Conversación con Patricia Bosquín*

Conversación con Patricia Bosquín*
Textos: Autores varios
*Conversación desarrollada en Madrid el viernes 22 de Octubre de 2010 en el Espacio del Pase.

pase3_2.jpgCarmen Cuñat: Buenas noches, hoy tenemos con nosotros a Patricia Bosquín. Ella viene de Bruselas, fue nombrada AE en diciembre del año pasado. Como hacemos siempre, con el fin de que este seminario sea más participativo, enviamos con antelación el texto sobre el que vamos a conversar y a partir del mismo formulamos algunas preguntas que le hemos hecho llegar a Patricia Bosquín.
Un testimonio de pase implica hacer un caso del propio caso. Hay muchos tipos de testimonios, no todos son iguales, éste me ha llamado la atención por su rigor. Quiero destacar algunos hitos del mismo. La demanda de análisis surge a partir de una situación traumática que ocurre en el teatro al que era aficionada: tiene que salir a escena y se encuentra con un agujero en el texto y entra en pánico, siente que quiere desaparecer. Algo de eso le toca particularmente y Patricia hace una demanda de análisis. Después, la construcción de la novela familiar, donde va mostrando cómo se presentaban para ella las figuras parentales y los puntos en los que se sostiene su estructura histérica: nos habla de una identificación viril que está en la base de su relación con el padre, el surgimiento de una fobia en la adolescencia, fobia que se instala de cierta manera y que se desmantela también de manera particular. Bien, vamos ahora a introducir la primera pregunta.
Pilar González: Usted dice que “su relación con el piloto” volvió obsoleta la fobia al avión. ¿Ha podido correlacionar la desaparición de la fobia, con alguna interpretación puntual?, ¿usted diría que fue un proceso gradual relacionado con el despliegue de los significantes que le conciernen o ha tenido que ver con el objeto que está en juego para usted finalmente?
Patricia Bosquín: Es muy curiosa la historia porque en el análisis la fobia no cayó gracias al desciframiento, es decir que esta fobia servía para algo y un día ya no sirvió mas. Al principio me protegía del encuentro con los hombres, era una barrera que me impedía aproximarme demasiado al padre, un padre explosivo, colérico, demasiado real. Por otra parte era una barrera que me preservaba del encuentro con la madre. De niña fui su pequeño caballero sirviente, lo que se hacia extensivo a mi abuela, consolando a ambas. Un tanto absorbida, adolescente ya, surgió la fobia. Esa fobia me permitía mantener a distancia al padre y a la madre. Apareció en un viaje, durante un vuelo: yo volvía de España, y por primera vez viajaba sola con mi madre, mi padre estaba en otro avión con mis hermanos. Durante el vuelo se desencadenó una fuerte tormenta con muchas turbulencias, yo me volví hacia mi madre que estaba aterrorizada y ella me dijo que íbamos a morir, se puso a rezar y me dijo que hiciera el acto de contrición ante la fatal inminencia del desastre. La fobia apareció allí, desde entonces no volví a coger un avión. Como mis padres vivían buena parte del año en España, la fobia me permitía mantenerme lejos de ellos. Para poder estar con ellos tenía que atravesar en coche Francia y España. El avión se volvió un objeto fóbico, la fobia era, a la vez, a las explosiones del padre que estaba fascinado por esos cuerpos despedazados de los accidentes aéreos, eran los significantes de esas explosiones; y al mismo tiempo, la fobia al avión es a eso que cae; es ante una forma de dejar caer por parte de la madre que deja a la adolescente sin palabras.
Esa fobia desapareció a partir del encuentro con un hombre. Ese hombre fue una segunda elección amorosa y por azar resultó que había hecho estudios de piloto de avión. Portaba un significante fálico y la fobia desapareció de la noche a la mañana. Así, para mi sorpresa, empecé a poder ir en avión con gran placer. La fobia fue descifrada más tarde: yo había elegido al mismo tiempo un hombre portador del significante fálico y también un hombre muy fálico. Y como saben, el falo explota, el goce fálico está del lado de la explosión, y en esa demanda de amor dirigida al partenaire yo lo hacía explotar; lo hacía explotar con esa demanda continua de que me hablara y él explotaba porque estaba harto de esa demanda. Ahí empecé a interesarme en esa vieja fobia e intenté explicarme lo que pasaba con ese partenaire, pues la función de la fobia era la de ponerme al abrigo de la cólera de los hombres. Encontraba ahí al padre explosivo, al padre que en mi adolescencia hacía explotar.
Carmen Cuñat: ¿El primer pase que hizo después del primer análisis, fue el pase a la entrada?
Patricia Bosquín: No, no había pase a la entrada en ese momento, pero había la posibilidad de ser nombrada miembro de la escuela, haciendo el pase de fin de análisis. Este fue mi caso. Era 2002, en ese momento era posible hacer el Pase planteando un punto conclusivo, que para mí fue terapéutico. Se trataba de mi relación de estrago con el amor. Con mi primer partenaire esa dimensión del amor estaba dormida, éramos amigos. Luego encontré mi segundo amor a causa del análisis. La pasión amorosa se despertó, fue un síntoma que se constituyó allí, algo muy antiguo se despertó. Yo había sido una jovencita inhibida y un poco mortificada, y me volví apasionada en el análisis, una mujer loca. Le dije a mi analista que quería volver para atrás y me dijo que era demasiado tarde. Me separé de mi primer marido y me lancé a la aventura con el segundo. Yo era más bien una mujer santa que cultivaba su pasión amorosa en sus ensoñaciones. El análisis me despertó y me volvió esa mujer enamorada, estragada por las respuestas insuficientes del hombre… ustedes saben a dónde lleva eso.
Eso tomaba para mí un valor muy dramático, era necesario que cesase en algún momento. Me puse realmente a la tarea de elucidarlo en mi análisis, de encontrar un sentido a ese estrago. En el fondo ¿por qué tanto dolor?, ¿de dónde venía? y en ese primer análisis reconstruí escenas infantiles y en el fondo, el fantasma fundamental. A partir de una escena en la que, a los seis años, asistí al relato trágico de la pasión de Cristo y eso me fascinó completamente. Estaba fascinada por esa figura masculina, Cristo golpeado, crucificado y abandonado por su padre. El pobre tipo llamaba al padre: “padre no me dejes caer” y el padre lo dejaba caer, eso me concernía. Ya, a los seis años me volví efectivamente una enamorada de Cristo y cultivé ese amor, todas las semanas iba al confesionario, era una verdadera creyente, gracias a mi abuela que alimentaba esa devoción. Descubrí realmente lo que se perfilaba detrás del partenaire amoroso. Lo que Jacques-Alain Miller llama “partenaire-síntoma” para un hombre, para una mujer es el “partenaire-estrago”. Lo que hay detrás de ese partenaire masculino es la figura Crística, que es a la vez una identificación fálica, ya que yo me identificaba a esa figura masculina y al mismo tiempo era también mi partenaire. Mi nuevo amor encarnaba eso, a causa de su historia, de la historia trágica de su pueblo. Él era un hombre que quería morir por su patria y es lo que yo buscaba, así que se produjo un encuentro muy explosivo, una pasión viva, era necesario esclarecer todo eso y una vez encontrado su origen, pude dejarlo de lado y continuar mi vida. Salí del primer análisis porque era suficiente, había encontrado la identificación Crística soporte de mi elección de objeto y con esa construcción me presenté al Pase, a la Escuela. Estaba curada, era un punto de conclusión. El cartel apreció el testimonio, propusieron al Consejo hacerme miembro de la Escuela y plantearon una pequeña cuestión: “¿Qué ha ocurrido con el goce? ¿Ya no hay más? ¿Dónde está en todo eso?... ¿Se terminó?... ¿Está en una caja, en la caja de los S1?”.
Evidentemente todo se había calmado, pero fue suficiente que el Cartel hiciera un pequeño agujero en esta formulación, en el tonel del padre, para que el goce se saliera del tonel, ya que yo había hecho entrar todo el goce en el tonel del padre. El Cartel me preguntó: “Bueno, y a parte del padre, ¿dónde está el goce?”. Y de nuevo, como si no hubiese hecho nada... Entonces elegí un analista.
Carmen Cuñat: Entonces, Patricia vuelve al análisis. Entra en la Escuela por el pase después de haber hecho todo este trabajo y vuelve al análisis conmovida por esta pregunta que le hace el Cartel: “¿Qué hay de su goce?”.Araceli Fuentes: No sólo conmovida, ¡el goce la había invadido!
Patricia Bosquín: Sí, yo estaba totalmente de acuerdo con la respuesta del cartel y eso prendió, se encendió.Carmen Cuñat: Es como la cerillita que encendió otra vez la mecha. Entonces, quizá Patricia nos va a poder hablar del cambio de analista y de las interpretaciones, de la dirección de una cura que permite abordar esta cuestión del goce.
Patricia Bosquín: Sí, cambié de analista. El primero lo había elegido porque era alguien de nuestra comunidad en Bélgica, que para mí era el único que no gozaba. Era muy delicado, no discutía nunca con sus colegas, no estaba atrapado en las cuestiones imaginarias, era un santo. Yo estaba tranquila, no iba a pasar nada, pero no fue el caso. En un momento determinado supe que debía confrontarme al padre y aproveché la ocasión para ir a ver a un padre, aquél que encarnaba para mí en la Escuela la figura del padre y la figura del Dios de Abraham al mismo tiempo, el Sujeto Supuesto Saber y algunas veces el padre que puede encolerizarse. Y como ya no era fóbica fui a confrontarme con ese padre que podía responder a ese goce innombrable. 
Elegí a alguien sólido, porque tenía que arreglármelas con algo muy fuerte. Llegué a su consulta muy contenta de haber aislado esa identificación con Cristo, le hablé de esa construcción que había hecho en mi primer análisis y él lo hizo volar todo por los aires. Me dijo: “Seguro, usted es ese joven amante, completamente ridículo”. Es decir, el padre idealizado, porque eso es el Cristo. Es lo que Lacan dice en su texto del año 1958, Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina, lo que se perfila más allá de la figura del partenaire para una mujer es el padre. Una mujer tiene que arreglárselas con ese abrazo del padre muerto. Esa es toda la dificultad de la sexualidad del sujeto femenino, “entre ausencia y presencia”, afirma Lacan. Ausencia pues aquél al que ella ama es el hombre muerto, el hombre castrado; y al mismo tiempo tiene que hacer algo vivo con la sexualidad.
Cuando Lacan habla del padre muerto, dice que una de las figuras del “íncubo ideal” es la de Cristo. Es al padre muerto al que estoy identificada, que al mismo tiempo es mi partenaire amoroso, un hombre joven a punto de que le maten. El analista me dice: “Usted es ese joven”. Entonces esta identificación cae y aparece otra cosa. Me dice: “Usted tiene que arreglárselas con algo masivo”, y ahí pone su cuerpo, hace un gesto, presta su cuerpo para decir hasta qué punto “la cosa era masiva”. Habrá muchos gestos en este análisis y mucho del cuerpo en juego. Esta “cosa masiva” con la que tengo que arreglármelas, él la sitúa fuera de mí, pero está claro que esta “cosa masiva” está en mí. Es decir que es mi goce lo que es masivo, él lo pone en el exterior y me permite visualizarlo. Al representarlo ya no es más una historia de significantes, es una historia de cuerpo.
Carmen Cuñat: Con este trabajo que se va haciendo en torno a la opacidad del goce, de este goce masivo se pasa a los objetos pulsionales, la mirada y la voz en este caso, también el objeto oral al final. Hay una pregunta de Araceli Fuentes en relación con los objetos pulsionales, sobre si el estilo pulsional ha marcado sus idas y venidas en el análisis.
Patricia Bosquín: Acerca de la cuestión pulsional. Todo transcurría en torno a la identificación, construcción, desciframiento, la novela familiar… Entonces, en este análisis todo lo que es construcción, desciframiento y sentido, es barrido. ¿Cómo? Esta es la operación analítica: no hay tiempo para hacer asociaciones, para volver sobre la historia infantil, se terminó, es el corte. Son sesiones ultracortas. El analista con su acto provoca la urgencia y el cese del sufrimiento. Es un tramo del análisis que va a transcurrir bajo esta modalidad de la urgencia y no como el “run-run” de las sesiones psicoanalíticas dos veces por semana. Es otro estilo de analista, con quien va a despejarse el lado pulsional. Lo que va a aparecer es que “yo trago el drama”. Él va a hacerme vislumbrar que “yo como drama” desde mi primera infancia. En un momento dado me va a decir que soy una boca que come todo, que soy la primera tragona de emociones encontrada en la clínica. Todo lo que pasa es absorbido bajo este modo pulsional.
Lacan dice que la pulsión son las huellas del decir en el cuerpo, y yo escuchaba el drama materno. Son dichos, palabras absorbidas. En el fondo ese era mi estilo, un estilo dramático que yo incorporaba, pero no sabía que era mi estilo. Había constatado en mi primer análisis que hablaba siempre llorando, averigüé de dónde venía ese dolor y este analista me dijo: “Es eso. Usted es eso”. Esto tuvo su efecto, que podemos enlazar con una pregunta que concierne al significante nuevo.
Silvia Nieto: Si tenemos en cuenta que la satisfacción en el fin de análisis indica que se llegó a trazar otro borde entre el padecimiento y el funcionamiento del síntoma, y que este nuevo uso viene a ser nombrado por un significante nuevo, en su testimonio hay un punto donde señala que no estaba satisfecha, aun habiendo finalizado. ¿Se podría pensar que habría cercado el significante del goce, pero no inventado un significante nuevo? (nuevo en tanto hacer resonar el goce al antiguo uso, el opaco y su nueva disposición).Le hago esta pregunta ya que hay testimonios que dan cuenta del nombre de goce, nombrando así el sinthome, y en otros parece haber una vuelta más “inventando” un significante nuevo.
Patricia Bosquín: Es una pregunta muy interesante, después volveré sobre la cuestión de por qué di una vuelta más. Lo que es interesante es que usted dice: “un borde entre el padecimiento y el funcionamiento del síntoma”, que este uso nuevo del síntoma es nombrado por un significante nuevo. El significante nuevo es la interpretación del analista. En todo caso ahora voy a hacer una pequeña parte teórica, pero ya que me han plateado esta pregunta he vuelto sobre el texto, particularmente sobre la manera en que Jacques-Alain Miller traduce lo que Lacan trae en L’Insu (Seminario 24). Miller dice que la llamada a un significante nuevo es la llamada a una interpretación nueva. Una interpretación que no añade nada del lado del sentido, sino que hace agujero en el sentido y que añade un vacío.
En relación a su pregunta, esta interpretación: “Usted es la primera glotona de emociones encontrada en la clínica”, es la interpretación más importante, la que va a conducirme al final del análisis, en el sentido en que esta interpretación hace un agujero. En primer lugar simplemente en lo experimentado en el cuerpo: salí de esa sesión como si me hubieran arrancado un trozo. Salí con un agujero, algo extraído, como si les arrancan un diente. Es algo difícil de explicar, pero lo que produjo es ese efecto de goce. Nunca nada volvió a ser como antes. Esta interpretación quedó como un borde, una huella, un tatuaje. “Usted es la primera glotona de emociones”, se escribe y después ya no se pueden tragar emociones como antes, se para antes porque hay un borde y se sabe cuando se franquea porque después del análisis ya no se goza como antes, en todo caso hay una nueva alianza con el goce. Primero uno se reconoce en ese “eso”, “yo soy eso”, eso que goza. Y eso que goza, cuando es nombrado, está al mismo tiempo en el exterior de uno mismo, es íntimo y exterior. La identificación al síntoma quiere decir que hay un nuevo manejo de la cosa que Lacan toma en ese mismo Seminario 24 cuando habla del manejo del síntoma y lo compara con la manipulación de la propia imagen, es decir cómo se cuida su imagen. El síntoma es así, lo sabemos. Eso es lo que se gana en el análisis: una distancia. Pero no se termina ahí, el análisis continuó, uno no deja al analista así como así.
Santiago Castellanos: ¿Eso se debe al atravesamiento del fantasma? 
Patricia Bosquín: No, porque el síntoma no se atraviesa. El pase de hoy no es el pase del 67. Ya no es el pase del guerrero aplicado, metáfora que Lacan emplea para el pase del 67. Entonces el sujeto aislaba el objeto que le completaba. Puesto que el sujeto es un sujeto tachado por el significante, se reconoce en un objeto, pero ese objeto está agujereado, hueco, alrededor del cual gira la pulsión. El atravesamiento del fantasma es reconocer eso y dejar todo eso de lado. Releí “El guerrero aplicado” y Jean Paulham dice que es el soldado que ya no tiene angustia, ni emociones, ni pasión y que, en el fondo, actúa, con desapego y eso ya no es el pase de hoy. Hoy ya no se plantea como atravesamiento. No se sale del síntoma, nunca. Por otra parte un día le dije a mi analista “yo quisiera salir” –al segundo analista- y él respondió “usted no saldrá nunca”, lo que fue horrible. Es decir que no se sale. Es más bien una nueva alianza con el goce.
Intervine en Rennes en las Jornadas de la Escuela y hablé de esta interpretación. Miller, que animaba la Mesa de los AE, me planteó esta cuestión: “¿Entonces, ahora usted está anestesiada?”. En absoluto. Lo que se despejó en esa discusión con Miller es que en el fondo yo tenía un inconsciente muy vibrante y que eso será siempre así, sólo que con menos estrago, menos doloroso. Pero también soy así, apasionada, vibrante, vibro con lo que se me dice. Lo que aislé al final del segundo análisis es que había ido a hacer vibrar al analista. Era necesario que el Otro vibrase con mis lágrimas y es eso lo que constituyó el final de ese recorrido analítico, antes de que volviese.
Después de esa historia de tragar las emociones ya no tenía nada más que decir. No tenía dramas que contar, me vacié, y había una especie de silencio de los dos lados, de mi lado y del lado del analista. Era horroroso ese silencio, y entre dos sesiones tuve vértigo. Sólo tenía eso que decir. En la sala de espera –entre las dos sesiones- me preguntaba qué le voy a contar y, una vez ya en el diván, sólo tenía esa historia del vértigo. Le dije que había perdido el equilibrio en la calle entre las dos sesiones y ahí el analista gritó: “¡Es eso!, Vértigo!”. Fue un momento muy fuerte y me di cuenta, tuve una gran angustia del vacío, y este vacío venía a rellenarlo con mis lágrimas.
¿Qué es ese vacío? Es el vacío de La mujer, el vacío femenino, no hay nombre, no hay nada. Una mujer tiene que arreglárselas con ese vacío. No hay nombre, no hay La mujer y a esa falta de nombre yo había respondido: “pues bien, yo seré una mujer que llora”. Esa elección la había hecho siendo muy pequeña. En la primera infancia ya intentaba hacer llorar a mi abuela diciéndole que me iba a morir, que tenía una enfermedad grave. Ya era una niña pequeñita a la que le gustaban los dramas.
Y ahí fue el final. Ahí es donde me di cuenta que yo iba al análisis a hacer vibrar al analista. Fue el fin e hice el pase, porque el pase era el vacío de nuevo. Lanzarme, ponerme a hablar, e hice el pase. En ese momento, mi función como Presidenta de la Escuela en Bélgica me aseguraba una función fálica. Mientras que esa función no terminó la cosa iba bien. Después, ya no tenía apoyo fálico. Vacío. Y volví a ver al analista. Es el fin del recorrido, el Epílogo.
Carmen Cuñat: Hay dos preguntas sobre la cuestión del saber hacer con el sinthome y también en torno al deseo del analista. Leyendo el texto me había parecido que Patricia daba una primera respuesta a ambas. En relación con la cuestión del deseo del analista, a raíz de su análisis, ella deja de trabajar con niños autistas, niños muertos para la palabra. Luego con respecto al silencio, una vez extraído ese goce oral, glotón, Patricia cambia, se alivia la exigencia de hablar al otro, aparece un nuevo deseo que ella no nombra, pero yo le pregunto si se refería al deseo del analista.Patricia Bosquín: Efectivamente, a partir de la extracción de ese estilo pulsional algo se modifica en mi práctica. Es una nominación, más bien, de estilo pulsional. Algo se modifica completamente en la práctica. Hacía doce años que me ocupaba de niños autistas y pude pasar a otra cosa. Desde el momento en que fui designada Pasadora yo atendía como analista y pasó algo en mi práctica, que en el fondo fue algo un poco radical. Yo tenía un estilo compasivo, con el sufrimiento de las mujeres, compasión con los niños devorados por la madre. A partir de esa interpretación me volví un poco más inhumana. Inhumana pero no en la acogida. Sabía que el “eso sufre” es “eso goza”, porque eso había pasado en mi análisis. No hubiese podido imaginar que el sufrimiento era un goce, y es en el análisis mismo donde encontré ese punto terrible. El encuentro con el deseo del analista es el encuentro con ese punto inhumano del analista, en que mi analista me pilló en una actitud gozante. Esta inhumanidad del analista es lo que le lleva a uno a su guarrería. Ahí supe lo que Lacan dice en el Seminario XI del deseo del analista, que mantiene separado el “I” del “a”, yo lo sentí. Pienso que uno se vuelve analista cuando se ha encontrado ese punto.
Carmen Cuñat: Hay algo que dices, también, en relación con un saber hacer con el síntoma. Encuentras un saber hacer con el silencio del Otro y al mismo tiempo, un uso más vivo de la pasión.
Patricia Bosquín: Arreglárselas con el síntoma es arreglárselas con la pasión, poner eso al servicio de una causa. Eso sirve para algo más que para llorar sobre la castración femenina, porque en el fondo es eso. Se puede hacer otro uso de la ausencia de significante. Eric Laurent lo dijo en Rennes retomando el testimonio de otro AE: no hay última palabra en un análisis, y ese “no hay” es el punto en el que se termina un análisis, es lo que Lacan llama S de A tachada, hay una afinidad de la posición femenina con S(A Tachada), no hay palabra que diga La mujer, no hay última palabra en el análisis, el Otro es incompleto e inconsistente y el momento del fin del análisis es eso. Eso fue el final para mí y se manifestó en que me quedaba un síntoma del que sufría: una sensación, una angustia de ser dejada caer, ya fuera abandonada por el partenaire amoroso ya fuera de mi función de responsable, yo no lo vivía bien. Entonces volví al análisis con ese resto y fue un sueño lo que me puso en la vía del final, ese sueño ponía en escena el Otro primordial, la madre, que abandona a sus hijos, a su marido. En ese sueño yo llamo a mi madre, que responde con desenvoltura. Había en ese sueño algo que no podía nombrarse ni decirse de ese punto insoportable para el sujeto y en la sesión el analista aisló un recuerdo infantil que nombró como un trauma. El recuerdo es muy sencillo: iban a hacer un viaje de vacaciones en coche, la madre había escogido entre sus hijos, entre su hija y sus hijos varones y le había dicho “no hay sitio para ti”, sólo había lugar para cuatro, debía dejar a uno. Y esa fui yo, así que fui descartada. Este recuerdo había aparecido ya en el primer análisis y lo que tuvo de particular esta vez fue que el analista lo aisló como un trauma y dijo ¡es eso! Usted fue dejada por una madre un poco loca que no sabía lo que decía y que dijo: “no hay sitio para ti”, una madre que no sabía lo que hacía al decir eso y en el fondo eso volvió la cosa absolutamente contingente. Esta historia de “dejar caer” es una historia de desenvoltura e inconsistencia del decir materno. Esa historia en la que yo me había amparado y que se constituyó en trauma, se construyó en dos tiempos, yo era la mayor de tres hermanos, pronto dejada de lado por la madre que tenía que ocuparse de dos chicos. Todo eso se volvió una historia absolutamente contingente y el drama se vació por completo, se desactivó y entonces pude comprometerme con el pase porque ya no se trataba de que me dejaban caer al vacío. De este modo se presentó para mí el fin del análisis y la decisión de hacer el pase, inscribir eso en el Otro de la Escuela y hacerlo servir.
Carmen Cuñat: Quizá podemos decir que el final del análisis trae consigo la razón última del estrago materno que en este caso estaba taponado por el amor al padre.
Patricia Bosquín: Si efectivamente, el no todo de la madre aquí se trata de la madre que ama a los hombres, que ama el Falo y eso yo lo interpreté como que me dejaba caer, es mi interpretación del deseo de la madre: amar el Falo es igual a dejarme caer.
Araceli Fuentes: Pero ¿esa no es a su vez una interpretación en el registro todo fálico: fuera del falo no hay nada?
Patricia Bosquín: Había el lado fálico y también el lado de la desenvoltura materna, una forma de decir brutal a la que Lacan se refiere cuando habla de la impudicia de las mujeres, algo loco. Ella era así, loca, una mujer que lloraba mucho pero también una mujer muy enamorada de su hombre y una mujer que podía utilizar palabras torpes o brutales.
Araceli Fuentes: Mi pregunta es sobre la feminidad al final del análisis, la extracción del objeto permite confrontar a una mujer con S(A tachado) pero los hombres también se tienen que confrontar con S(A tachado) en su recorrido analítico, ¿Cuál es entonces la particularidad del análisis de una mujer?
Patricia Bosquín: Para mi S(A) tachado, tenía que ver con lo ilimitado de la demanda de amor, que pide palabras sin fin. El partenaire queda KO con eso. Entonces lo que hace de límite en el análisis de una mujer, lo que hace de borde a lo ilimitado es el objeto. A partir del momento en que es aislada en el análisis la exigencia pulsional de hacer hablar al otro, eso hizo de borde a lo ilimitado del goce femenino.
Oscar Caneda: Su análisis comienza con el pánico en la escena, ¿qué ha quedado del teatro para usted?
Patricia Bosquín: ¡Hay en todo esto un lado muy teatral!, decir el testimonio, hablar en público. Lo que me pasó en el teatro es que me encontré con un agujero en el texto y quería desparecer. Lo que me ha pasado hoy al venir a España es algo que no me había pasado nunca, tenía sus preguntas, las preguntas que ustedes me habían enviado pero al llegar me di cuenta de que había olvidado los papeles, mi carpeta estaba vacía, es la primera vez que me sucede.
Andrés Borderías: Usted habló del vértigo, habló de un vacío del lado femenino, mi pregunta es si se trata de un vacío o del recubrimiento de dos vacíos, el de la falta en el Otro y el de la falta del significante de la mujer, ¿cómo diferenciarlos?
Patricia Bosquín: Es una cuestión lógica, no tengo la solución, lo pensaré.Marta Mora: Mi pregunta es sobre la escritura y el pasaje del drama a lo cómico.
Patricia Bosquín: Hay un lado de parte del analista que es “escríbame eso”, los sueños, las asociaciones, etc. Para mí el pase hoy pasa por la escritura, por eso su pregunta me parece interesante, el pase pasa por lo que escribí sobre los puntos sensibles de mi análisis, el pase participa de esa escritura de borde, una escritura cuyo recorrido hay que volver a hacer. “Escríbame eso” implica que cuando eso se escribe, se deposita.
Rosa Navarro: Muchas gracias a Patricia Bosquín por su interesante trabajo de hoy con nosotros.
Carmen Cuñat: Sí, realmente su intervención nos ha despertado interés y muchas preguntas para seguir trabajando, gracias.

 

 

 


 

LA AUTORA
Patricia Bosquin.
A.E. Psicoanalista en Bélgica. Miembro de la ECF y la AMP. Email: patricia.caroz@skynet.be

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