El cuerpo hablante de la histeria*

El cuerpo hablante de la histeria*
Textos: Rosa López
*Texto original de la autora.


/dossier3_6.jpgVoy a comenzar hablándoles de mi profesor de Pilates. Se trata de alguien que se toma muy en serio su trabajo y, por ello, no se conforma con enseñarnos unas cuantas técnicas gimnásticas, sino que además las acompaña de un discurso en el que denuncia cómo el hombre actual, inmerso en el capitalismo y en la sociedad de consumo, tiene un absoluto desconocimiento del funcionamiento de su propio cuerpo. En sus clases suma la disciplina del Pilates con la meditación yóguica y algo del espíritu del Tai chi. Con esta conjunción nos exhorta a reconocer todas las partes de nuestro cuerpo, independizando los movimientos de manera que las piernas se doblen y giren mientras las caderas quedan fijas, los isquiones apoyados, el coxis en posición neutra, el pubis contraído, el periné o suelo pélvico cerrado como un pequeño diafragma en torno a los esfínteres. La respiración se dirige a la zona de las escápulas, los omoplatos permanecen anclados, las manos abiertas presionan el suelo, la vista sobre el ombligo... para entonces conectar con los órganos internos.
Excuso decir que a mí no me resulta fácil cumplir con todas estas consignas y que mi torpeza me hace merecedora de sus reproches: “Tú, como sólo te dedicas a la mente, te has olvidado de que además tenemos un cuerpo. Más valdría que a tus pacientes les enseñaras a respirar mejor y a caminar por la montaña los fines de semana”.
Callo y hago lo que puedo, no voy a argumentarle que la distancia y la ignorancia que los seres humanos tenemos respecto al cuerpo no se debe únicamente a la época en que nos ha tocado vivir, ni a la sociedad occidental centrada en el consumo desorbitado de objetos y de imágenes. Todo eso es verdad, pero como toda verdad es sólo parcial, porque el problema es de un calado mucho más profundo, más estructural e irremediable. De manera que yo tendría que darle la mala nueva que el psicoanálisis revela sobre la condición humana, y decirle que no ha existido ninguna época de la historia, ni cultura alguna, que permitiera una relación natural del ser hablante con su cuerpo. Explicarle que en la medida que estamos atravesados por el lenguaje ya no habitamos en un medio natural, ni podemos mantener una relación directa con la vida; que el sexo, la muerte, la reproducción, la alimentación, la defecación y la supervivencia, han quedado afectados irreversiblemente por las palabras y que éstas no han hecho sino distorsionar cada una de esas funciones, extraviándolas de sus rieles naturales.
Frente al agujero que deja la falta del instinto animal surge una especie de compensación simbólica que trata de actuar como suplencia, y es por esta razón que proliferan los discursos sobre la vida sana, la relación sexual satisfactoria, la nutrición adecuada, los modos de parir que intentan remedar a lo supuestamente natural, las técnicas de relajación, la sabiduría oriental, el Yoga, el Pilates... el ideal del retorno a la naturaleza. Tantos más saberes cuanto que no hay un saber único e inequívoco que defina cómo habitar un cuerpo. 
Continuando mi argumentación le aclararía que los psicoanalistas no nos dedicamos a lo que acontece en la mente en detrimento del cuerpo, que ésta es una idea equivocada basada en el hecho cierto de que en un psicoanálisis tanto el analista como el analizante solamente hacen uso de la palabra. Si el psicoanálisis se dedicara sólo a la mente, debería haber surgido del mundo de la psiquiatría dedicado a las denominadas enfermedades mentales, y no de la mano de un médico especializado en neurología, Sigmund Freud, quien quiso aprender algo nuevo de aquellos cuerpos cuyas enfermedades no tenían una causa orgánica demostrable y que se diagnosticaban como histeria. La clínica psicoanalítica, desde sus orígenes, no se centra en lo mental dejando de lado el cuerpo, por el contrario, el psicoanálisis dirige toda su atención a lo que aconteciendo en el cuerpo contradice la lógica científica del organismo. El psicoanálisis se ocupa de un aspecto muy concreto del ser humano cuyas consecuencias son formidables: el punto de encuentro entre el organismo viviente y la palabra. Un encuentro que tiene un carácter traumático per se, de modo que en todo ser humano hay un trauma original, aquel que lo exilia del mundo animal para constituirlo como sujeto de la palabra. A partir de este encuentro el organismo pierde su estatuto original y en su lugar se produce una construcción muy compleja a la que denominamos “cuerpo” y que requiere del auxilio de lo imaginario y de lo simbólico.

Podríamos escribirlo del siguiente modo:
Cuerpo/Organismo o Imagen del cuerpo/cuerpo fragmentado

La unidad del cuerpo, como algo que nos pertenece y en lo que podemos reconocernos, no procede del organismo sino de la constitución en la infancia de la imagen corporal. La primera vivencia que tenemos de nuestro cuerpo es de una absoluta fragmentación, para poder juntar los pedazos y hacer una forma se requiere del auxilio de una imagen exterior que actúe como modelo. Esa otra imagen puede ser la que obtiene el niño al verse reflejado en el espejo o al ver la imagen de otro. A la vez el niño, por mucho que se mire en el espejo o que esté entre otros niños, no conseguirá hacerse dueño de su imagen corporal sin la ayuda del lenguaje, de lo simbólico. Es la palabra del Otro, generalmente de la madre, la que certificará que la imagen que el espejo refleja es la suya, y que él es el objeto más preciado en su deseo. De este modo el niño puede construir una identidad que le sirve para velar esa angustia de fragmentación corporal ligada al organismo. Cuando digo “velar” quiero transmitirles que el organismo no se deja pacificar completamente por la imagen, sino que permanece latente en su estatuto caótico y angustiante. Mientras la imagen cumple su función unificadora la vivencia del cuerpo se hace soportable, pero de vez en cuando algo de lo orgánico retorna y la resquebraja, entonces acontecen todo tipo de fenómenos clínicos. Desde los fenómenos de despersonalización hasta las alucinaciones del doble en la psicosis. Pero también vemos emerger los síntomas histéricos que surgen allí donde la imagen no consigue silenciar al organismo.
La histeria es una patología que se caracteriza por la precariedad de la imagen corporal. La histérica experimenta su cuerpo como algo frágil, porque está privado de una imagen consistente que sostenga su identidad.
El drama permanente de la histeria es construirse un semblante desde el que poder afirmarse, y en esta tarea sin fin se dejará la piel. La búsqueda de la belleza nunca alcanzará la perfección que la deje tranquila, lo que en ocasiones la conduce a visitar los quirófanos para arreglarse ahora una parte de la cara, después otra del cuerpo, como si alguna vez pudiera conseguir hacer una totalidad, cuando sus síntomas no hacen más que expresar un “Yo no soy completa” y también “tú no eres completo” (cuidado con aquel que frente a la histérica no muestra su falta, ya sea partenaire o  médico, ella hará todo lo posible para hacerle sentir el agujero y dejarle en la impotencia).
El cuerpo se divorcia del organismo transformándose en algo de lo que se habla. Le hablamos al médico de nuestros dolores y a los amigos de lo que nos ha dicho el médico. En ocasiones se hace evidente que hay una especie de goce en este hablar sobre lo que nos ocurre en el cuerpo y uno siente que se va haciendo mayor cuando en una reunión de amigas la conversación no gira en torno a los hombres sino a las respectivas enfermedades de cada una o, como decía Woody Allen, cuando las dos palabras que deseamos escuchar no son “Te quiero”, sino “Es benigno”. Aunque la histérica no estaría de acuerdo con esto último, pues para ella las pruebas de amor son más importantes que la salud física. 
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando no es uno mismo el que habla de su cuerpo sino que es el cuerpo el que se pone a hablar por su cuenta y riesgo? 
El cuerpo puede ser el que le quite la palabra al sujeto manifestándose como un cuerpo parlante, que dice algo, sólo que su mensaje es indescifrable para el que lo sufre y que por ello necesita dirigirse a quien pueda interpretarlo.
Es en este punto en el que podemos situar la neurosis histérica como el paradigma del cuerpo hablante en busca de alguien que sepa escucharlo y darle un sentido. El médico se convierte históricamente en la figura de referencia para los síntomas de la histeria. Y si antes hemos afirmado que todos hemos pasado por ese primer trauma que resulta del encuentro entre el organismo y el lenguaje, ahora podemos decir que las histéricas pasan por un segundo encuentro traumático, el de su cuerpo con la medicina, pues lo que se produce es un enfrentamiento entre lo que trata de expresar con sus padecimientos corporales y el saber médico en el que esos síntomas no encajan.El médico se refugiará en unos conocimientos científicos que pretenden ser exhaustivos, mientras que la histérica vendrá a demostrarle hasta qué punto su saber es parcial, impotente, poco creativo, reacio a toda invención y refractario al deseo. La batalla estaba servida.¿Quién salía victorioso de semejante combate? Podríamos decir que casi siempre el médico, puesto que utilizaba a la histérica para definir con mayor precisión el campo de las afecciones neurológicas orgánicas, diferenciándolo de aquellas otras que se consideraban fingidas (los trastornos histéricos les servían para afinar el diagnóstico diferencial). El médico blandía las pruebas objetivas para protegerse contra la histérica y expulsarla de su campo de acción. Rechazo, exclusión, prejuicio, es la respuesta que la histérica recibe históricamente de la medicina. Pero todavía puede ser peor cuando la complejidad de los síntomas corporales de la histeria desesperan y sorprenden al médico, quien no sabiendo a qué carta quedarse, decide intervenir prescribiendo fuertes medicaciones, pruebas de todo tipo, internamientos, cirugías, en una escalada de iatrogenia o daño médico, tanto mayor cuanto más empeora el cuadro clínico y no hay signos de curación alguna.
El polimorfismo clínico de la histeria es inabarcable: desde las contracturas musculares, dolores cervicales, lumbalgias, mareos, nauseas, desmayos, dolores de cabeza, de ovarios, parálisis motoras, anestesias, cegueras, sorderas, el bolo histérico que produce una sensación de estrangulamiento en la garganta, vértigos, cefaleas, migrañas y todo tipo de dolores, algunos de ellos tipificados de manera muy significativa, como el denominado “dolor de muelas de la noche de bodas”; trastornos relativos a los productos salidos del cuerpo: la orina o las heces, trastornos de la regla, embarazos histéricos, trastornos de la alimentación y tantos otros cuya lista nos llevaría horas sin que consiguiéramos agotarla.
Lo curioso es que ante semejante variedad de padecimientos y descontrol de las funciones vitales del cuerpo, la medicina, desde sus orígenes hipocráticos, haya planteado una sola causa: la existencia de un útero migratorio que se desplaza por todo el organismo en busca de una satisfacción sexual que no se le está dando. Desde la perspectiva actual esta teoría nos parece directamente delirante; sin embargo, en ella se intuyen varias cuestiones fundamentales:
Toma el desorden del cuerpo como la expresión de un deseo sexual.
Pone el acento en la insatisfacción. 
Le otorga un carácter específicamente femenino. 
Se trata de algo que no está ubicado en su lugar natural.

Veremos cómo estas intuiciones que proceden de la arqueología médica del antiguo Egipto, 4000 años antes de Cristo, sólo pueden alcanzar una explicación a finales del siglo XIX, a través de la figura de Sigmund Freud, quien hizo algo que hasta entonces nadie había intentado: escuchar a las histéricas, dejarlas que hablaran, bajo la premisa de que expresando sus dolores corporales la asociación de las palabras las conduciría a hablar de sus deseos reprimidos, de su dolor de existir, de su rechazo a la femineidad, y de cómo todo esto se fue tejiendo en su historia hasta formar una entramado del que no podían salir solas. 
De esta posición inédita en la medicina surge el psicoanálisis, que se constituye como una clínica de la escucha en ruptura con la clínica médica de la mirada.
Charcot quiso innovar la visión de la histeria, descifrar sus enigmas, arrancarles su secreto, pero no lo consiguió porque mantuvo siempre la posición escópica del médico. Las histéricas respondían en el escenario teatral al que él las convocaba, frente a un público de científicos curiosos que asistían al espectáculo alimentando el goce voyeurista.
Tradicionalmente se ha acusado a las histéricas de teatrales, e incluso de “histriónicas”, expresión que tiene un carácter marcadamente peyorativo, pues nos remite a las farsas bufonas y groseras de la Roma antigua. Sigan por esta línea y se encontraran todos los prejuicios posibles, así como el rechazo, la desconfianza, el desprecio y la falta de comprensión frente al sufrimiento de esta neurosis. 
Para otros, como los psiquiatras surrealistas André Breton y Louis Aragon, esta faceta de la histeria tenía un maravilloso valor artístico, creativo y subversivo: “La histeria no es un fenómeno patológico sino que a todas luces puede considerarse un supremo medio de expresión” 
¿Qué es lo que esos cuerpos hablantes de las histéricas le permiten descubrir a Freud?
Hay que olvidarse de arreglar a toda costa el disfuncionamiento corporal y poner la atención en el mensaje del síntoma.El mensaje es desconocido para el propio sujeto, luego proviene de un lugar distinto a la conciencia. Es así como Freud pudo descubrir la existencia del inconsciente, y de la represión como mecanismo psíquico de defensa. Se reprime una representación que tiene que ver con un deseo sexual inadmisible para la conciencia.
El inconsciente no se muestra a las claras sino que elige formas enrevesadas, desviadas o enmascaradas. De este modo, Freud revela que en el inconsciente hay un eterno conflicto entre fuerzas opuestas. El conflicto se produce entre una fuerza pulsional que trata de emerger y las fuerzas represivas que se lo impiden. A su vez esta lucha pone en marcha el deseo inconsciente que se constituye como el motor de toda actividad humana, pero también como fuente de la angustia.
El síntoma histérico es una producción del inconsciente que supone una doble operación: el deseo se rechaza y la angustia se convierte en inervación somática. El sujeto realiza todo tipo de estrategias para evitar enfrentarse a la puesta en practica del deseo y de este modo conservar intactas las ilusiones y los sueños.
Antes dijimos que la explicación original de la histeria entendida como un útero migratorio había intuido cuatro cuestiones fundamentales: el deseo sexual, lo femenino, la insatisfacción, y la falta de un lugar. En relación a esta última es cierto que el sujeto histérico se caracteriza por no encontrar un lugar en el mundo, solo que no es el útero sino la femineidad lo que no hay manera de ubicar en ninguna parte, constituyendo un verdadero enigma tanto para los hombres como para las propias mujeres. Precisamente la histérica no sabe dónde, ni de qué manera situar lo femenino, y lo que viene a decirnos es que su cuerpo es el lugar del síntoma y de la insatisfacción sexual. Esta insatisfacción tiene muchos modos de presentarse: desde la frigidez de algunas histéricas que rechazan el goce que podrían obtener en el encuentro con el partenaire, en aras de un goce ideal que sólo existe en su fantasía, hasta las que alardean de su competencia en la cama. En todos los casos escucharemos declinarse la insatisfacción: “no es éste el hombre adecuado”, “no me desea lo suficiente”, “me desea pero no me ama”, “siempre tiene ganas pero no me dice que estoy guapa”, “lo paso bien en la cama pero no sé si estoy enamorada”, “seguro que hay otro que me haría sentir más mujer”.
Lo que la histérica expresa, sin saberlo, no es sólo su particular insatisfacción sexual, sino algo que tiene un alcance general, y es que para todo ser hablante la sexualidad ha quedado tan pervertida respecto a sus rieles naturales que la satisfacción completa es imposible. Es esta imposibilidad la que Freud verificó al final de su obra, aunque los discípulos que le sucedieron no quisieron aceptarlo y se desviaron de la profundidad del pensamiento freudiano, prometiendo un horizonte de superación y madurez sexual que al final del análisis daría como resultado un sujeto capaz de alcanzar una sexualidad normalizada y plenamente satisfactoria. Vana promesa, basada en el ideal de la identificación a la figura del propio analista, supuesto modelo de equilibrio vital. Jacques Lacan, por el contrario, radicalizó la idea de Freud planteando, en una sola frase, la causa de todos los síntomas: la relación sexual es imposible. Lo que implica asumir que el ser hablante siempre hará síntoma con la sexualidad, entendida en su sentido más amplio, el que incluye la relación con el cuerpo del partenaire y también con el propio.
Lo que caracteriza a la histérica es que ella encarna ese desajuste estructural de la sexualidad, como si de alguna manera se considerara culpable del fracaso de la relación sexual cuya causa parecería alojarse en su propio cuerpo femenino marcado por una falta radical. Con su sufrimiento da testimonio de lo que no funciona en la sexualidad, exige que se la escuche, reivindica su lugar y denuncia la impostura del amo que pretende que todo esté en orden. Ella no encuentra la paz en un mundo organizado en torno a la totalidad y la completud. Su carne se convierte en un libro abierto cuyo mensaje no hace más que mostrar lo que falta, la discordancia entre el deseo y el goce, la ausencia de reciprocidad.
El síntoma histérico se dirige siempre a un otro, más precisamente a un padre ideal cuyo poder pone a prueba. Él debería aportar el remedio a su dolor de existir, pero sólo después de haber clarificado el misterio que este encierra. Si no es capaz de encontrar la solución, entonces, se demuestra su impotencia o su necedad. El analista tiene que estar lo suficientemente advertido y, desde luego analizado, como para no dar una respuesta paternal a la demanda histérica, que solo conseguiría exacerbar la sintomatología y agenciarse la descalificación de la paciente.
Para hacerse de este cuerpo simbólico-imaginario la histérica, dice Lacan, cuenta con “la armadura del amor al padre” y, por eso, lo eterniza. Pero este amor puede constituir un obstáculo cuando se trata del campo del goce sexual. La pasión de la histérica es hacer que el otro exista por su amor y para ello renuncia al goce. 
El padre es la figura fundamental sobre la que se constituye el síntoma histérico por la vía de la identificación a algún rasgo que tenga que ver con su deseo. Si se trata de un padre potente, la histérica responderá con la protesta, la descalificación y el sentimiento de ser una víctima. Si, por el contrario, es un padre impotente, ella tomará una actitud reparadora y solícita, dispuesta a ser su cómplice en el sostén del deseo. Estas reacciones están fundadas en el puro amor al padre y conllevan en ocasiones la renuncia a la propia sexualidad o se reflejarán en la relación con el partenaire sexual.
Es habitual en el análisis de las histéricas comprobar su rechazo a pertenecer al conjunto de “las mujeres”, sobre las que vierten sus propios prejuicios.  En el origen de este conflicto encontraremos la relación originaria con la madre y el temor a quedar identificada a la misma.El drama del sujeto histérico es no acabar de encontrar nunca su lugar en el mundo, ni su razón de existir. La principal resistencia a la curación es que la histérica se agarra al dolor porque este les proporciona el sentimiento de existir de verdad. Rechaza su cuerpo como lugar vital del deseo y paradójicamente su manera de vivificarlo es a través de los síntomas conversivos.
Si en su primera concepción Freud pensaba el síntoma histérico como una prueba de la cobardía moral de un sujeto que no puede asumir la verdad de su deseo sexual y lo reprime, poco a poco fue dándose cuenta de que el síntoma no obedece a una aptitud timorata sino que está enraizado en una represión original, la que produjo el lenguaje apartándonos de la vida natural. Frente a este hecho estructural no hay curación total porque el síntoma es inherente a la condición misma del ser hablante. Es por ello que el sujeto se resiste a abandonar su síntoma, incluso lo ama, pues en cierto modo constituye su modo particular e intimo de funcionar en la vida. 
Antes dijimos que la sintomatología histérica presentaba una enorme variación, pero si lo enfocamos de cerca encontraremos finalmente que ese modo de hablar del cuerpo es monótono y se repite como un disco rayado.
¿Qué puede hacer el psicoanálisis con el síntoma histérico?
En la primera etapa de su obra Freud demuestra que el inconsciente es sexual, en la segunda le añade algo más difícil aún de soportar: que la lengua fundamental del inconsciente es la muerte. Inicialmente Freud tenía la visión optimista de un aparato psíquico regido por el principio del placer y concebía el organismo como algo que se autorregula y tiende al apaciguamiento.  La curación de la histeria mediante la interpretación del inconsciente prometía ser una marcha de caballería sin obstáculos. 
A partir de 1920 disponía ya de una larga experiencia que le hizo verificar que esa curación no se producía como cabía esperar pues las histéricas perseveraban en el sufrimiento. El aparato psíquico ya no parece estar regulado por la búsqueda de la mínima perturbación, sino por el denominado automatismo de repetición, es decir por la tendencia a reproducir una y mil veces la tensión que originó el traumatismo infantil. Desde esta nueva perspectiva el síntoma es un hecho de estructura para todo ser hablante pues es la consecuencia de la imposibilidad de una relación normal y natural con la vida.
El psicoanálisis tiene la facultad de tratar el síntoma a partir del reconocimiento de la imposibilidad estructural de la relación entre los sexos. La experiencia analítica no se reduce a los efectos terapéuticos, aunque sin duda los incluye, pues fundamentalmente trata de producir “un saber hacer” con lo incurable de cada uno. Solo que ese incurable ya no necesita ser negado mediante las perturbaciones del cuerpo y estas desaparecen, verdaderamente, en el momento en que ya no tienen una función que cumplir.  
La curación analítica de la histeria pasa por la obtención de un “saber hacer” con la femineidad, lo que permite a una mujer ofrecerse, sin ambages, como objeto causa del deseo, y poder prestarse así al goce del hombre. Entonces ella podrá acceder al goce femenino sin tener que sacrificar su cuerpo.

 

 


 

LA AUTORA 
Rosa María López.
Psicoanalista en Madrid. Miembro de la ELP y de la AMP. Docente del Instituto del Campo Freudiano-Nucep. 
Email: rosamarialopezs@telefonica.net

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