre menos intensa que aquella experimentada anticipadamente durante los preparativos: en definitiva, el domingo era de hecho menos atractivo que el sábado -como en “El domingo de la vida de Raymond Queneau” 7 - de suerte que al final le parecía que más valía pensar en los preparativos del domingo siguiente con más pompa aún... y así al infinito. Era, en el fondo, con la misma lógica con la que había pasado del pequeño coro de la parroquia al gran coro polifónico de la ciudad. La “sed de falta de goce” 8 desencadenaba la búsqueda incesante, con la ilusión de poder llegar a atrapar un goce pleno, excepto que esta tendencia una vez más sigue las líneas de ese mito individual donde el sujeto no hace más que continuar su propio goce, pero solamente para fallar. La insatisfacción de los eventuales raros momentos de completud era, en efecto, acompañada de fantasías de enfermedad, molestias con las deposiciones y vómitos, fantasías que aparecen inmediatamente antes o después de llegar al fin, conforme a la estructura del fantasma en el que el sujeto, en el momento de la máxima división, que es también el momento de realización máxima, se eclipsa (fading) en la gloria del objeto, en este caso del objeto anal 9.

3. El síntoma en la estructura
Entender cómo todo esto entraba en la necesidad de la estructura ha contribuido a rasgar un velo. Su síntoma había aparecido en un momento muy especial, había sido incluso, en cierta manera, condicionado. El verano del año 1983, por primera vez después de tantos años, su madre lo había exonerado de la obligación de ir a trabajar. Eso significaba que el festín de la voz finalmente iba a ser accesible, y el muchacho con coherencia, saboreando lo que le esperaba, había tratado de aproximarse, preparando la grandiosa empresa del coro polifónico. Pero he aquí justamente que el síntoma, que ejercía de hecho la misma función de límite que la ejercida hasta ese momento por la imposición materna, hace irrupción, para arruinar la fiesta. Sorprendido, constata que el síntoma remplazaba claramente la obligación maternal de trabajar en el momento mismo en que se detenía, aunque sólo fuera porque le obligaba a retomar el trabajo, recurriendo a las estrategias que podían aliviarlo (dietas, horarios de comida, cálculo de los tiempos de digestión, consultas, medicamentos y tantos otros), en detrimento de los placeres de la voz. Justamente en el momento en que la imposición desaparecía, por un giro del destino, como un fénix que renace de sus cenizas, surgía otro obstáculo que volvía a hacer igualmente inaccesible la fiesta del deseo, que era así impedido y pospuesto indefinidamente. Casi en el mismo momento, él, que nunca había fumado, se encuentra afectado de una faringitis catarral crónica (un rasgo del padre, que era un fumador empedernido)-idiopático (es decir, sin causa) le diagnostican los médicos- y que, como un residuo, mancha el timbre cristalino de la voz e imprime un vulnus 10 irreversible en la emisión de los sonidos.Se da cuenta igualmente -y es un segundo tiempo de rectificación- que el síntoma gástrico, nudo de todo su malestar, no es más que la instancia de un significante materno, un significante especial, la fragilidad del estómago, rasgo distintivo de la madre desde siempre (y del padre de ella), en oposición a su padre, que tenía al contrario un estómago de hierro, un curioso eco de la especialidad de su trabajo. En efecto, “la constelación del sujeto está formada en la tradición familiar por el relato de un cierto número de rasgos que especifican la unión de los padres” 11. Y es evidente que trabajar para remediar esta debilidad de estómago -al punto de orientarse hacia los estudios de Medicina- se había convertido en la mejor manera de realizar la sustitución del significante estómago de hierro (N.P.), apoyado y fortalecido a través de sus buenos oficios, por el significante debilidad de estómago (DM), una sustitución que -como lo precisa Jacques Alain Miller en su seminario de “Política lacaniana” 12 - adviene siempre en el neurótico con un margen de incompletud. En definitiva, era la mejor manera para favorecer una unión armónica entre su madre y su padre. El síntoma es verdaderamente uno de los Nombres del Padre 13.Ahora piensa en un viejo sacerdote, un personaje importante, influyente y con autoridad, de una cultura extraordinaria en las lenguas antiguas, al que debe un gran número de sus conocimientos y que se había constituido durante largo tiempo en una de sus referencias ideales. Se trataba de alguien extraño y despreciable, más bien extravagante, a la vez devoto y rebelde – encarnando como tal una excepción- cuya singularidad era tanto más valorada cuando que estaba muy enfermo del estomago, una enfermedad irreversible que, según él, comenzó a manifestarse a la muerte de su madre. En ese caso igualmente, una forma de falta en la madre dejaba como herencia un signo inextirpable sobre el cuerpo.Sin ninguna duda, su vida toda entera es un síntoma, y el síntoma en el que se había quedado atrapado, le aparecía como el destilado, la quintaescencia de toda una vida sintomática.Es pues la dialéctica Demanda/deseo, con el correlato de la voluntad de reabsorber enteramente el deseo en la Demanda- dialéctica general pero declinada en las formas particulares que acabamos de ver- la que constituye el camino por el cual su vida ha transcurrido desde siempre, y que es posible de sintetizar como un servicio rendido al Otro maternal. Las explosiones repentinas y paradojales de un deseo imposible encontraban su lugar, como debe ser en esta estructura, como las transgresiones en la clandestinidad o la violación sistemática de consignas de guardar el silencio que el Otro le imponía. En un sueño, el deseo sexual aparece peligrosamente, al punto de amenazar de muerte a su partenaire 14.Esta vida-síntoma, enteramente suspendida del hilo de la Demanda del Otro, con el objetivo de pacificar a la madre, tiene al mismo tiempo como finalidad sostener al padre, casi como si el sujeto fuera un mensajero en la difícil tarea para hacer frente a la madre.Sí, sostener al padre: aquí se inscriben las fantasías de nobleza, rayando en lo ridículo, y el deseo patético de un padre todopoderoso, como cuando sueña con un poderoso cardenal, director de su colegio, en el momento en el que saca de su cajón un par de pantalones para regalarle a su padre. “En efecto, la imagen del Padre ideal es un fantasma del neurótico. Más allá de la Madre, Otro real de la demanda del que querríamos colmara el deseo (es decir su deseo) se perfila la imagen de un padre que cerraba los ojos sobre los deseos. Por lo que es aún más marcada (...) la verdadera función del padre, la de unir (y no de oponer) un deseo a la ley. El Padre deseado del neurótico es claramente, como se ve, el Padre muerto. Pero también un padre que sería perfectamente el amo de su deseo, lo que valdría también para el sujeto” 15.Con su neurosis pues, él sostenía al padre, pero de una manera particular, propia de su constelación significante: él le superaba y al mismo tiempo no lo superaba. Superarlo en la demanda se convertía en coartada para no superarlo en el deseo, es decir una excusa para ese extraño mecanismo que le bloqueaba el acceso al objeto voz. En esta no superación, hay la impotencia. Impotencia que conmemoraba la del padre, más exactamente la impotencia de su deseo tanto con los requerimientos de su mujer, como con las expectativas de sus parientes próximos, es decir las tías y la abuela. De manera que el síntoma del joven muchacho, haciendo coincidir con cuidado, según las leyes de la estructura, la eficacia de la Demanda (anal) y la impotencia del deseo (la voz), era el medio de superar (en la Demanda) y a la vez encarnar (en el deseo) el fracaso paterno, no sin aportar a este fracaso del deseo una justificación: a saber, el hecho de someterse a la Demanda implicaba tareas tales que hacía imposible lograr sostener al mismo tiempo el deseo. Justificación en la que se puede leer la pasión que anima al neurótico, justificar su propia existencia por la falla del Otro 16.

4. Una cuenta a saldar
Después de un tiempo, comenzó a atender como analista. Más precisamente, él recibía pacientes como psiquiatra, principalmente en los dispensarios de la Universidad y sólo ocasionalmente en privado; durante su segundo análisis la escucha psiquiátrica se transforma, de forma natural, en escucha analítica.Como resultado de su mejora en las finanzas, manifiesta a su analista su intención de reducir la deuda que había acumulado hasta ese momento. Pero, para hacerlo más rápido, le propone una mayor participación que la convenida al principio, de manera que el montante global de la sesión era sensiblemente superior a lo que él pagaba hasta este momento. El analista no parpadea pero, por un destello en sus ojos, el joven palidece, entiende que, con esta propuesta temeraria, el precio de la sesión será elevado, no solamente hasta la extinción de la deuda, sino de manera permanente, al nivel que él mismo había fijado. Así, si su intención había sido acelerar el cierre del agujero en el Otro, es decir, reducir la deuda que aumentaba con el tiempo, para poder al fin estar tranquilo, ahora, a causa de su desgraciada impaciencia de siempre, se encontró por el contrario con un agujero aún más grande que antes. En definitiva, el agujero de la deuda que quería cerrar rápidamente se había convertido en un agujero mayor, y el precio de sus sesiones había aumentado de manera permanente.Es invadido por la angustia, cuya mordedura le atenaza durante un cierto tiempo. Incuba momentos de cólera con el analista intercalados con un sordo resentimiento. Para aliviar la tensión y distraerse un poco, decidió organizar un viaje de Semana Santa a Viena con su mujer. Para la última tarde ha planeado una visita a la casa-museo de Freud, en el 19 de Berggasse. Durante los cuatro días de su estancia en Viena, padece una constipación intestinal persistente, como le sucede cada vez que está de viaje. Atravesando con emoción el umbral de la Berggasse, pasea fascinado por las habitaciones, consciente de que se encuentra en esta especie de santuario en el que el genio freudiano “ha elaborado su heroica obra” en soledad 17.¡Ay!, pero ¿qué sucede? Tiene un dolor agudo en el estomago... ¡Oh Dios mío!, ¡necesita un baño! Pero es domingo de Pascua, los cafés de los alrededores están todos cerrados...se lanza al vigilante del museo, suplicándole que le indique donde están los baños. Este le responde que no hay baños para los visitantes, pero que en casos extremos se pueden utilizar los servicios reservados al personal del museo: “Usted sabe, es el baño de Freud, no lo abrimos al público”; “¡Pero mi caso es un caso extremo!” - responde él angustiado.Cuando hubo terminado, se dijo - textualmente- “¡que había vaciado su intestino en el gabinete de Freud!”, frase donde resuena inmediatamente el doble sentido del término gabinete que en italiano indica a la vez el baño y la consulta. Se rió de buena gana de la idea de haber tenido que venir hasta Viena con el fin de llenar con el objeto anal el agujero insoportable, arreglando directamente con Freud la cuenta abierta con el analista. La risa barrió los sentimientos hostiles que habían perturbado la transferencia.El análisis de este episodio da libre curso a toda una serie de rituales, puestos en acto desde siempre, para conjurar tanto las deudas como la falta de dinero, dos situaciones que despiertan en él la angustia por la falta que ellas presentifican. Sin contar el hecho que, quedarse sin dinero o tener que dárselo a alguien, materializan automáticamente el riesgo concreto de tener que dejar Roma - que aseguraba una separación geográfica con la madre- y el psicoanálisis. Pero, el dinero, único apoyo de esta separación precaria, le venía de una beca que, para ser mantenida, exigía la puntualidad en los exámenes y obtener altas calificaciones, exactamente lo que sus problemas hacen que sea extremadamente difícil. ¿Tal vez su malestar era el que lo conducía inexorablemente al desastre que le horrorizaba? Además, su madre quejándose a menudo por teléfono nunca había dejado de esperar en Sicilia su retorno. ¡Horror! a lo sumo habría regresado con un coche fuera de serie para mostrarle los alrededores, como en un sueño: una ambivalencia aún no resuelta entre alejarse su madre y continuar siendo el falo.

5. Levantar el velo del fantasma
El falo. Si. El falo para el Otro. Llegado hasta este punto, el análisis se estanca un poco, girando varias veces alrededor del binomio Demanda/deseo, como si el exceso que trataba de atrapar, fallara a cada vuelta. Hasta el día que el analista lo lleva, después de una larga sesión, sin decir una sola palabra, a un mueble con cajones y lo invita a mirar en un cajón repleto de viejas cartas amarillentas. Después siempre silencioso, lo despide. ¿Qué había que mirar en el fondo del cajón? A la mañana siguiente, al despertar, un pensamiento se le impone: tal vez era necesario revisar el análisis precedente. Así comienza una fase caracterizada por la repetición bajo una luz diferente, es decir bajo la luz de la estructura, de un material aparecido en el primer análisis. En efecto, los temas que habían sido tocados allí, esperaban ahora ser revisados, siendo el primero la sexualidad.La sexualidad había aparecido en el discurso analítico a propósito de la división subjetiva que había marcado su adolescencia. En esta época él se sentía superior a los chicos de su edad a causa de su elevada moralidad, pero como se encontraba bajo el ataque imperioso de la pulsión, se sentía al mismo tiempo infinitamente pecador, si bien este inmenso sentido de la moralidad cohabitaba en él con una consciencia aguda del pecado, en un conflicto exacerbado que, recordando un poco las deliciosas torturas de Gide, constituye la prueba de que “las identificaciones están determinadas por el deseo sin satisfacer a la pulsión”. En cuanto a la sexualidad infantil, había repasado una gran cantidad de recuerdos y de sueños trazando claramente en su conjunto el descubrimiento de la privación femenina, que venía a suplir la creencia en el falo de la mujer, no sin el pasaje obligado por la angustia.Un detalle, que había pasado desapercibido en el primer análisis, retenía ahora su atención. Mientras que en el análisis elaboraba justamente el descubrimiento de la hiancia femenina -con el desciframiento de los sueños, sueños que reconducían a experiencias infantiles- un acting out no reconocido como tal, se repetía fuera del análisis, y que nunca había sido puesto bajo la luz del análisis. El segundo análisis le permitió leer en él la puesta en escena del fantasma. Para ir a la consulta del primer analista, debía coger dos autobuses. Cerca de la parada del autobús, en la que debía coger el segundo, había una tienda de discos y una tienda de libros de ocasión que visitaba sistemáticamente después de cada sesión -una o la otra, o bien, la una y la otra. ¿Qué hacía en esas tiendas? En una miraba y compraba las ediciones de obras líricas a fin de completar sus colecciones de melodramas, en particular le gustaban las de Verdi, el hombre que da una voz a las esperanzas y a los duelos, que lloró y amó por todos; en la otra, en un rincón oculto, rebuscaba en los estantes, echando un golpe de ojo furtivo a los libros de sexología y de literatura erótica para sacar la descripción, o la escritura si se quiere, de la relación sexual. Buscaba allí con avidez la representación de un escenario fantasmático -insuficientemente elaborado en esta etapa, es decir muy distante de la reducción a un axioma- centrado en una redundancia obscena del falo, insignia del poder/seducción del Otro. Este falo surgía de la unión de lo anal y de lo vocal, como lo muestra bien la continuidad entre “colección completa (anal) de la obra de Verdi” (vocal), que condensa la visita al vendedor de discos.No es entonces por azar si el acting out, evocador del fantasma, se manifiesta justo en el momento en el que el discurso analítico gira en torno de la falta, aparecida a propósito de la privación femenina. Más precisamente, podríamos decir que la falta, que había sido puesta al descubierto en el curso del análisis bajo la forma de la privación femenina, pero que no había sido centrada de manera apropiada por la interpretación, produce en su retorno, para cubrirse, la recurrencia del fantasma desde la latencia donde normalmente actúa, fantasma que se manifiesta en al acting out con valor perfectamente rectificante.

Traducción Ana Lía Gana.

 


 

EL AUTOR
Carmelo Licítra Rosa. 
Psiquiatra y Psicoanalista en Roma. Presidente del Istituto Nazionale di Psicoanalisi Lacaniana (I.N.P.LA.). Miembro de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi (SLP) y de la AMP. Email: carlicitra@libero.it

Referencias
1 C. Licitra, De las vicisitudes de una entrada a la constitución del síntoma a la entrada. Freudiana 51 y 52, 2007.
2 J. Lacan, El Seminario Libro XVII, El reverso del psicoanálisis, p 66.
3 J. Lacan, Seminario X La angustia, p 352-353.
4 J. Lacan, Seminario V Las formaciones del inconsciente p. 352-353.
5 J. Lacan, El mito individual del neurótico.
6 J. Lacan, La dirección de la cura y los principios de su poder. p. 621.
7 Raymond Quenau, Le dimanche de la vie Paris Gallimard, Folio, 1973.
8 J. Lacan, Radiofonía 9 C F J. Alain Miller Iluminaciones profanas Orientación lacaniana III, 8 clase del 3 de marzo de 2006, inédito.
9 C F J. Alain Miller Iluminaciones profanas Orientación lacaniana III, 8 clase del 3 de marzo de 2006, inédito.
10 “Vulnus”: herida
11 J. Lacan, El mito individual del neurótico.
12 J. Alain Miller, Política lacaniana 1997-1998 
13 J. Lacan, Seminario XXII RSI
14 Lacan, Seminario V Las formaciones del inconsciente c 22 -28; Lacan, Seminario VIII La transferencia Lacan, Seminario X La angustia.
15 J. Lacan, Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano.
16 J. Lacan, La dirección de la cura. 
17 J. Lacan, La cosa freudiana Escritos.

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